20 de agosto de 2019, 5:51:15
Opinion

DESDE ULTRAMAR


Sevilla, su escudo y los Reyes Magos

Marcos Marín Amezcua


Es verdad que a mí Sevilla me enamora, porque, entre otras cosas, fue la primera ciudad de España que conocí. Y sí, lo que desde América te imaginas que es España, Sevilla lo despliega. La novia del mundo en plena Semana Santa del 92 me atrapó de manera tal, que cuánto de Sevilla se trata me entusiasma y me interesa. Tanto monta el orden de mis sentimientos. Como no soy futbolero, paso de sus equipos, dicho sea.

Por eso han llegado a mí dos temas que convergen en la capital hispalense: su tradición de la cabalgata de los Reyes Magos en su versión local y el ríspido debate consistorial en torno a su escudo.

Para un americano viviendo en un país republicano, la manera en que se engalanan y revisten los Reyes Magos en España, tiene su aquel. Me agrada esta tradición casi novedosa de que Sevilla a su cabalgata añada a un heraldo real que compareciendo ante su ayuntamiento, recibe las llaves de la ciudad para que, con ellas, se permita el acceso solicitado por su conducto a sus majestades de Oriente; porque, claro, entre otras cosas así se evocan sus desaparecidas murallas y desde luego, rememoran lejanos tiempos. Qué manera tan bonita de paramentar y de ensalzar una lucidora tradición de gran raigambre. Solo podía ser en Sevilla o es que Sevilla tenía que ser.

Que incluyan ese mensajero me parece formidable. Y sume usted, como se lo expresé aquí mismo el año próximo pasado, que a mí la celebración del día de Reyes me es particularmente entrañable y es mi favorita de las festividades navideñas. Siguiendo el prescrito ritual de antaño ¡venga! la alegría es absoluta.

Luego viene lo otro. La discusión por la adopción oficial de la divisa definitiva de esta excelsa metrópoli. Su reconocible blasón, que lo hemos conocido de toda la vida, se ha oficializado no sin recriminaciones que vistas a la distancia, más parecen ecos sórdidos buscándole tres pies al gato, que otra cosa. Invocan a controversia donde difícilmente cabe, estéril y sin sentido.

Destacan tres temas, tres pegas que son perfectamente contestables si usted conoce la historia sevillana y apelando al más elemental sentido común. Dicen sus opositores que ese diseño propuesto –el de siempre– niega el pasado no cristiano de Sevilla, que lleva su título de “mariana” por el franquismo agradecido, contraviniendo la Ley de la Memoria Histórica y que es machista y belicoso tal emblema. Demasiada tela, pero el debate promete.

Porque… alguna vez he opinado que con el asunto de la bandera española, acaso la salida vehemente ante la crispación que supone enarbolarla, consistiría en que se convoque a elaborar una nueva que no incluya ni colores tenidos por republicanos ni los que pasan por monárquicos –y de refilón, tomados equivocada e injustamente por franquistas, en exclusiva, sin serlo– y santas pascuas.

Con las armas hispalenses pudiera ser lo mismo y no lo sé. Ya era peculiar el hecho de que se buscara oficializar lo que no ha hecho falta que se oficialice. Empero, ya metidos en gastos, era más sensato invocar un nuevo escudo que meterle mano al que ha funcionado perfectamente bien y que quienes le ponen peros, lo saben; al blasón tal y como se le conoce no ha estorbado en lo absoluto ni al sevillano de a pie ni a la grandiosidad de su urbe. Lo demás es ir de picapleitos. Muy su derecho y muy su gusto, sevillanos, pero la extensa historia de Sevilla no lo merece ni lo necesita y también lo saben perfectamente bien.

Decir que el distintivo hispalense niega su pasado no cristiano es asaz inexacto. Como Sevilla, así denominada con todas sus letras, el escudo la representa. Porque sabemos que si no, entonces habría que ponerle algo tarteso y fenicio y romano y visigodo y judío y árabe y americano, esto último muy visible y no chorradas, porque lo americano merece reivindicarse, pues Sevilla fue la más portentosa por América, y como nunca antes, y no valdrá más todo lo citado previo a ella que lo americano. O que permanezca su ilustre insignia como la conocemos antes de agregarle bureletes, lambrequines, yelmos, pergaminos, participantes o cimeras. Conviene recordar además, que de hacerse un nuevo timbre como algunos proponen, debería incluir la corona borbónica –porque como me explicaron en el ayuntamiento de Ayamonte hace unos años– los escudos nuevos la portan como exaltación de la dinastía reinante. ¡Tómala Podemos y afines! Dice un viejo adagio: “Lo que no puedes ni ver, en tu casa lo has de tener”.

Esta polémica puedo extrapolarla a la Ciudad de México, que en los años noventa tuvo un alcalde, Cuauhtémoc Cárdenas –hijo del general Lázaro Cárdenas– que renegaba del escudo hispánico concedido por Carlos V. Arguyó que negaba su pasado mexica, azteca. Puso juntos estilizados, a tal y una suerte de anagrama extraído de la Crónica Mexicáyotl que dibuja la fundacion azteca mítica. Y así iban en todo en recuadros los dos símbolos, unidos, codo con codo de forma inusual y caprichosa. Lo nunca visto. Un abuso porque ni quitó uno ni pudo colocar el otro en solitario y olvidaba como algunos miembros del consistorio sevillano, que como Ciudad de México, así designada, le correspodía solo el blasón imperial carolino. Porque tampoco le cambió el nombre a la Ciudad de México por Mexico-Tenochtitlan. Ergo…¿es que llamaremos Spai, Isbiliya, Hispalis, Spalis a Sevilla, de manera ya oficial y definitiva, puestos a oficializar? Entonces….

Voy más. Veamos el asunto mariano. Sevilla, conviene decirlo a los de adentro desde alguien de ultramar, es reconocida en el mundo por su Semana Santa, una exaltación a la Virgen. Que si lo de “mariana” fue por agradecimiento a que la ciudad no cayó en las manos contrarias, va, pero lo de mariana lo ha ganado de pleno derecho por siglos; por su encumbramiento y glorificación religiosa dirigida a la madre de Dios – manifiesta en el dechado de arte de sus pasos, cofradías y múltiple arte sacro que resguarda– que convierten su apego justamente mariano, en lo innegable. Y si no gusta lo mariano por lo uno, pues que lo sea por lo otro. Que además reditúa millones de euros cada año a las arcas de la ciudad.

Ya el que haya tres varones en el campo blasonado excluyendo a mujeres, es mucho necear. San Fernando tiene su sitio ganado con espada y San Isidoro y San Leadro están perfectamente arraigados. ¿No he degustado yo hasta las yemas de San Leadro, recibidas en la plazuela honómina a través de un torno, previo a tocar una campanilla que me hizo sentir en el siglo XVI? Haga de cuenta que pensé que detrás de mí estaban formados el mismísimo Miguel de Maraña con Murillo y Velázquez a lado. Pues eso.

Termino: quienes hemos vivido en Sevilla y la conocemos lo más posible, podemos preguntarnos y podemos respondernos si la querida capital hispalense no tiene problemas mas acuciantes que lidiar sobre su escudo. Estoy más que cierto que sí. A manera de epílogo o de colofón, a mí me gusta el “NO8DO” tan sevillano, que deambula por sus calles. Acaso podría ser una opción ante tanto innecesario desaguisado y aún así tengo mis dudas. En serio, parece que a algunos solo va la cosa de eso, de liarla. Es una pena. Muy Feliz noche de Reyes a todos y que sea un día de la Epifanía, magistral y muy recordable para bien.
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