23 de agosto de 2019, 8:29:34
Editorial

EDITORIAL


Regular la inmigración, el gran reto de la UE



La mayor amenaza para la estabilidad y el futuro de la UE reside en abordar, regular y planificar el creciente flujo de inmigrantes que intenta colarse ilegalmente en el continente. El fulgurante ascenso de los partidos xenófobos obedece a la entrada indiscriminada y sin control de cientos de miles de africanos. La política migratoria europea tiene que respetar los derechos humanos de los hombres, mujeres y niños que a la desesperada y jugándose la vida intentan atravesar el mar en embarcaciones destartaladas, colarse por las fronteras en el maletero de los coches o saltando vallas cuajadas de púas.

Pero si Europa no regula las incontables avalanchas de inmigrantes, esos partidos xenófobos que quieren cuartear la Unión Europea, terminarán gobernando y desestabilizando el continente. Acaba de ocurrir en Italia, en Hungría, en Polonia. Y en Holanda, Dinamarca y Alemania ya suponen un riesgo.

Pedro Sánchez ha sido elogiado por acoger el Aquarius, el barco que alberga 629 inmigrantes hacinados, algunos gravemente enfermos, sin alimentos ni agua y en condiciones infrahumanas tras ser expulsado de Italia por el nuevo gobierno xenófobo de la Liga Norte. Nada hay que reprochar al gesto humanitario del presidente del Gobierno. Pero hay que convenir que no deja de ser un gesto para la galería. Un parche. Porque, en especial ahora que se acerca el verano, llegarán cada día a las costas del sur de Europa decenas de barcos cargados de cientos de miles de inmigrantes en las mimas condiciones infrahumanas que los del Aquarius. Y España no está en condiciones de acoger a todos.

La UE tiene que diseñar con urgencia una estrategia para abordar este problema. Primero, hay que exigir la solidaridad de los países del norte, pues son los del sur los que sufren los desembarcos indiscriminados. Hay que definir el número de inmigrantes que Europa puede acoger, asignar unas cuotas de refugiados que los países están obligados a cumplir y estudiar fórmulas para ayudarles a integrarse. Simultáneamente, hay que multiplicar las ayudas a los países de origen de los inmigrantes para evitar que, en especial los subsaharianos, huyan de la miseria o de las guerras tribales dispuestos a arriesgar sus vidas para salir del infierno. Es un problema mucho más complejo que acoger hoy un barco en el puerto de Valencia para ganarse el aplauso de la concurrencia.

También hay que elogiar la propuesta de Grande-Marlaska de eliminar las siniestras concertinas, esas púas como cuchillos afilados que hieren gravemente a los inmigrantes que saltan las vallas de Ceuta y Melilla. Pero el ministro del Interior deberá definir un plan alternativo de seguridad fronteriza para evitar que se cuelen en España las avalanchas de ilegales que se instalan en la frontera con Marruecos. Porque los CIES, esas siniestras pseudocárceles que los acogen a su llegada, están saturadas.

El Gobierno maneja a la perfección el marketing político. Ahora conviene que ponga manos a la obra y que, con la experiencia de ser un país fronterizo, se esfuerce en lograr que la UE diseñe una política migratoria justa, que respete los derechos humanos, pero que impida las avalanchas indiscriminadas de desesperados. En otro caso, en muchos países tomarán el poder esos partidos xenófobos, que acechan agazapados dispuestos a destruir la Unión Europea.

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