15 de diciembre de 2019, 2:05:30
Opinion

DESDE ULTRAMAR


Bicentenario del Tratado Adams-Onís

Marcos Marín Amezcua


De cuando España fue frontera con EE.UU. conviene recuperar este episodio que en su incumplimiento bicentenario, mucho que recuerda también a Trump, quien al igual que los yanquis de la época de este tratado, le gusta, marrullero, evadir e infringir con falaz aturdimiento los compromisos de su país, pese a presumir allí de ser muy responsables y muy honrados hasta en su palabra. Pues va a ser que no y la Historia atestigua, por recordarnos su abusiva y degradada conducta.

Resulta ser, en efecto, que el pasado 22 de febrero de 2019 de cumplió el bicentenario de un instrumento crucial en la formación del México moderno, mas también en el devenir de la desintegración del Imperio español. Estados Unidos ambicionó expandirse desde que nació. A costa de lo que fuera y cuando llegara la oportunidad. Nada de que puritanos y medidos; no, ambiciosos, codiciosos que fueron, aunque hipócritas. Sus élites siempre han sabido dónde atacar.

Así, mientras España era invadida en 1808 por Napoleón, filibusteros yanquis se apropiaron a la mala de la Florida occidental. Cinco años después ocuparon la península floridana, propiamente. La Junta Central había nombrado a don Luis de Onís como embajador en Estados Unidos, que lo desconoció y desestimó sus reclamos, ganando tiempo, en tanto exigía también de España una redefinición de sus confines con Nueva España reclamando Texas al completo. Texas con “x” como la jota de Quixote, como la México, poniéndola en unos límites inexistentes, el Río Grande o Bravo, al amparo de mentir diciendo que hasta allí abarcaba la Luisiana adquirida al Gran Corso en 1803. Voracidad brutal sobre tierras poco pobladas y ante una España arruinada en las guerras napoleónicas.

Cuando el impresentable de Fernando VII regresó al trono, confirmó a De Onís y refrendó sus reclamos para la desocupación de Florida y el respeto a las fronteras novohispanas. Todo culminó en el Tratado Transcontinental o de 1819, también conocido como Adams-Onís, por los nombres de los signantes: el citado embajador español ante los Estados Unidos y el secretario de Estado, el caballerito John Quincy Adams, descrito como un insaciable y cuya supuesta buena reputación de probo no sirvió para que ganara la reelección ya como presidente, ante el borde esclavista Jackson, en 1828.

Por tal documento España cedía a Estados Unidos la Florida al completo, por diez millones de dólares que nunca los pagó. Además fijó los extremos de Nueva España, precisos con los ríos Sabina, Rojo y Arkansas en ascendente hasta alcanzar el paralelo 42 grados, tirando allí una línea recta hasta el océano Pacífico. Con esos linderos nació México a la vida independiente en 1821 –que España reconoció hasta 1836-. España zanjaba de momento la disputa fronteriza con la ambiciosa república norteamericana. De todo esto se desprendió aquella tesis del mismo Adams: “la fruta madura”, por la cual por mientras, Cuba sería española, mientras maduraba para separarse y después como tal, caería y qué mejor que lo hiciera en las garr…manos de los yanquis. Si la cosa tiene historia y no nos vamos a contar cuentos a estas alturas. México ya sería ambicionado y en su oportunidad cercenado, apropiándose EE.UU. de la mitad de su territorio en la guerra de 1846-48. ¿Cuánto valdrá hoy la Florida por la que nunca pagaron nada?

Y todo esto se lo cuento, por no decir que se lo recuerdo, amigo lector en ambas orillas del Atlántico…y del Pacífico, porque ahora que Trump ha emprendido una descerebrada guerra comercial contra China, que perderá pues va con una economía sobreendeudada y no competitiva al ritmo chino –y que no lo es desde hace tres décadas– por no poder estar a la altura de los retos del libre comercio en que decía creer; ergo conviene reconocer que su país no se esmera siempre en cumplir tratados. Corría una frase en tiempos del TLCAN: “si no cumplieron los tratados con los indios, menos con los mexicanos”. Así que ya podíamos esperar y aún hoy, que no lo harían y constatar que no agradaría a los yanquis que los mexicanos jugando su juego con las reglas que impusieron, les ganaran como lo han hecho en el libre comercio. México en 2019 fue declarado en su inicio como el primer socio de EE.UU. pues con él efectuó el 15 % de sus transacciones. ¿Por la guerra con China? Quizás, también. Pese a ella, en EE.UU. provienen de China el 18 % de sus importaciones, frente al 14 % que proceden desde México. Paradoja.

En ese marco recordemos que Trump es de la idea de que su país primero… y al último. La guerra comercial con China encarece productos, desinhibe el comercio y ya impacta en los productores yanquis, que ven menguadas las ganancias y en los consumidores que, tarde que temprano, se enfrentarán al costo real inflado de bienes que no podrán soportar en sus precios, de proseguir esta escalada que la tiene perdida EE.UU.. Y su endeudamiento pasa nada menos que por los chinos, a quienes en 2010 les endilgaron bonos del tesoro, pues ya no había a quién más verdérselos, para tener más liquidez y no dejar de gastar y endeudarse. Es su naturaleza, va. Pero eso no ayuda. Los chinos poseen esos bonos. Falta que los quieran hacer efectivos… y ¿con qué dinero les liquidarán en Washington? y eso apunta para que los invadan el día que se atrevan a protestarlos.

Si el departamento de Comercio estadounidense señala que estos aranceles de Trump encarecen los productos pagados por los consumidores de su país, es una alerta de que en efecto, dependiente de las importaciones a su vez de productos maquilados en terceros países o la misma China, torna la mentada guerra en una suerte de búmeran para EE.UU.. Y lo será por no ser ya competitivo, reiteramos. Cada vez produce menos por sus altos costos, que explican porqué mejor los yanquis contratan en otros países y porqué sus empresarios se fueron de Estados Unidos a aquellos. Aunque Trump los quiera de regreso. Ello solo desemboca en proteccionismo y poco más. En la realidad a China poco le ha afectado las rabietas del yanqui. Por eso aceptó el reto de esta descerebrada guerra.

Con los ¿socios? norteamericanos la jugarreta ha sido falsaria. Impuso a Canadá y a México aranceles al acero y recién al tomate mexicano. Así, Trump viola el TLCAN y el espíritu del T-MEC todavía no vigente. Prometió al vendepatrias equipo negociador priista mexicano, que retiraría esas medidas si aceptaban sus reglas impositivas y abusivas. Lo hicieron los mexicanos y no levantó nada. Al contrario, Trump ha sumado el tomate. Su arrogancia, su envanecimiento, su brutalidad manifiesta son perfectamente denunciables por arbitrario.

Del T-MEC se afirma que está por entrar a los congresos de los tres países para ser discutido y probablemente, aprobado. México ya impuso sanciones en respuesta a las yanquis al acero y amenaza con adoptar nuevas. El 14 de mayo en Toronto, Canadá y México exhortaron a EE.UU. a que retire tales aranceles si de verdad quiere libre comercio. La situación política interna prevaleciente en los tres socios, es complicada; de manera que entre agendas saturadas y choques entre los actores políticos, el resultado de atender el T-MEC es de pronóstico reservado, aunque con matar al TLCAN con sus medidas proteccionistas y sin vigencia el T-MEC, Trump hunde más a su país. Hoy un movimiento en redes sociales exige que se imponga visa a los estadounidenses al entrar a México. Es lo mínimo justo ante sus visas tan cotizadas como denegadas. Merecen nuestro cariño y nuestra reciprocidad.

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