26 de junio de 2019, 8:23:44
Opinion

DESDE ULTRAMAR


En Jueves Santo, respondiendo al Papa emérito

Marcos Marín Amezcua


La humareda dejada por Notre-Dame de París no amaina mi intención. Es una grandísima ocasión de órdago que pueda expresar esta carta abierta al papa emérito Benedicto XVI en una fecha tan significativa en el seno de Ia Iglesia católica y de la Cristiandad. En eso de manuscribir misivas al romano pontífice no soy avezado, más no me arredro porque echando mano de mis apreciaciones y conocimientos religiosos estoy indignado atendiendo el polémico texto reciente que Su Santidad escribió, pronunciándose sobre el abuso sexual de sacerdotes a feligreses; siguiendo a los medios católicos que lo han aludido y publicado, difundiéndose tal –algunas versiones apuntan a filtrado indebidamente de manera prematura– en ligas como esta.

Y puntualizo lo de los medios católicos para no caer en las bravatas de sus opositores ni en los sensacionalismos, como el de un diario bonaerense que titulaba la nota respectiva con un “Papa contra Papa”. No. Que la cosa es seria y como feligrés devoto más que practicante, la abordo, acostumbrado a leer la hoja de ordinario de misa, la dominical, que algunos denominan misal, mientras otros comulgan, para ejercitarme en la doctrina seguida por Roma, como lo entiendo.

Diserta el emérito señalando que la revolución sexual de los años sesenta produjo la relativización de la moral y que debilitó la corriente que protegía los altos valores de la Iglesia, mientras se los apartaba cuestionando su permanencia. Allí se coló tanto la facilidad de propiciar el abuso sexual, así como grupos homosexuales que fueron tolerados en los seminarios. Asegura que la ausencia de Dios facilitó tal degeneración de la moral y la conducta. Insinúa el error de la apertura de la Iglesia al mundo, lo cual propició la censura hasta de sus libros –de tono conservador y que clamaban en pro de las prácticas morales manteniendo los más caros valores católicos– por no estar acordes con una corriente aperturista que lo relativizó todo para sostenerse. El Diablo termina siendo la causa de tanto desmán, dice.

A estas palabras expreso mis quejas y señalamientos porque se refieren más a actos mundanos que a divinos; porque difiero en gran medida del obispo emérito de Roma al cuestionar soterradamente al Concilio Vaticano II y la mundanidad de la Iglesia –necesaria si pretende pescar fieles, después de todo– y de paso, por despacharse condenando la homosexualidad como causa de sacrilegio y no valorando en cambio, la pervertida conducta libre, libre, de quienes pudrieron el sacerdocio per se al ser pederastas encubiertos. Y que quien presidió la Santa Congregación para la Doctrina de la Fe entre 1981 y 2005 debió de guarecer y no lo hizo. Qué fácil resulta culpar al mundo y al Diablo, como lo hace. No es de recibo y por eso debe alzarse la voz. No es de recibo insinuar la homosexualidad como detonante, mientras se calla el encubrimiento desde adentro de la Iglesia.

El emérito condena el aperturismo y lo llama adopción de una moral acomodaticia para valorar lo bueno y lo malo. ¿Eso es todo? No me extraña que sí. Él, que dio muestras de repudiar como prefecto al Concilio, matando en mucho su espíritu y luego como romano pontífice, apelando a prácticas como la vuelta al latín en la misa –místico, pero incomprensible a las mayorías– y al rito tridentino, lo mismo que a portar camauros o a emplear un trono elevado del piso. Y lo de suponer la ausencia de Dios en los ministros de culto conlleva a apuntar con dedo flamígero al exponente, increpándolo con esta pregunta: entonces ¿en manos de quién estuvimos? ¿y dónde estuvo usted en todo esto, guardián de la pureza de la Fe, incluso antes de ser sumo sacerdote? ¿cómo que “ausencia de Dios” en los ministros del culto? ¿en los admitidos a ejercer tan sacrosanto ministerio? ¿permitidos e incluso, solapados en tal carencia, origen de sus malditos excesos con menores? Y multitudinariamente. Me resulta de escándalo. Y no, los excesos de los clérigos son de siglos, no desde la revolución sexual sesentera. Mismo caso de su encubrimiento. ¡Qué no invente!

Y que lo exprese el brazo derecho de Juan Pablo II es gravísimo, cuando ya se ha ido aceptando a regañadientes que fue un pontificado solapador. Son tantos los casos de pederastia que explotan por todas partes, que solo es posible comprenderlo si hubo contubernio, colusión con los altos prelados. Y apuntando hasta la cabeza, si es menester. Ante tal realidad no me deja boquiabierto la sapiencia natural de Benedicto XVI. ¿Es que no puede apelarse a algo más tangible y más humano? Y en esa tesitura, llama poderosamente la atención que el papa emérito apunte a la conformación de clubes homosexuales en seminarios. Da a entender que en ello va la semilla de la pederastia. Sin embargo, lo que no explica es cómo adultos con el poder espiritual conferido por su ministerio, abusan impunemente de sus fieles. Eso no lo da la homosexualidad per se. Cuando ya se supo de encubrimientos, queda claro que habría que apuntar a otras causas.

No obstante, resulta que Benedicto XVI apunta en la dirección de toda su vida, al señalamiento de la homosexualidad a la que nuevamente, atribuye el impulso del mal de los pederastas. ¡Vaya tozudez y desvergüenza! Cuando el coro de su hermano en Ratisbona ha sido señalado también por verificarse abusos sexuales, sin más consecuencias que pidiera perdón. La carta le sirve a Ratzinger para matar dos pájaros de un tiro: pone en jaque el congreso de febrero pasado –cosa que lo confronta con Francisco– que valiente abordó el tema de abusadores de menores y, de paso, nuevamente recrimina a los homosexuales. Eso es grave porque el papa alemán nos recuerda que no ha quitado el dedo del renglón, incluso al vanagloriarse de haber desarticulado un lobby gay vaticano, minimizado, en tanto antes se opuso a mayores beneficios espirituales a los homosexuales y pese a que el mentado lobby pinta para ser enorme, como lo advierte Frédérick Martel en su reciente obra Sodoma, denunciando la doble moral prevaleciente en el seno de la Iglesia. Y queda pues, pendiente hablar de encubrimientos y complicidades frente a los abusos a los fieles. Silencios en que el tozudo emérito calla un simple mea culpa por lo mucho que sería responsable de todo ello, siendo él persona tan informada como lo fue, de todo cuanto sucede al interior de la Iglesia, en su doble paso por haber sido prefecto de la Fe y como pontífice.

El emérito espeta: “Es muy importante contrastar las mentiras y medias verdades del diablo con toda la verdad: sí, el pecado y el mal están presentes en la Iglesia. Pero también hoy existe la santa Iglesia que es indestructible" No, no me conforta su dicho ante una feligresía callada o cómplice, o recibir por airada respuesta que no todos los sacerdotes son iguales. La Iglesia en su conjunto tiene un severo problema y no lo ha atendido a cabalidad. Y no es un asunto menor. Ya que referimos la nacionalidad de Ratzinger, se nos ha machacado que los papas no tienen nacionalidad per se. Mas no se nos olvida que publicaría este texto en Klerusblatt –18 páginas, 11 según otras fuentes– o que fue a la televisión alemana a la que concedió sus entrevistas, o que el alemán Peter Seewald sea su biógrafo al que adelantó lo del lobby gay. Veo demasiada Alemania para mi gusto. Mucho favoritismo, para decirlo rápido y sin rodeos. Poca equidad informativa.

Termino: el riojano arzobispo de México Lizana y Beaumont, expresó en una pastoral de 1807 su descripción del estado sacerdotal. A ver si nos abre las entendederas: “(Dijo San Pablo) ‘sed ejemplo […] en la castidad’”. Otra: “¿Qué responderé al tremendo Juez cuando me fiscalicen los demonios […] por no haber aplacado yo con la oración la ira del Omnipresente […]? (y así) ¿trabajan los fieles por mantenernos y no hemos de orar y llorar por ellos?”. Otra: “(Por el sacerdote) no se abre ni se cierra el Cielo, sino a su voz […] y siendo más inmediato al Señor por su dignidad, también le toca implorar sus misericordias a favor de sus hermanos y aun si puede, atraerles por fuerza sus gracias”. Otra: “[…] Si se deja a la blandura de su carne […] ¿qué ha de conseguir para los hombres de un Dios que no conoce ni trata?”. Otra: “Se le imputará la corrupción de los pueblos […] ¿de dónde procede la relajación de las costumbres […] sino de la infidelidad y tibieza de los sacerdotes?”. Otra: “han de ser como ángeles entre los hombres […] deben purificar, alumbrar y perfeccionar las almas de sus vicios […]”. Otra: “entre las cosas divinas era divinísima el cooperar con Dios a la salud de las almas […] su principal objeto es salvar almas, destruir el pecado y plantar las virtudes”. Y digo yo: ¿qué no lo hacen, libres? y sale el emérito conque la revolución sexual….

El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2019   |  www.elimparcial.es