17 de noviembre de 2019, 13:45:04
Los Lunes de El Imparcial

Ensayo


Chantal Maillard: La compasión difícil


Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2019. 213 páginas. 17,91 €.

Por José Antonio González Soriano


Chantal Maillard (1951) es una filóloga erudita experta en pensamiento religioso indio y en la lengua griega clásica. Dedicada desde hace tiempo a la poesía, nos ofrece en este volumen una compleja panoplia de prosa poética cargada de breves reflexiones enhebradas, en las que una simbiosis quizá algo forzada de pensamiento indio y griego antiguo se destila en un alambique de psicoanálisis estructuralista para generar un texto de resonancias nietzscheanas (en su forma, que no en el contenido), rematado por un breve libreto teatral que homenajea al personaje de Medea en su tratamiento telefílmico por parte de Von Trier (1988).

¿Qué nos trata de decir con este abigarrado despliegue? Hay dos ideas que laten con especial fuerza a través de estas páginas. Primero, la completa irrealidad del yo en el devenir aparentemente subjetivo de cada existencia, librada en realidad a la inercia del mero afán de supervivencia que engloba a todos los organismos. La autora lo llama “la ley del Hambre”, en cuyo seno el yo (en términos que podría firmar Lacan) es una pura ilusión, el “aglutinante de las repeticiones”. Segundo, la vacuidad de todo sistema de creencias y de todo sistema moral, en cuyo lugar la autora reivindica la virtud de la compasión (“¿no sería más sencillo, a los mismos efectos, erradicar las creencias y reemplazarlas por el respeto a todo lo que sufre?”), como si se tratara de una clarividencia superior que se desata cuando hemos logrado clausurar todas las vías del deseo.

El escepticismo, el estoicismo, se dan así la mano con el budismo para esquivar la sombra de Nietzsche en lo que respecta a su filosofía afirmativa (la voluntad de poder). Se atiende, no obstante, a su propuesta de transvaloración, a la que Maillard responde con su idea de la “compasión difícil” (de naturaleza extramoral). Una compasión que atraviesa las barreras del bien y del mal y se convierte en un atributo místico que la autora ejemplifica mediante su proyección en la figura teatralizada de Medea. Una Medea que consiente con el atroz destino que desborda su conciencia y le fuerza a matar a aquello que ama.

¿Encontramos aquí una reactualización de la filosofía estoica y su liberación del miedo a la muerte, que llega a asumir con convicción la lógica rebelde del suicidio? ¿Una relectura de Nietzsche (al que la autora jamás nombra) en el plano exclusivo de su renovación radical de los valores morales? ¿Una reivindicación filosófica de la renuncia a la identidad egocéntrica y de la alternativa identificación compasiva con todo lo vivo? ¿Una guía estética que a través del cine danés y de la tragedia de Eurípides trata de establecer puentes entre la sabiduría oriental y la occidental? ¿El relato poético de una catarsis personal de alguien a quien el enfrentamiento directo con la muerte le ha revelado la futilidad del deseo y la inconsistencia del amor?

“No somos, existimos. […] Suponemos que hay ‘alguien’ tras ese proceso de estar vivo. No hay nadie. […] No hay nadie dentro de mí. […] Sólo una voluntad queriendo perseverar […] Un organismo latiendo con millares de voces.”

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