23 de marzo de 2019, 17:27:29
Cultura

CINE


La mula, de Clint Eastwood: el abuelo cebolleta contra el narcotráfico

Diego Collado

La mula es una película fría, impersonal y con un terrible e irregular ritmo, plagada de clichés que distancian al espectador de los personajes.


Hay quien dice que Clint Eastwood está demasiado mayor para seguir haciendo películas. Tras su larga y magnifica carrera, creo que merece continuar haciéndolas si ve que aún tiene historias que contar, pero sí debería ser algo menos ambicioso y, al menos, ceder la butaca de director a alguien más ágil y con verdadero ojo cinematográfico. En la dirección, a veces acierta y otras es inaguantablemente insípido. Esta película, muy a mi pesar, pertenece a la segunda categoría.

Estéticamente es correcta, con una fotografía clásica. En cuanto al apartado técnico, la única queja es no haber intentado ser algo más que aceptable. La cámara, la iluminación y demás aspectos técnicos, todos pasables, pues parece que no es un mal equipo, simplemente uno carente de personalidad. La música original de la película es insulsa. Si se eliminara, podría mejorar ciertas escenas ahogadas al son de la típica pieza sentimental, dándole una sobriedad a la película que sería muy interesante como oposición a los excesos del narcotráfico.

No obstante, falta autenticidad. Los diálogos son vergonzosamente expositivos y pésimamente abordados por la dirección de Eastwood, conocido por hacer un par de tomas y pasar a la siguiente escena, difícilmente sacando el jugo a sus actores, sobre todo a los más jóvenes. Introduce brusca e indiferentemente a los personajes, de manera que el único al que acabas entendiendo, más o menos, es a Earl Stone, es decir, al mismo Eastwood.

Las interpretaciones son muy desiguales. Por ejemplo, ocurre con la nieta de Stone, interpretada por una buena actriz, Taissa Farmiga, que no acaba de encontrar el tono adecuado para la película (de nuevo, razón por la que Eastwood debería limitarse a producir y actuar). Disuena Dianne Wiest en el papel de la exmujer de Stone, con unos extraños tics en la boca que acabaron con mi serenidad. No todas las escenas de Wiest son malas, pero suele destrozar cualquier momento emotivo por su inaguantable patetismo. Hay poco que decir sobre Bradley Cooper, Laurence Fishburne, Michael Peña y demás actores secundarios, ya que interpretan correctamente sus personajes, sin que, eso sí, ninguno resulte particularmente interesante.

Las escenas son, también, irregulares: algunas de excesivo melodrama, otras de extraña festividad que nos recuerdan a un Sorrentino pobretón, junto a escenas de acción policiaca en un intento de darle tensión a una película que transcurre casi indiferentemente frente al espectador, llevándose por delante el ritmo del largometraje. Eastwood no te atrapa, pues, en ningún momento, como sí lo hizo en «Gran Torino», por ejemplo, donde ya no solo te deslumbra con su final, sino con esos pequeños aspectos de los personajes que humanizan la película, como el sincero respeto que Walt Kowalski acaba teniendo por su familia vecina o aquella memorable conversación con el barbero. Aquí solo tenemos a un señor mayor que cae bien, pero que ha perdido a su familia, que le encanta meterse con los jóvenes y con internet y que es un veterano de guerra, es decir, un personaje plagado de tópicos, pero sin crecer, luego, a partir de ellos. Es un personaje que no se acaba de acoplar con la historia, es débil, plano y parece estancarse en la película, algo que resulta sorprendente teniendo en cuenta el historial de Eastwood. Cuando él intenta darle vigor a Stone, fracasa. Es una fuerza inesperada, inconexa con el resto de las escenas, desafinando entre el resto de las descuidadas interpretaciones. A veces es divertido, sí, pero no por unos diálogos ingeniosos y cómicos, sino porque sabes que estás viendo a un Clint Eastwood envejecido, nada más. Los constantes chascarrillos de Stone hacia lo nuevo, de haber sido más sutiles, podrían haber sido un punto fuerte de la película, un interesante contraste entre generaciones, como ya ha hecho antes. En cambio, son simples y exagerados, muchos sin venir a cuento, quitándole legitimidad al personaje. Es, al fin y al cabo, el abuelo cebolleta.

La reflexión final se podría haber hecho mucho mejor. En una entrevista del diario «USA Today», Eastwood comenta lo siguiente: «Todo el mundo piensa que las personas mayores nunca aprenden nada, solo los niños y jóvenes. Las personas mayores, si mantienen la mente abierta, pueden estar igual de interesadas en mejorar y aprender, y en adquirir nuevos conocimientos». Explica Eastwood mucho mejor el sentido de la película en unas pocas líneas que en la hora y cuarenta minutos que dura la película. El abrupto final del largometraje supone un perezoso carpetazo a las varias historias que envuelven a Stone, por lo que acabas cuestionando qué es, realmente, lo que motiva esa reflexión y por qué. ¿Qué sentido tiene el supuesto cariño que acaba cogiendo Julio por Earl si acaba de manera insensible? ¿Qué relación tiene, después, el cartel con la familia? Y más preguntas que no parecen importar mucho ni al guionista ni a Eastwood. Es difícil, por lo tanto, preocuparse por alguien que no sea Stone, y eso ya es difícil, porque se decide dejar todo lo demás en suspensión, sin una conclusión digna.

Sumando la frialdad de la película, las mediocres interpretaciones, la simplemente correcta fotografía y el desastroso ritmo, el resultado es una película pasajera e insignificante, rozando el fracaso. No es espantosa, pero no la recomiendo.

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