17 de octubre de 2019, 5:51:24
Cultura

CONCIERTO


Bob Dylan asombra con su gélida ortodoxia al Auditorio Nacional en Madrid

EL IMPARCIAL

Sin fotógrafos, móviles ni una palabra dirigida a su enfervorecido público.


Bon Dylan permanece inalterable ante su mística. El Nobel de Literatura del que renegaba y el misticismo que le rodea no son argumentos que entren en su universo. Y su legado, ya contruido y edificado, es reproducido casi de manera industrial allá donde va. Esta vez tocó en el Auditorio Nacional de Madrid, lugar al que dejó asombrado sin necesidad de mediar palabra. Con la simple ejecución de su obra le basta para alimentar la admiración de sus fieles.

El compositor de Estados Unidos, emblema y leyenda para muchos, entró en el recinto capitalino y salió de él del mismo modo, sin evidenciar un espíritu enérgico. Se limitó el de Minnesota a plagiar el repertorio que hizo sonar hace tres días en Salamanca. Sin pestañear ni modificar nada. La Never Ending Tour, que le tiene en vuelo desde hace tres décadas, paró en España sin que suponga para el intérprete ninguna emoción particular exterior.

Empezó su recital ortodoxo, desprovisto de concesiones a la improvisación o la empatía y conexión con el respetable, con "Times have changed". Esa canción, ideada en el 2000 como banda sonora de una película, trata de "tiempos extraños, estoy encerrado a cal y canto, fuera de todo alcance, solía importarme, pero los tiempos han cambiado". No fue más que un aviso a los presentes de lo venidero. Porque Dylan, gélido, ni se inmutaría antes de salir del escenario.

No permitió el acceso a fotógrafos y vetó, con celo, el uso de móviles


Nunca se dirigiría al público. No le hace falta para hacerse vibrante ante sus fieles. Mezclaría canciones antiguas, salpicadas de blues y el rock más tradicional, con las versiones del Gran Cancionero Americano que llevaron a la eternidad cantantes como Frank Sinatra. Y, como no, tocó, con reinterpretación, algunos de sus conceptos más celebrados dentro de su currículo musical, provocando una ovación en el Auditorio Nacional. Aunque la reinvención de esos clásicos haya generado una neblina por la que cuesta identificarlos.

Serio, sobrio, Dylan hizo sonar sin más interés "It ain't me", "A simple twist of faith" o "Highway of 61", todas ellas interpretadas desde un diapasón no reconocible por aquellos que fueron a sentirlas como propias en catarsis con el inventor de esas piezas. Sus primeros álbumes, los que le dieron el impulso magnético, han quedado muy lejos para el cantautor estadounidense. Y así lo ha reafirmado con su manera de expresarlos esta noche.

"Desolation row" y "Ballad of a thin man" -tema de cierre- levantaron al público de sus butacas. Las piezas recopiladas en el álbum "Highway 61 Revisited", de 1965, no levantaron del piano a un Dylan que sólo lo hizo para entonar clásicos que no son suyos, como "September of my years" o "Once upon a time". Y es que la pérdida de fuerza y finura en su voz es clara en estos tiempos, aunque el estadounidense siga queriendo mantener sus escorzos característicos.

Con Íñigo Méndez de Vigo, ministro de Educación, Cultura y Deporte presente, Dylan negó el acceso a fotrógrafos y vetó el uso de móviles por medio de una vigilancia extrema. La idea era ofrecer un show replegado sobre si mismo y lo consiguió. Sólo el apagón de un micrófono desentonó en el tono lánguido global del evento. En ese momento la banda ofreció la única improvisación, el único salto de página, con un ejercicio que permitió a un técnico cambiar el micrófono bajo las notas de "Summer Days".

No saludó Dylan al entrar en el escenario ni habló más allá de lo estrictamente musical. Sus gestos en la despedida, muestra de la estudiada economía del esfuerzo, fue el único soplo de humanidad de la leyenda que no quiere serlo, o eso sigue aparentando. Casi indolente, el cantautor dio carpetazo a otro días más en su interminable gira.

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