25 de junio de 2019, 2:11:57
Opinion

DESDE ULTRAMAR


Roma: del filme a la tiberina

Marcos Marín Amezcua


Como es bien sabido, todos los caminos llevan a Roma y nunca mejor expresado. La vorágine informativa me obliga a poner en el mismo costal el referirme al tres veces oscarizado filme «Roma» dirigido por el mexicano Alfonso Cuarón –la primer película mexicana galardonada de forma directa y exclusiva con la preciada estatuilla y octava premiada en el rango de lengua extranjera, en idioma español– en tanto atiendo también al «Encuentro sobre protección abierta a la niñez (o menores)», efectuada en la Ciudad del Vaticano en el corazón de la capital italiana y que la prensa mundial denominó como “antiabusos”, “contra la pederastia” y más, significando así su relevancia, en apariencia muy relativa en sus alcances para decepción de millones.

Así, me refiero primero a la cinta mexicana que en blanco y negro alude a un barrio venido a menos en Ciudad de México, que se alzó con el premio hollywoodense por partida triple. Difundida a través de un medio televisivo y no en su manera convencional en salas cinematográficas, nació extraña. Yo mismo la vi solo hasta que la proyectaron por fin en cines ante la avasalladora lista de triunfos obtenidos. Y porque me la pusieron cerca de casa. Cierra una excelente década en Hollywood para el talento mexicano y eso es digno de aplaudirse, destacarse y reconocerse.

No me ha sobrecogido la historia contada, su ritmo lo valoro pausado, empero ha sido interesante la recreación de una época, mientras señala el maltrato al servicio doméstico de una manera edulcorada. Ambientada entre 1970 y 1971, el año en que nací, me evocaron ecos musicales o de atmósfera que desde luego recuerdo de mi primera infancia, de rebote como es natural. Me han agradado las actuaciones. Cada cual en su sitio y no faltó la cepillada al autoritarismo del PRI, que lo leo como el desquite sensato y certero de Cuarón a los insultos que el priismo trasnochado y anquilosado le propinó cuando en 2014 con su primer oscar en la mano, cuestionó al priista Peña Nieto sus andanadas energéticas privatizadoras, un saqueo a México. Cuarón no se ahorra ni una, exhibiéndolo.

Mas invito de nuevo a este espacio y agradezco su generosidad a mi amigo Enrique Castillo, cuyo erudito conocimiento sobre cine le confiere una voz autorizada para abordar el tema de una cinta, recordándonos que «Roma» es la primera realizada para formato streaming, la primera mexicana y de no habla inglesa nominada como mejor película al Oscar y de habla no inglesa que en Inglaterra en tal categoría derrotó a la local «La favorita». ¡Menuda paradoja! Apunta de ella, además, que refleja: “El dulce encanto de saberse tomar el tiempo para rememorar la infancia y las personas que la poblaron, para recordar sonidos y ambientes, para reconstruir un México que ya no existe, para contar una historia sin mucha historia, pero con mucho corazón. Y horror, coraje, incertidumbres e injusticias. Eso es «Roma», retrato autobiográfico de la infancia del director Alfonso Cuarón visto a través de los ojos de su nana/sirvienta Cleo, interpretada por la indígena oaxaqueña Yalitza Aparicio. Decía el pintor Joan Miró “para ser universal hay que ser local”, y nunca esta frase resultó más cierta que con esta película. Uno pensaría que «Roma» sólo podría ser disfrutada y entendida por los mexicanos, más específicamente por chilangos (oriundos de la capital), sin embargo los más de 140 premios acumulados a nivel mundial demuestran lo contrario. «Roma» es ciertamente, universal. Y magnífica.”

Y «Roma» no se agota en esta laureada película mexicana que levantó tantas expectativas y cosechó tantos galardones, incluido el Goya a la mejor peli iberoamericana y cuatro Bafta, un León de oro y un arrollador etcétera. La Ciudad Eterna nos obliga a mirarla para referirnos al trascendente congreso celebrado allí.

No puede negarse que con base en la presión internacional y quiérase que no con los auspicios y talante del papa Francisco, se atendió el tema de abuso a menores; y aunque resulta deplorable que en vez de estar hablando de la salvación de los hombres y de la manera de acercarse a Dios, se esté hablando de pederastia en el corazón del catolicismo, se ha traducido en una notable confrontación que ha llevado a nuevas denuncias como la destrucción de archivos alusivos tal abuso, como lo denunció el cardenal de Múnich y Freinsing. De tal conferencia el Papa sintetizó y lanzó 21 propuestas que van de un vademécum para atender un caso concreto a dar aviso a las autoridades civiles y eclesiásticas, a supervisar ambientes protegidos, el derecho a la defensa del acusado, el acompañamiento a las víctimas, exámenes de admisión psicológicos al aspirantado o a crear un órgano de acceso a las víctimas.

Si Su Santidad sentenció estar rodeado de lobos, como antes lo aseveró su predecesor Benedicto XVI, estamos hechos, porque lo hemos comprobado. Menuda tarea por delante, pero no puede ningunearse su valentía al abordar el hecho como cabeza de la Iglesia católica y desde luego que no lo evade, así sea a su paso y desde su cátedra. El Papa finalmente no ha rehuido abordar el abuso a los menores que inocultable, ha costado encubrimientos, la quiebra de diócesis reparando el daño, el mayúsculo desprestigio de la institución, la capacidad de los nobles valores para no resistir el atropello y la complicidad y no podemos dejar de señalar a una feligresía cómplice, sobre todo en ciertos países como México, carente de conciencia, encubridora, solapadora y persecutora de los detractores. Inadmisible. Por el bien de la Iglesia, no se puede callar más el escándalo y se deben asumir responsabilidades y su combate frontal. Y sus causas. La ocasión ha servido para reivindicar el matrimonio sacerdotal y el sacerdocio femenino.

La cumbre ha dado voz a todos y venía ya de lejos. ¿Qué se queda corta o que el Papa no aborda la homosexualidad del clero como supuesta causa de esta degenerada conducta de abusar de menores? Hace bien, pues no puede plantearla como tal en sí misma, cuando la impunidad la motiva. Porque… ¿dónde queda tal? El volumen del mal es tan pasmoso como escandaloso y condenable. Salpica por doquier. Australia, Chile, Estados Unidos, Irlanda, México…es que parece interminable el abominable abuso a menores y no importan ni latitudes ni justificaciones. Es un atentado a la persona y a la norma del Dios que la Iglesia católica reclama honrar y no lo ha hecho. Altos prelados muy encumbrados han sido encubridores y minimizadores de los hechos. Esa una vergüenza brutal. Y quede claro: la Iglesia católica no es la única, ya que otras no rebozan santidad.

La cumbre efectuada en Roma entre el 21 y 24 de febrero de 2019 nos mueve a una reflexión profunda donde no se puede condenar a todos los sacerdotes per se, mas al mismo tiempo no debe callarse nada de ninguno. Ahora al amparo de lo sucedido, la Iglesia católica mexicana anuncia algo que no vimos crecer abiertamente: 152 casos de sacerdotes indiciados. ¿A qué hora? No lo sabemos por el encubrimiento padecido en México. Al terminar este foro la Iglesia mexicana –para mi decepción gigantesca– expresó en boca el presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, Rogelio Cabrera, el arzobispo de Monterrey que tal reunión permitirá que “la luz de la verdad sea la que guíe nuestra vida como Iglesia para reflexionar y trabajar, bajo la guía del Espíritu Santo”. Yo esperaba una postura más radical y no tan paniaguada. Más beligerante y comprometida.

A renglón seguido sin condenar los hechos que han llevado a la Iglesia católica a reunirse en Roma, la postura tibia del episcopado mexicano, un acto altamente inexcusable, pinta ajena en mucho al espíritu de los vientos que soplaron en Roma. Tristemente y se nota que aún hay mucho qué trabajar para lograr la transparencia y el combate a la impunidad de este delito grave de abuso sexual a menores y en general, a todo el que sea victimizado desde el clero. Ardua labor.

El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2019   |  www.elimparcial.es