7 de diciembre de 2019, 11:10:22
Los Lunes de El Imparcial

Ensayo


Mark Lilla: El regreso liberal


Traducción de Daniel Gascón. Debate. Barcelona, 2018. 151 páginas. 17 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar


El escenario político y social de Estados Unidos sigue produciendo abundante material bibliográfico en el que destacadas personalidades del mundo académico reflexionan y aportan su punto de vista sobre el actual panorama de las ideas. La victoria de Donald Trump, cabe apuntar, ha servido para multiplicar este fenómeno. Sin embargo, la obra que reseñamos, El regreso liberal. Más allá de la política de la identidad, no tiene como fin exponer la heterodoxa personalidad del presidente norteamericano y su forma tan particular de entender el mundo utilizando la mentira (“hechos alternativos”) como herramienta fundamental.

Por el contrario, Mark Lilla se propone una meta de mayor enjundia y más constructiva: explicar las razones por las que el binomio integrado por el pensamiento liberal y el partido demócrata han sido relegados de las preferencias del electorado norteamericano. Este hecho quedó corroborado con el fracaso de Hillary Clinton en 2016, paradigma del desdén hacia las elites liberales y urbanas, educadas de forma separada al resto del país (p. 20).

El autor se muestra tajante, exigiendo a los liberales que se bajen del púlpito en el que se hallan: “Y, en cuanto bajemos, hay que aprender a escuchar y a imaginar. Tienes que visitar, aunque sólo sea con el ojo de la mente, lugares en donde no hay wifi, el café es malo y no tendrás ganas de subir una foto de tu cena en instagram. Y donde comerás con gente que dará las gracias de verdad por esa cena en sus oraciones. No los desprecies. Como buen liberal has aprendido a no hacer eso con los campesinos en tierras remotas; aplica la misma lección a los pentecostales del sur y los dueños de armas de los estados del oeste” (págs. 124-125).

En consecuencia, el autor no escribe contra Trump, a quien considera un populista, sino contra los liberales de Estados Unidos, a los que acusa de haber perdido la batalla por las ideas, al haberse centrado exclusivamente en aquellas relacionadas con la identidad y no en las que subrayan la importancia de la nación y lo que une a los americanos como ciudadanos. El resultado salta a la vista: el partido demócrata es el de las minorías, funcionando cada una de ellas a modo de compartimentos estanco, debido al protagonismo absoluto de la diferencia.

Bajo su punto de vista, la historia de Estados Unidos en el siglo XX ha estado marcada por lo que denomina dos “dispensaciones”: la de F.D. de Roosevelt y la de Ronald Reagan. La primera se extendió hasta la lucha por los derechos civiles en la década de los 60 y tuvo como ejes fundamentales la solidaridad y el deber público. La segunda se prolonga hasta Trump, sobresaliendo su carácter individualista (se prioriza la acumulación de riquezas frente a la redistribución) y el rechazo hacia cualquier intervención del gobierno. Estas premisas teóricas fueron difundidas, de ahí su perdurabilidad en el tiempo, a través de una ingente red de centros de pensamiento y de una idea, a modo de gran meta, que los liberales han subestimado en su agenda: la importancia de ganar todas las elecciones, no sólo las presidenciales.

Para Lilla, en la dispensación de Reagan se halla el origen del fracaso de los liberales pues respondieron sólo mediante las políticas basadas en la identidad. Los perpetradores de esta estrategia fueron los representantes de la Nueva Izquierda a través de sus cargos en la docencia universitaria, alejados por tanto de la verdadera América hacia la que muestran un notable desprecio, como lamenta el autor. Esta manera de actuar también la condena puesto que se basó en adoctrinar a los alumnos y en conceder a los movimientos sociales el máximo protagonismo a la hora de transformar el mundo. Sin embargo “la época de los movimientos ha terminado, al menos por ahora. No necesitamos más manifestantes, necesitamos más alcaldes. Y gobernadores, y legisladores estatales, y miembros del Congreso…” (págs. 118-119).

En definitiva, una obra que realiza una crítica demoledora de los dogmas sobre los que se ha consolidado el progresismo. Así, aunque sus destinatarios son los liberales de Estados Unidos, muchos de los defectos que en ellos denuncia Mark Lilla los observamos en amplios sectores de la izquierda europea y española que han hecho de la corrección política dogma de fe, menospreciando y estigmatizando cualquier otra propuesta que no sintonice con su peculiar manera de entender el mundo.

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