21 de noviembre de 2019, 4:42:04
Opinion

TRIBUNA


Sociedad Civil y la Corona

Juan José Laborda


Se presentó un documento del “Círculo Cívico de Opinión” titulado “España y las otras monarquías parlamentarias del siglo XXI” en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. Presentaron el trabajo, además de Benigno Pendas, director del Centro, Victoria Camps, filósofa y antigua senadora socialista por Barcelona, Miguel Herrero de Miñón, ponente constitucional, Emilio Lamo de Espinosa, presidente del Real Instituto Elcano y uno de los redactores del documento, y yo, como director de la Cátedra Monarquía parlamentaria.

Esta fueron algunas de mis palabras:

“Círculo Cívico es ejemplo de sociedad civil, y el hecho, desde mi punto de vista, de que la sociedad civil en España no tenga una fortaleza proporcionada al poder de la sociedad política -los partidos políticos y las instituciones representativas y de Gobierno-, explicaría en gran parte el malestar que los ciudadanos sienten ante el Poder y la Política, con merma de su confianza en el Estado democrático.

Este documento no es un producto intelectual aislado o excepcional. No sólo porque sea obra común de varios autores, sino porque la Monarquía parlamentaria se ha convertido en asunto de reflexión palpitante, yendo más allá de reposadas preocupaciones eruditas.

Cuando estalló la anterior crisis general o sistémica, en los años treinta del siglo pasado, la República aparecía “cargada de futuro” y se identificaba con las fórmulas más avanzadas de la democracia representativa y del Estado de Derecho. Basta con recordar la opinión de Ortega y Gasset de aquellos años.

Pero poco después produjo una gran impresión entre los demócratas de todo el mundo ver que el único país que resistía a los totalitarismos en Europa era el Reino Unido de la Gran Bretaña, con un gobierno de integración nacional (en tiempos de frentes populares) y con un consenso social casi unánime, defendiendo su tradición de gobierno sometido a las leyes.

En las circunstancias actuales, la Monarquía parlamentaria asegura, incluso mejor que la mayoría de las repúblicas, un futuro de democracia avanzada, y de eso habla el documento del Círculo. Es un signo de cambio histórico que los más entusiastas partidarios de derogar la Monarquía sean al mismo tiempo comprensivos, cuando no admiradores, de repúblicas como Venezuela, Bolivia (el llamado “Estado Plurinacional de Bolivia”, que parece que convence a Rodríguez Zapatero y a Adriana Lastra), la República Islámica de Irán, Rusia, y otros muchos ejemplos de regímenes republicanos que niegan los Derechos Fundamentales, y a veces son hereditarios, como Corea del Norte o Guinea Ecuatorial.

El cambio histórico que vivimos creo que se entiende porque los dos conceptos que definen la Edad Contemporánea en Europa, la Revolución y la Nación Soberana, están pasando a la Historia.

La Monarquía parlamentaria de la Constitución de 1978 es esencialmente un sistema político cosmopolita. Esa característica, que procede de las intuiciones de Kant, se puede rastrear en varios de sus artículos. El artículo 10. 2, que fue muy debatido entre los constituyentes socialistas, es precursor en este sentido. Dice: “Las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades que la Constitución reconoce se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos y los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias ratificados por España”.

No hace falta insistir en la idea de que la Monarquía parlamentaria estuvo y está comprometida con el proyecto europeo y con los Derechos Humanos, y todo lo que supone afrontar la emigración, como gran cuestión del futuro de Europa.

Una observación más sobre el futuro y el cosmopolitismo. Puede que la pugna por dominar el futuro sea entre las democracias representativas o liberales, y las democracias de pensamiento único, es decir, las democracias sin Derechos Humanos y donde no cabe nadie que sea disidente o minoría.

La pugna por dominar el mundo será entre el modelo de la República Popular de China y las democracias representativas. ¿Tendría que asumir Europa el liderazgo de ese desafío? Las Monarquías parlamentarias europeas serían las fortalezas para ganar la ofensiva.

Vuelvo al asunto de la sociedad civil. España necesita consensos políticos para hacer las reformas que precisamos para actuar con peso en Europa y en el mundo. Sin embargo, veo que la sociedad política no se pone en acción. Urge más que nunca que la sociedad civil se haga presente. Y de nuevo aparece la Monarquía del Rey Felipe VI. Con su intervención televisiva del pasado 3 de octubre, en un momentos de gritos y silencios tácticos con motivo del desafío separatista, el Rey galvanizó a la sociedad española, en defensa de sus leyes y actitudes democráticas.”

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