18 de junio de 2019, 9:28:28
Los Lunes de El Imparcial

Biografía


Adrian Shubert: Espartero, el Pacificador


Traducción de Eva Rodríguez Halffter. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2018. 770 páginas. 30 €. Libro electrónico: 18, 99 €.

Por Luis Garrido Muro


¿Cuántas vidas caben en una sola? En la de Baldomero Espartero parecen concurrir todas las posibles y alguna más: estudiante, soldado en la Guerra de Independencia, vecino del Cádiz de las Cortes, oficial en la Guerra de Independencia Americana, esposo devoto y fiel, general en la Guerra Carlista, pacificador, ídolo de masas, regente del reino, exiliado en Londres, senador por designación real, ídolo de masas de nuevo, presidente del Gobierno, retirado en Logroño, candidato a la Corona con más apoyos que nadie y referencia moral del liberalismo. Si su trayectoria produce verdadero vértigo, el telón de fondo sobre la que tuvo lugar lo hace aún más. Durante los casi 86 años de vida de Espartero, España perdió la mayor parte de su inmenso territorio americano, participó en ocho guerras, conoció seis reyes, tres familias reales y otras tantas regencias, estuvo gobernada por cinco constituciones y dos estatutos, fue una monarquía absolutista, otra liberal y hasta una república, y decenas de presidentes de Gobierno y ministros rigieron su destino.

Alguien así mereció atención desde muy pronto. Solo entre 1845 y 1879, en la segunda mitad de la vida de Espartero por lo tanto, se publicaron casi 40 obras entre biografías como tal, novelas inspiradas en su vida, obras de teatro, romanceros o textos defendiendo su candidatura a la Corona de España, al punto que se convirtió en un verdadero género literario en sí mismo. Las había de todos los gustos, desde biografías en varios volúmenes hasta simples panfletos de apenas unas páginas, pasando por colecciones por entregas que se publicaban los sábados, el día de paga, algunas de las cuales alcanzaron los 8.000 suscriptores. Aún se publicarían varias más a finales del XIX y principios del XX, pero la muerte de Espartero puso fin a esta pequeña industria editorial.

Adrian Shubert, catedrático en la York University de Toronto, recupera ese hilo más de un siglo después con Espartero, el Pacificador, aunque su biografía es bien distinta de la de sus predecesores. De entrada, no se trata de una biografía de parte como era lo habitual en el siglo XIX, sino de una plena de rigor y carácter científico que ha necesitado más de 20 años de trabajo e investigación, algunos de cuyos resultados ya se han ido publicando en forma de artículo. En segundo lugar, es la primera biografía de Espartero construida a partir de su propio archivo familiar y personal, una valiosa documentación custodiada por sus herederos que debería estar en un archivo público a disposición de cualquier investigador. Todos los archivos españoles de relevancia y varios ingleses y americanos completan las fuentes primarias.

El trabajo de documentación, que incluye también 80 publicaciones periódicas y decenas de folletos, muchos de ellos inéditos, es por tanto digno de todo elogio. Y por último, la biografía se beneficia del auge del género en los últimos años y la formación de distintas grupos de trabajo como la Red Europea sobre Teoría y Práctica de la Biografía dirigida por Isabel Burdiel, a la que pertenece el propio autor. Las biografías de Lucy Riall sobre Garibaldi, Patrice Gueniffey sobre Napoléon o Rory Muir sobre Wellington, todos ellos “grandes hombres” salidos de la guerra como Espartero, son claros y magníficos antecedentes para esta biografía.

La combinación de estos tres factores arroja una imagen de Espartero desconocida hasta la fecha, tanto en lo físico (solo medía 1.58, era tan moreno que él mismo se llamaba “negrito”), como en lo personal, ya que el libro proporciona un perfil muy distinto al habitual. Era un hombre hogareño y de gustos sencillos, amante de la agricultura y los paseos por Logroño, muy enamorado de su mujer, Jacinta Martínez de Sicilia. Ella es de hecho una de las grandes revelaciones del libro, una mujer culta y políglota de la que Espartero tuvo verdadera dependencia física y emocional. No tomaba ninguna decisión de importancia sin antes consultarle y llegó a escribirle 600 cartas durante los años de la Guerra Carlista, algunas de ellas a caballo. Rescatarla del olvido histórico y mostrar otro tipo de masculinidad en pleno siglo XIX es una de las principales aportaciones del libro.

La biografía arranca con los orígenes de Espartero, no tan humildes como se pensaba, lo mismo que su educación. Estudió primero en su Granátula natal, luego en la Universidad de Almagro y por fin en la Academia Militar de Cádiz. Hablaba francés y, con el tiempo, algo de inglés. En resumidas cuentas, no fue un “hijo del pueblo” medio analfabeto que llegó a lo más alto tal y como se ha sostenido tantas veces, sino el hijo de un pequeño notable local con una formación muy superior a la media de acuerdo con la documentación. Un segundo tópico se derrumba tras la lectura de estos primeros capítulos. El ejército, al que se incorporó en 1808 al calor de la invasión napoleónica, fue su primera y única vocación, nunca una vía de ingresos o ascenso social.

Hubiera podido vivir con holgura como civil gracias a la pequeña fortuna de la que disfrutó desde muy joven, un dinero cuyo origen no se desvela aquí, aunque sí su posterior e inteligente política de inversiones. O con las rentas derivadas de su matrimonio con Jacinta en 1827, la heredera al cabo de la mayor fortuna de La Rioja. Pero siempre prefirió el ejército y el contacto con sus compañeros, una auténtica “escuela” como reconociera él mismo.

Fue esta vocación la que le empujó a participar en la Guerra de Independencia Americana primero y la Carlista después, luego de su breve participación en la de Independencia Española. En la primera obtuvo experiencia militar, ascensos, prestigio y una sólida red de contactos, los futuros “ayacuchos”; y en la segunda, nuevos ascensos, cruces y el rango de héroe, en especial tras la jornada de Luchana, el verdadero quicio de su carrera profesional y acaso de su vida. El libro comienza de hecho con una detallada descripción de la misma, una decisión acertada por parte del autor. El culto a su persona se inició también a raíz de Luchana. Alentado por el Gobierno, toda España asistió a distintas celebraciones en las semanas posteriores, de las que el libro incluye varias y curiosas muestras.

Se echa en falta sin embargo una mayor atención al material que proporcionó el propio Espartero en los años sucesivos, los partes de guerra y su hoja de servicios, el acelerante que sirvió para amplificar este culto hasta la idolatría gracias a su habilidad para exagerar sus méritos y presentarse como el principal protagonista de unas acciones que acababan siempre en victoria. El culto a Espartero fue extremadamente popular tal y como aquí se apunta con acierto, pero diría que no tan espontáneo como se piensa.

El final de la guerra y su conversión en el pacificador de España, su título más querido y que sirve de subtítulo a la biografía con buen criterio, marcaron su paso a la política en 1840. No cabe dudar de la presión a la que estuvo sometido entonces, pero calificarlo de revolucionario “a su pesar” quizá sea demasiado exculpatorio. Tenía entonces 47 años y un carácter de acero como para verse obligado a nada. Asumió la Regencia justo a continuación, un periodo pródigo en iniciativas y reformas que la biografía analiza con detalle e inteligencia en la estela de los trabajos previos de Díaz Marín. Concluida la misma, partió al exilio en 1843 para instalarse en Londres, donde residió hasta 1847. Fueron años de popularidad y reconocimiento por parte de la población y las autoridades inglesas, aunque también de tristeza y amargura por encontrarse lejos de su patria, aspectos ambos que son tratados con mucha solvencia gracias al excepcional manejo de las fuentes locales. A su regreso se instaló en Logroño donde inició una pequeña aventura empresarial ligada a la explotación vinícola.

Regresó a la arena política en 1854, de nuevo coincidiendo con un momento de crisis de la Corona, un aspecto que podría haber enriquecido la biografía de haberse tratado con más extensión. Que sus momentos de mayor popularidad política -1840, 1854 y 1868- se correspondieran con los de menor de la Monarquía no fue una casualidad. Espartero cometió otra vez los mismos errores que durante los años de su Regencia. Apenas intervino en las Cortes, no fue capaz de ligar en torno a sí a las fuerzas que concurrieron en la revolución de 1854, se despreocupó del día a día del Gobierno, al extremo que dejó de acudir a los consejos de ministros, y abandonó a sus seguidores en la hora decisiva de julio de 1856, “el momento más bajo de su vida política”, como subraya el autor. Nunca le gustó la política en realidad, un espacio que no entendía y despreciaba al mismo tiempo, donde se sentía como pez fuera del agua. Ahí era “el hombre más infeliz del mundo”, según propia confesión. Tal vez eso, y no tanto la incapacidad y mala fe de sus aliados políticos como se repite en alguna ocasión, fuera la razón de su fracaso.

Pasó los últimos años del reinado de Isabel II en Logroño, a donde se retiró en 1856, época que se ilumina con maestría. Emerge así su rivalidad con Olózaga (“el hombre funesto”), la enorme correspondencia que mantenía a sus casi 70 años, su apoyo a la política de retraimiento del Partido Progresista o el papel de Jacinta, la encargada de contestar muchas de las cartas y de seleccionar los artículos de prensa que Espartero debía leer. Son acaso las mejores páginas de la biografía, mérito especial al tratarse de un periodo mal conocido. También es magnífica la parte dedicada al esparterismo en Cataluña. De la mano de Víctor Balaguer y otros, “progresista i catalanista”, se sucedieron numerosos homenajes, banquetes y campañas de prensa, detrás de los cuales estaba tanto la vieja adhesión al héroe como el oponer lo virtuoso de su figura a la corrupción de la Corte. Con el tiempo sería conocido como “l’avi”, el abuelo.

La parte dedicada al Sexenio Democrático es otro de los platos fuertes del libro. Dividida en dos capítulos, impresiona saber los puestos para los que fue postulado -Rey, Presidente del Gobierno, Presidente de la República- y el inmenso apoyo político y popular que tuvo detrás, no obstante lo avanzado de su edad y llevar más de diez retirado en Logroño. Puede que sea una parte algo prolija -80 páginas para solo seis años-, pero sus conclusiones son abrumadoras. Cualquier estudio de Espartero sobre estos años deberá comenzar por aquí, lo mismo que los dedicados al Sexenio en general. El libro concluye con un repaso a la huella dejada desde su muerte hasta nuestros días, de balance un tanto desolador. Aún tuvo algún reconocimiento a finales del siglo XIX, pero su memoria fue desapareciendo conforme avanzaba el XX hasta casi desaparecer del imaginario colectivo más allá de un par de estatuas y un puñado de calles pese a haber sido el español más popular de su tiempo. Ni la II República, ni el franquismo, ni la democracia han considerado oportuno festejar o recuperar su legado. El título de uno de los primeros artículos de Adrian Shubert dedicados a Espartero sería el mejor resumen de esta triste anomalía: “Del ídolo al olvido”.

Una última consideración. Un trabajo de esta calidad no necesita trazar paralelismos entre el Convenio de Vergara y la victoria franquista de 1939, o la Regencia de Espartero y la Segunda República. Son siglos y contextos distintos, cada uno con su propia dinámica y explicación, de muy difícil o imposible comparación. Por lo demás, Adrian Shubert ha conseguido rescatar las múltiples vidas de Espartero en una biografía que será de referencia durante mucho tiempo, bien para quienes deseen asomarse a la vida de su protagonista, bien para los que simplemente quieran hacerlo a la fascinante época que le tocó vivir.

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