18 de junio de 2019, 8:41:02
Los Lunes de El Imparcial

Relatos


Antonio Tabucchi: Cuentos


Anagrama. Barcelona, 2018. 576 páginas. 24,90 €. El grueso de los relatos del autor de Sostiene Pereira se reúne en un muy recomendable volumen que da cuenta de la excelencia del escritor italiano también en las distancias cortas y de su impagable condición de orfebre de lo indecible y maestro de la palabra. Por Francisco Estévez


En la encomiable colección de “Anagrama Compendium” aparecen reunidos gran parte de los cuentos de Antonio Tabucchi, que agrupa los volúmenes El juego del revés (1981), en su conveniente segunda edición italiana con el apéndice de tres nuevos relatos más la propina de otros: “Dos relatos sin domicilio fijo” y “Fuegos artificiales” para la edición española; Dama de Porto Pim (1983); Pequeños equívocos sin importancia (1985); El ángel negro (1998) y El tiempo envejece deprisa (2009). Con todo, el grueso resultante prescinde, por ejemplo, del todavía no traducido Racconti con figure (Sellerio, 2011). Sin embargo, resulta más que suficiente para tomar perfil exacto de la sombra literaria que nos deja ya en la distancia la enorme figura del autor. Resulta clásico hasta lo manido adentrarse en la prosa del maestro italiano realizando fontanería de fuentes (expresión acuñada por Pedro Salinas para afear la búsqueda estéril de antecedentes literarios en la obra de autores) y ver en la escritura de Tabucchi los homenajes debidos, el uso de similares técnicas, misma obsesión de temas de su -y nuestro- querido e inagotable Fernando Pessoa y a lo que cabría añadir otras notables influencias.

Por más señas, se puede aventurar sin riesgo alguno la evidente presencia borgiana, el latir de F. Scott Fitzgerald o R. L. Stevenson, por citar las más obvias, pero poco se mencionan las concomitancias con Luigi Pirandello o con Joseph Conrad. Decir todo esto, es decir bien poco sobre la escritura de Tabbucchi y reducir a tópico los nombres de Pessoa, Borges, y compañía. El autor de celebérrimo Sostiene Pereira es, en el mejor de los sentidos, un escritor europeo atento al legado mayor de la narrativa de Occidente e inquietamente original en su clasicidad. La suprema elegancia de palabra, con una excelsa calidad de página, lo emparenta directamente con la mejor tradición italiana desde Italo Calvino hasta Carlo Dossi De tal modo, sus cuentos vagabundean en un tiempo fuera del tiempo.

La colección de relatos El juego del revés muestra “la otra cara de la moneda, la otra mitad del mundo, la cara oculta de la luna” con “Las Meninas” de Velázquez de apertura y cierre narrativo en circularidad enigmática de espejos fantásticos que devuelven reflejos falsos para pintar una única realidad central que no está en ninguno y está en todos, como acertará a cifrar Fernando Pessoa de su propio proceso de descomposición autorial. Los cuentos alucinados, visionarios, dulcemente oníricos, de Dama de Porto Pim trazan lo intangible traducido en simbólico y al encuentro con la trascendencia. Como el genial francés Raymond Roussel pareciera que Antonio Tabucchi nos hurtase a los lectores del desafío compositivo que se propusiera y solo nos dejara ese milagro redondo de su escritura, teniendo la humildad de escamotear junto a la complejidad que le ha conducido a la dura sencillez (Borges) también los afilados riscos del camino.

La equilibrada contención no elimina raptos de exquisito lirismo, como la versión platónica del mito de la caverna en “Hespérides. Sueño en forma de carta” y, en suma, el pleno magisterio en cada uno de los resortes narrativos convierte a Antonio Tabucchi ya en esta colección de cuentos en uno de los escritores más completos, rozando excelencia de continuo. La elegancia puede ser también nota superior como se aprecia en “Los trenes que van a Madrás”.

La trama de Pequeños equívocos sin importancia se podría condensar en el sueño del escondite de un secreto que alberga una mujer. El resto de cuentos no dejan de ser, equívocos, casualidades o ambigüedades mal cifradas que conducen sin remedio al descubrimiento de una realidad contraria a la concebida. Los argumentos laberínticos matizarán en multitud la fragmentación del sujeto en cada uno de ellos (“Yo soy una antología”, decía Pessoa).

La sutil inquietud del ambiente en estas delgadas pero profundas historias, el halo de misterio trascendente y enigma personal por donde respiran sus personajes, la exploración del yo visto como alteridad con el final de un velo de nostalgia serán temas también recurrentes en El ángel negro. Y los deliciosos meandros del camino nunca tornan en fárrago en los cuentos de El tiempo envejece deprisa, pues uno nunca atina a saber si se encuentra en el principio o ya en el final, si en medio, detrás o delante del espejo.

Una peculiaridad mayor de los personajes del maestro italiano es el continuo vaivén anímico que otorga en sus vicisitudes sabor especial a cada página del relato. El velo que separa la realidad del sueño, la fábula del cristal, la fantasía de la realidad para llegar a una realidad paralela, más profunda, que a veces acompaña de otro modo a la realidad visible. Así ocurre la magia, con apenas unas primeras frases de cualquiera de sus cuento uno se sabe, sin remedio alguno, hipnotizado en la lectura de Antonio Tabucchi, orfebre de lo indecible, excelente narrador, maestro de la palabra. Una de las voces que debieran perdurar.

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