20 de agosto de 2019, 5:51:19
Opinion

MENÚ DE POBRE


Bacon en su mar de resacas

Diego Medrano


Michael Peppiatt ha husmeado como sabueso (hocico pegado al suelo, rabo firme, ojos inyectados en sangre) el estudio de los grandes artistas de la modernidad: Alberto Giacometti y Francis Bacon. Elba Editorial acoge su par de disparos sin tregua: En el taller de Giacometti (2011) y, en rotunda novedad, Francis Bacon en su estudio (2018). Fue durante décadas amigo de Bacon, conoció sin fisuras su modo de trabajar y vivir, sus contradicciones extremas y su ritmo agotador: “Mi vida entera está en el trabajo”. Entregado al juego y el alcohol hasta la madrugada, desenfrenado en la diversión para luego dormir poco y trabajar en firme, ese maltrato que para él era ducha fresca tras beber catorce horas seguidas, de club en club, tras una meta muy específica: “Después de una noche de ésas tengo el cerebro que echa chispas”; “Beber me hace más libre”. Siempre alerta, aún en los excesos, siempre en pie a las seis de la mañana y pintando hasta el mediodía, hora en la que comenzaba su peregrinación por los bares y clubs del Soho londinense, siesta de dos o tres horas, vuelta a la pintura y a la noche repleta de espinas, bebida a gollete, como el último animal acorralado.

“Tienes que ser disciplinado en todo, incluso en la frivolidad”, apuntaba. El final de la borrachera era siempre el trabajo, en esa óptica visual de rostros alterados, de mundo deformado, en mitad de una sexualidad deforme y disoluta. Le apasionaba Poussin (La matanza de los inocentes), Eisenstein (El acorazado Potemkin) junto a libros raros con ilustraciones clínicas sobre enfermedades de la boca. Su tendencia natural era a romper obra, destruirla, especialmente cuando encontraba defectos. Estuvo en el reducto lúgubre de Reece Mews número 7 (Londres) casi treinta años: el suelo repleto de libros y fotografías salpicados de pinturas, papeles de periódico, ropa vieja y agujereada, escenas de desastres de accidentes automovilísticos o reportajes de guerra, latas y tarros de todas clases, zapatos solitarios, cabezas ahogadas, manchas y más manchas por todos lados (salpicaduras accidentales, pruebas de combinaciones de tonos, pinceladas), chorretones pegajosos de tubos medio gastados, pegotes de cerdas de pincel coagulados por doquier, platos sucios, una pequeña claraboya por donde entraba tímidamente la luz junto a una pared lateral apenas suficiente para que el artista ponderase la suavidad ácida de sus colores. No se movió de aquí: zulo abarrotado, familiar y modesto. Buscaba el colocón de imágenes, el paréntesis entre la euforia y la desesperación, el rito de los paseos nerviosos acercándose y alejándose del caballete como un demente, con miedo de sí mismo, en fría o hirviente temperatura eléctrica, tejida la trampa de señales y documentos sugerentes capaz de engendrar nuevas imágenes, siempre de modo caótico, inspiradas por el azar.

Todo en Bacon suspiraba y confabulaba por el modo exacto en el que el yo era percibido. Todo eran huellas en el cubil, a cual más disparatada: la forma casual de un charco de leche, el color del vino peleón bebido a altas horas de la noche, la luz de lámpara sobre unos dientes o una cicatriz. A veces, en los cafés, dibujaba con el dedo en el charco negro de la leche derramada. Todo en Bacon se pretende inconsciente y encuentro o coincidencia fortuita de elementos dispares. El ojo ardía al hacerse celoso de botas de safari, pintalabios rotos o tipografía de carteles por las calles. Lo confesó muchas veces: “Soy como una picadora. Lo miro todo, lo meto todo en mi interior y lo pico bien fino”. Pedía a la mente no descansar y al cuerpo que no dejara de moverse. Vivía por medio de la vista: el hambre en los ojos debía ser rápida y el placer confuso. Memoria visual y el cuchillo siempre dispuesto. El libro de Peppiatt es la resaca más sabrosa en la vida del carnívoro que adoraba a Michaux por su “energía torturada”, a Eliot por su “clima de desesperación” y en la multitud, a la manera de Baudelaire, solo coleccionaba el pánico, la eterna “pila de compostaje o imágenes rotas”. Añadía el monstruo como poética cierta frase de Esquilo: “El olor a sangre humana me sonríe”. En cuanto una imagen se definía desaparecía; la búsqueda eran las imágenes que generasen otras. La luna pura a mordiscos.

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