12 de julio de 2020, 23:54:54
Opinión


Santiago de Compostela, fin de trayecto

Ángel Duarte


A primeros de mes tuve la suerte de viajar, por razones profesionales, a Santiago. La visita al Apóstol, obligada, se presentaba en esta ocasión más incierta que de costumbre. Por un lado me preguntaba si habrían dado ya el paso, las autoridades competentes, tanto las civiles como las militares y las eclesiásticas, de quitar, o como mínimo camuflar, las cabezas de los moros separadas aviesamente de sus troncos por nuestro brutal patrón. Pude, tan pronto como llegué, comprobar aliviado que la reescritura del pasado en función de las conveniencias del presente, práctica habitual no ya en estos tiempos sino, reconozcámoslo, desde que el mundo es lo que es, no había afectado a la sede compostelana y a los edificios aledaños. Por más que clamase piedad, el moro era decapitado. Conforme. Esperemos que la corrección política no acabe dándonos, en este orden de cosas, gato por liebre.

Por el otro, me asolaba la duda de si el patrón de las Españas pensaba dar su visto bueno a la publicación de las balanzas fiscales entre regiones. Él, que tanto ha procurado a lo largo de los siglos por asegurar el libre flujo de mercancías y de personas, de artistas y de clérigos, de bienes y de ideas, de idiomas y de abolengos. En esta materia su capacidad de intervención se ha demostrado mucho más limitada. A estas alturas de mes de julio debe estar contemplando atónito e incrédulo el espectáculo de la vivisección de los equilibrios financieros entre gentes a las que él, respetando y queriendo sus acentos y sus lenguas diversas, ha procurado atraer por caminos diversos hasta ese finisterre peninsular. En fin, le debe quedar la satisfacción del deber cumplido. Por él no habrá quedado.

Finalmente, me temía, vista la proliferación de vocaciones peregrinas entre los y las docentes liberados en julio de sus cuitas profesionales, si no se habrían hecho realidad los peores presagios relativos al despliegue de concupiscencias que afecta al Camino. Pero no. Cierto, hay una dimensión turística y gozosa innegable. Es más, algunos han reconvertido el Camino en una variante de los rituales posmodernos de autoayuda para las gentes de mediana edad que tienen dificultades en asumir que han dejado de ser mancebos. Pero ¡oh milagro! -y nunca mejor dicho- también hay grupos de adolescentes ilusionados, de gentes mayores que andan algo desorientadas e incluso, para que vean que no me regodeo en las limitaciones de cuarentones y cincuentones, se ven gallardos grupos de cicloturistas ya veteranos, vestidos todos ellos con un estricto y bullicioso equipamiento tornasolado, posando sonrientes en la plaza del Obradoiro para la foto de rigor. Todos ellos habían pasado, previamente, por la Oficina del Peregrino para presentar entusiasmados la correspondiente credencial y obtener así la Compostela -o su variante laica, que la hay- que avala su llegada a ese final de trayecto. Más tarde, creo recordar, entraron a rezar. Qué envidia.
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