26 de mayo de 2019, 15:16:52
Opinion

ORIENT EXPRESS


Esta es la gente que fue a Colón

Ricardo Ruiz de la Serna


Un pianista inglés afincado en Madrid describió de este modo en un tuit a los asistentes a la concentración de este domingo en la plaza de Colón: «Mucha gente con banderas en el metro hoy de camino al manifestación [sic]. 90% blancos, mayores de 55 años y aparentemente ricos (el uniforme del barrio Salamanca). ¿No son exactamente las mismas personas que nos metieron en este maldito desastre en primer lugar?». Por su parte, una revista satírica escribió, también en Twitter, esta infamia acerca de la convocatoria que, bajo el lema «Por una España unida ¡Elecciones ya!», habían convocado el Partido Popular y Ciudadanos y a la que se habían adherido otros partidos como VOX y organizaciones de la sociedad civil como la Fundación Villacisneros: «Las iglesias y los prostíbulos adelantan sus servicios al sábado para que sus parroquianos asistan a la manifestación por la unidad de España».

Son solo dos ejemplos de los insultos, las descalificaciones y las miserias que se han vertido contra los ciudadanos que han acudido al llamado que, desde el pasado jueves, se viene haciendo en favor de la unidad de España y de la convocatoria de unas elecciones que desbloqueen la actual situación política. Ha habido, por supuesto, muchas más ofensas como la de ese contertulio que recomendaba las librerías como refugio contra los “hiperventilados”. Ya se sabe que la lectura, la cultura y la razón son patrimonio de cierta izquierda que se cree superior moralmente a todos los demás. Una tienda de libros brinda, pues, un puerto seguro frente a los blancos, los mayores de 55, los aparentemente ricos y los católicos, cuyas iglesias se vinculan a los prostíbulos con la copulativa “y”, que se usa para unir palabras o frases de la misma naturaleza. He aquí la miseria moral, social y política a la que se ha llegado en España.

En las elecciones de 2016, Hillary Clinton se refirió a los votantes republicanos como “the basket of deplorables”, es decir, “el cesto de los deplorables”. Tal vez sería más preciso traducirlo, en ese contexto, como “impresentables” o “despreciables”. Ahí metía lo que ella consideraba “racistas, sexistas, homófobos, xenófobos, islamófobos…”. En España, cierta izquierda ha decidido descalificar a la oposición en términos similares. Todos los que defienden la firmeza frente a los nacionalistas y la aplicación rigurosa de la Constitución caen dentro de las acusaciones de “fascistas”, “racistas”, “homófobos” y, en fin, los “deplorables”. Son los que, según la caricatura, no leen libros ni frecuentan librerías. Son los blancos, los mayores de 55 y los aparentemente ricos. Son los que visten “el uniforme del barrio de Salamanca”.

Sin embargo, si algo demuestra la concentración de este domingo, es que centenares de miles de españoles en todo el país han dejado de sentirse intimidados por las etiquetas. Al igual que sucedió en octubre de 2017, se han echado a la calle porque ven peligrar la unidad nacional a través de unas negociaciones cuyo objeto se ha conocido -no lo olvidemos- por una filtración de los propios nacionalistas catalanes. La política de apaciguamiento, cesión y concesiones a los separatistas ha llevado a la debilidad del Estado, al abandono -otro más- de los constitucionalistas en Cataluña y a la división de los propios socialistas. La retractación de la propuesta de un relator y la fingida ruptura de la negociación sólo han sido maniobras para desmovilizar a los ciudadanos.

Al margen de las valoraciones que se puedan hacer de la concentración de hoy, es interesante constatar que una parte importante de la ciudadanía ha perdido el miedo a la descalificación del marxismo cultural, la corrección política y la “intelectualidad”. A pesar de las ofensas, de las descalificaciones y de las burlas, siguen sintiendo orgullo de ser españoles, siguen ondeando la bandera y siguen saliendo a la calle sin complejos. Décadas de manipulaciones históricas no han logrado imponer una vergüenza que sustituya ese legítimo orgullo de lo que España representa. Toda la industria de lo políticamente correcto no ha conseguido cambiarlos.

Hoy estaban en Colón y se merecen un respeto.

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