21 de octubre de 2019, 11:50:43
Los Lunes de El Imparcial

NOVELA


María Gainza: El nervio óptico


Anagrama. Barcelona. 2017. 160 páginas. 16,90 €. Libro electrónico: 10,99 €.

Por Daniel González Irala


Al poco tiempo de comenzar a leer la brillante primera novela de esta autora bonaerense aparece quizás apuntado tanto el origen como el peculiar destino o dirección que toma, explicada por el denominado síndrome de Stendhal que la narradora, personaje en primera persona (lo de que aquí se llame María o no es lo de menos, puesto que si existiese aquí autoficción quedaría desacreditada en parte por la mezcolanza de géneros y tipos de texto), padece a partir de la necesidad de cubrir la primera exposición pictórica en la que hace referencia a De Deux, artista de la escuela del decimonónico Géricault, autor a su vez del conocido lienzo La balsa de la medusa, responsable aquí de una obra menor de la que no se informa, en la que unos perros atacan a un ciervo.

Este síndrome de Stendhal que en síntesis es el aturdimiento ante la sobredosis de belleza, afectará a la protagonista de diferentes formas: a través de la melancolía que la hace pertenecer a una clase pudiente que casi seguro terminará con sus bienes maltrechos; de la relación también con Alexia, Amalia o el bohemio pintor de trenzas rubias color trigo, Cándido; de su fobia a los aviones y su cariño obsoleto por los globos aerostáticos; o de lo que finalmente define su intención de un modo más rotundo, sus sesiones oftalmológicas, por las que ve peligrar su profesión como historiadora, crítica y ensayística de arte, es decir, la fobia igualmente a que se le reviente ese nervio óptico del título.

Todas estas patologías íntimas, apoyadas en un cuadro familiar no menos amargo son tratadas por la autora de un modo poético y con dejes de disimulo que vienen a sugerir que uno siempre acaba hablando de lo que en un principio no tenía previsto. Esta idea de novela como trabajo de campo se viene practicando entre otros por el ibicenco Vicente Valero, no sabemos quizás si con parecidas o disímiles intenciones.

Todo ello lo consigue mediante un peculiar e hipersensible recorrido por la Historia del Arte que la autora tan bien conoce. Desde el pintor francés ya mencionado, pasando por el realismo de Courbet, el impresionismo de Monet y la influencia en Toulouse Lautrec o el expresionismo abstracto de Mark Rothko, para acabar con la semblanza de El Greco, las vidas de tantos y tantos pintores parecen servirle a la narradora de consuelo ante tanto desatino vital, y de identificación con esta hipersensibilidad que cultiva desde la aceleración y el desdibujamiento de lo propio y ajeno.

Igualmente desde el principio, Gainza es ducha con las metáforas a través de las que describe atmósferas o inicios de cuadros; también lo es con el léxico utilizado, rico, profuso, bello, y que demuestra no solo lo absurdo de negar la influencia de América del Sur en nuestras letras, sino de armonizarlo dramáticamente de forma que ese tensar el arco del lenguaje permita que las flechas se disparen hacia un punto concreto, nada barroco, lúcido. Y es que, “mal administrada, la historia del arte puede ser letal como la estricnina”.

El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2019   |  www.elimparcial.es