18 de agosto de 2019, 23:49:35
Opinion

TRIBUNA


Notre Dame

Juan José Vijuesca


Entre los diferentes motivos que hay para llorar, existe el hacerlo ante las desgracias de nuestra riqueza monumental. Ya sé que habrá quienes piensen cuan frívolos llegamos a ser los amantes del acervo cultural, pero retroceder en el tiempo hasta llegar a la coronación de Napoleón Bonaparte o deambular por los pasadizos en los que vivió el mítico Jorobado, solo se consigue en la catedral de Notre Dame.

La sorna mostrada por algunos indoctos ante el desastre arquitectónico acaecido en la catedral de París, guarda estrecha relación con la bajeza educativa reinante. Por suerte la grotesca moda del mal gusto contrasta con la respuesta del pueblo francés, y en especial los mecenas y filántropos que se han apresurado a donar importantes cantidades de dinero para la reconstrucción.

Si el mundo actual tiene motivos para gozar del arte en cada una de sus expresiones lo es gracias al esplendor de quienes concebían el desarrollo a base de un talento creativo atemporal. Hoy todas esas obras tan marcadas como esta catedral, al igual que tantos otros legados de la humanidad, constituye no solo uno de los basamentos de la cultura, sino el referente de nuestros valores, tanto en grandeza como en esfuerzo. Del florecer de estas joyas arquitectónicas se desprenden los sucesivos episodios que la propia historia, junto a tantos hombres y mujeres artífices en crear la certidumbre y gozo de estos legados irrepetibles, son los argumentos que nos hacen sentir, vivir, renacer y educarnos en la cultura.

Las obras de arte nos hablan de sus autores, por lo tanto menospreciar la herencia recibida es tanto como negar la legitimidad del conocimiento en cada una de sus vertientes. Es muy preocupante que las nuevas generaciones actuales veneren antes a un robot que al David, de Miguel Angel o que atesoren más afición por un móvil que deleitarse con el silencio de las catedrales.

Durante el Romanticismo, Víctor Hugo nos dejó una de las mejores visitas guiadas por el interior de la catedral de Notre Dame a través de su novela Nuestra Señora de París y su no menos misterioso personaje Quasimodo, que como ustedes saben vivía recluido en el campanario del templo:“…..y la catedral no era solo su compañera, era el universo; mejor dicho, era la Naturaleza en sí misma. Él nunca soñó que había otros setos que las vidrieras en continua floración; otra sombra que las del follaje de piedra siempre en ciernes, lleno de pájaros en los matorrales de los capiteles sajones; otras montañas que las colosales torres de la iglesia; u otros océanos que París rugiendo bajo sus pies”

Me quedo con lo manifestado por Jean-Pierre Leguay, uno de los organistas titulares de Notre Dame: “Esta tragedia es comparable a la pérdida repentina de una persona querida”

(Dedicado a cuantos iconoclastas de la estupidez humana se precian dehacer humor negro a costa de lo sucedido en Notre Dame)

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