20 de abril de 2019, 8:53:01
Opinion

DESDE ULTRAMAR


Cincuentenario de los JJ.OO. de México '68

Marcos Marín Amezcua


El sábado 12 de octubre de 1968 se inauguraron los Juegos Olímpicos de México’68. La capital mexicana –designada en Baden-Baden en 1963– se convirtió en la primera sede olímpica hispanohablante, hispanoamericana, latinoamericana, iberoamericana y del Tercer Mundo en acoger aquella justa deportiva. Y aquí estamos para recordarlo, porque fue todo un hito y una edición olímpica memorable. El esfuerzo de México no fue menor y sí fue exitoso.

Pasaron cinco décadas y rememoramos aquellos juegos olímpicos efectuados en la Ciudad de México, que los guarda vividos en su memoria. Se conmemoran con la visita del presidente del COI y algunas muestras, conferencias –yo incluido presentando un par–, el desfile de los atletas protagonistas sobrevivientes de la delegación mexicana, que cerraron el paso de las naciones aquella inolvidable mañana, haciéndolo otra vez por el mismo estadio encendiendo del pebetero la misma atleta que lo inflamara cincuenta años antes, Enriqueta Basilio –la primera mujer en encenderlo en toda la historia olímpica antigua y moderna– y diversos actos paralelos, como el haber dedicado la maratón del presente año a esta justa o haberse encendido una antorcha, esta vez en La Habana, y que ha emprendido su camino a la capital azteca, enmarcando este aniversario redondo.

En medio del convulso año 68, a diez días de sucedida la matanza en la plaza de las Tres Culturas que le conté la semana anterior y en medio de una alegría inusitada –porque sus testigos así lo afirman– la Ciudad de México supo entregarse a sus juegos olímpicos aun en medio de la tragedia. Aquellas competencias fueron un hito verdaderamente y merecen así rememorarse y desde luego, considerarse en los anales olímpicos. Y contra viento y marea.

Los Juegos Olímpicos en la Ciudad de México, acaecidos en el mundo iberoamericano 26 años antes que los de Barcelona’92 y precedentes 48 años a los de Río de Janeiro, marcaron un antes y un después, fueron exitosos deportivamente hablando y su organización fue impecable. Su memorabilia resuena y entusiasma hasta nuestros días y a quienes no los vivimos, nos animan y a veces nos parece de ensueño que en el aún existente estadio olímpico universitario del complejo de la Universidad Nacional Autónoma de México, se haya efectuado un desfile de las naciones, tal y como sucedió.

Aquellas renombradas competencias se verificaron del 12 al 27 de octubre, con una antorcha que los inició, cuya ruta seguía los pasos de Cristóbal Colón, pasando desde Olimpia por Italia y España –Barcelona, Alcalá de Henares, Madrid, La Rábida, Palos de la Frontera, Huelva, Islas Canarias… prestándose generosamente a España aquella flama gloriosa con la oportunidad de portarla camino de América, a donde no regresaba desde 1932. Y conste que España y México no sostenían relaciones diplomáticas en ese momento, pero la sangre es la sangre y se dieron todas las facilidades. Durante mi estancia en La Rábida en 2002, recuerdo haber visto la placa que conmemoraba aquel feliz suceso y reencuentro. La historia olímpica hispano-mexicana puede enorgullecerse y tuvo en México a la pelota vasca como deporte de demostración, tal y como aconteció en Barcelona’92.

El arquitecto mexicano Pedro Ramírez Vázquez fue el presidente del comité organizador, su nombre también resuena porque es el autor del Museo Olímpico de Lausana inaugurado por Samarach, y usted quizá lo ubique porque construyó entre otras cosas, la nueva Basílica de Guadalupe en Ciudad de México y el pabellón mexicano de la fantástica Expo’92 en Sevilla, que todavía perdura situado en la isla de la Cartuja. Fue un hombre realmente visionario. México’68 fue una suma de talentos. Se rompieron marcas de participantes, 113 países, 5536 atletas acudieron y se sortearon posibles boicots. Tuvo como sedes alternas a Acapulco, Avándaro, Guadalajara y León. Careció de mascota, pero sí tuvo su fanfarria.

El legado de infraestructura olímpica dotó a la Ciudad de México de modernos escenarios deportivos sumando el grandísimo acierto de organizar en paralelo la llamada Olimpiada Cultural, prototipo en su género. Se invitó a muchos exponentes de la cultura mundial a presentarse en la metrópoli olímpica, que a través de magnas exposiciones, montajes teatrales, congresos y una inusitada y extraordinaria conjunción de arte y cultura hermanando a las civilizaciones clásicas con las del Nuevo Mundo, fue un escaparate único y sentó precedentes.

En el camino, se creó la magnificente Ruta de la Amistad en el Periférico Sur de la urbe capitalina. 19 grandes muestras la integraban, que escultores de los cinco continentes dejaron allí mostrando los avances vanguardistas de la arquitectura y de la escultura del siglo pasado para regocijo y recreo de los capitalinos. De niño recuerdo que al transitar a su lado, aquellas enormidades coloridas me llamaban poderosamente la atención y mis padres me recordaban que se edificaron para los Juegos Olímpicos celebrados apenas unos años antes, mientras en las escuelas se protagonizaban tablas gimnásticas alusivas, evocándolos, significándome que fueron algo importante en mi país.

Los Juegos Olímpicos de México’68 nos trajeron las medidas antidopaje, las proezas de la checa Vera Caslavska, que casose en la catedral metropolitana; nuestra mejor participación en tales competiciones, como sede obteniendo 9 medallas –tres preseas de cada metal– y el Poder Negro denunciando el racismo en el deporte estadounidense. Recién un estudioso del tema señalaba que ni los mexicanos eran conscientes de la enorme trascendencia del suceso que atrajo aquellos atletas con el puño alzado enguantado en negro. Abrieron brecha. La ceremonia de clausura fue la primera en que los atletas rompieron filas y hermanados, se desearon suerte hasta el siguiente encuentro en Múnich’72.

Algo se habrá hecho bien como que sucedió, que al anunciarse el ingreso de la delegación de México al estadio olímpico de Múnich en los Juegos de 1972, el aplauso fue atronador. Sin duda, por el buen recuerdo dejado por aquella ocasión entonces aún cercana. Cincuenta años después la gente que los vivió recuerda nostálgica aquellos días del otoño del 68 –escogidos para tal porque entonces ya no llovía– y quienes no los vivimos sentimos una enorme curiosidad por saber qué fueron y cómo se desarrollaron. Pues quede para la Historia esta remembranza. ¿Volveremos a ser sede olímpica? El COI dice que podemos… y claro, después de Tokio 2020, París 2024 y Los Ángeles 2028, que de momento todo el bacalao está vendido.

Rinconete: dispénseme dos apuntamientos en esta importante entrega. Me comprometí con usted a decirle si frente al recuerdo de la masacre del 2 de octubre del 68, el PRI se hubiera o no pronunciado. Pues no, como partido gobernante en 1968 y actualmente, se quedó cobardemente callado. El segundo punto es que este mismo 12 de octubre de 2018 se conmemora el cincuentenario de la independencia de Guinea Ecuatorial, el único país hispanohablante que no se separó de España mediante una guerra. La dictadura que lo enseñorea impide una celebración por todo lo alto. Y lo lamento de verdad. Hago votos para su inserción plena, libre y democrática en el mundo iberoamericano.

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