21 de noviembre de 2019, 20:14:13
Opinion

TRIBUNA


¿Borges, anarquista individualista o conservador?

Roberto Alifano


Herbert Spencer, el padre del anarquismo individualista, leyó con entusiasmo la sociología positivista de Auguste Comte. Junto a Darwin, Comte, fue el otro gran filósofo de la ciencia; había postulado una teoría de la evolución cultural en la que desarrollaba la tesis de que la sociedad progresa por una ley de tres estados. Escribiendo luego varios ensayos sobre el desarrollo de la biología sujeta a esa ciencia. Sin embargo, Spencer rechazó lo que consideraba los aspectos ideológicos del positivismo de Comte. En un intento de reformular las ciencias sociales en términos de su principio de la evolución, que se empezaba a aplicar a los aspectos biológicos, psicológicos y sociológicos del universo.

Dada la primacía en que Spencer colocaba a la evolución en su trabajo, su sociología podría describirse como la de un darwinista social (aunque estrictamente hablando él era un partidario del noble francés, padre del naturalismo, Jean-Baptiste Pierre Antoine de Monet Chevalier de Lamarck, que se oponía a los principios de Charles Darwin). A pesar de la popularidad de este punto de vista, una descripción de la sociología de Spencer como tal puede resultar equívoca. No obstante, sus escritos políticos y éticos referían temas coincidentes con el darwinismo social. Estos temas, curiosamente no están registrados en sus trabajos sociológicos, que se centran principalmente en la construcción de una teoría sobre cómo los procesos de crecimiento social y diferenciación llevan a las cantidades variables de complejidad entre las diversas formas de organización social.​

Discutible y puramente conceptual, esta conclusión llevaba a Spencer a afirmar que “una sociedad es un organismo, pero que ambos tienen vida propia, crecen y mientras más crecen, sus elementos se multiplican y se diferencian entre sí. Algo similar, observa, se da en las funciones de sus elementos que se especifican cada vez más; aunque no son enteramente iguales, pues mientras el organismo forma “un todo concreto”, la sociedad forma “un todo discreto”, permitiendo a sus elementos cierta libertad.

Es así que en los primeros conceptos aparece la conciencia concentrada; en oposición a la sociedad, que difunde su conciencia en todo el cuerpo que expresa. Bajo este postulado, Spencer desarrolló una concepción omnímoda de la evolución como desarrollo progresivo del mundo físico, cuyos organismos biológicos; es decir, la mente humana, la cultura humana y las sociedades están sometidas a este teorema. Llegó a escribir buena parte de su obra como “un exponente entusiasta de la evolución”, e incluso llegó a escribir acerca de estos postulados antes de que lo hiciera el propio Darwin.​ En la senda de Leonardo De Vinci, como polímata, Spencer abarcó una amplia gama de temas, incluyendo la ética, la religión, la antropología, la economía, la teoría política, la filosofía, la literatura, la astronomía, la biología, la sociología y la psicología. De esta manera, durante su activa vida pública y científica, el pensador inglés alcanzó una tremenda autoridad, sobre todo en el ámbito académico de habla inglesa. Agreguemos que en una senda similar, durante el siglo XX, el otro filósofo inglés en haber logrado tal popularidad generalizada fue Sir Bertrand Russell. Herbert Spencer llegó a ser el intelectual europeo más famoso en las últimas décadas del siglo XIX; aunque, curiosamente, su influencia se redujo de manera menos drástica que explicable hacia principios de 1900.

Comentaba Borges que había oído decir a su padre, con un dejó de desencanto durante los años en que la familia vivió en Europa, “¿Quién lee ahora al heroico y talentoso Spencer?”.​ No dejó, sin embargo, de recomendar su lectura a su hijo. “La vida es dura e inexplicable, Georgie”, reflexionó en seguida mientras caminaban por la ciudad de Ginebra una tormentosa tarde. “Registra en tu cabeza, muchas de las cosas que ahora vemos: banderas, himnos, curas; pues seguramente cuando tengas mi edad no existirán más. A larga, Spencer tendrá razón”.

Juntos, padre e hijo, celebraron no mucho después la revolución rusa y las propuestas de Lenin, que postulaban una sociedad más justa e igualitaria. El muchacho en su primera poesía celebra tal advenimiento con un tono entusiasta y hasta festivo, titulando a su primer libro Los Psalmos rojos. Luego, padre e hijo terminarían desencantados ante el avance del stalinismo que culminaría en una dictadura inclemente y asesina.

Ambos, padre e hijo, abrazarían las muy pensadas teorías de Spencer con más decisión, mejor conocido, quizá, por la expresión “supervivencia del más apto”, que el filósofo acuñó en Principles of Biology hacia1864, después de leer, según lo reconoce, El origen de las especies de Charles Darwin, un término que sugiere fuertemente la selección natural; sin embargo, como lo hizo el propio Spencer poco antes de morir, los Borges extenderían la evolución hacia los reinos de la sociología y la ética, sin olvidar, claro, el uso pragmático de las teorías de Lamarck.

Jorge Luis Borges, nunca se apartaría de ese camino. Cuando alguien le preguntaba por su posición política, respondía con una ostensible nostalgia: “Soy, como también lo fue mi padre, siguiendo la teoría de Herbert Spencer, un anarquista individualista que postula un mínimo de Estado y un máximo de individuo”. Escéptico siempre, hasta el último suspiro, “por aburrimiento”, como una broma o un arma, para escandalizar a amigos y enemigos, y sobre todo al populismo, alguna vez se afilió al Partido Conservador de la Argentina. Cosas del comprometido e irónico humor de Borges.

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