18 de septiembre de 2021, 6:19:25
Cultura

ENTREVISTA


Marsillach: "Una ley debería obligar a que en las obras actúen personas con capacidades diferentes"

Javier Cámara

La compañía de Blanca Marsillach lleva 10 años haciendo teatro inclusivo.


Varela Producciones, la compañía de teatro de Blanca Marsillach se ha fijado el objetivo de acercar el teatro a los sectores menos favorecidos de la sociedad. Por ello, desarrolla programas de teatro interactivo para personas con capacidades diferentes, mujeres víctima de violencia de género, colectivos en riesgo de exclusión social y personas mayores para lograr su integración en la sociedad a través del teatro.

Este año celebra su décimo aniversario haciendo teatro inclusivo. Hablamos con Blanca Marsillach, que nos cuenta cómo han sido estos 10 años, las dificultades y las alegrías. Entre otras cosas, además, la actriz nos cuenta que “una ley debería obligar a que actúen personas con capacidades diferentes en las obras”.

Para empezar, ¿de quién fue la idea?

La idea fue mía. Empezamos con violencia de género, pero otro sector que me interesaba mucho era el de la Discapacidad. Fui a hablar con la Fundación Repsol y se mostraron muy receptivos. Desde entonces, cada año una obra con actores profesionales para un público de asociaciones con personas con discapacidad y poco a poco hemos ido integrando a actores con discapacidad.

Esa ha sido la principal evolución del proyecto, ¿no? Habéis pasado de hacer teatro ‘para’ personas con discapacidad a hacer teatro ‘con’ esas mismas personas con discapacidad.

Exacto. Dando la oportunidad a actores que son maravillosos, pero con la circunstancia de que tienen una capacidad diferente. Ofreciéndoles poder ser contratados y vivir de esta profesión, que, aunque es difícil, si encima le añades la poca normalización que hay a la hora de contratar a un actor con síndrome de Williams o con síndrome de Down o una discapacidad física, las posibilidades son mínimas.

Nosotros hemos conseguido tener un elenco fijo que va de gira, que sabe que al año tiene un número X de ‘bolos’, que sabe que tiene siete días en Madrid y cinco fuera... Hemos hecho ‘Yo me bajo en la próxima, ¿y usted?’, donde juntamos actores de series de televisión con caras conocidas y actores con discapacidad en el Teatro Fernando Fernán Gómez y fue muy bien, el público no se daba cuenta de que iba a ver una obra con gente con discapacidad.

El público se sorprendió y salió satisfecha diciendo “he visto una buena obra y he pagado una entrada para una buena causa”.

¿Qué porcentaje de actores con capacidades diferentes participan en vuestras obras?

Antes de responder habría que empezar preguntándonos qué es normal. ¿Quiénes somos normales? Lo dice el presidente de Repsol, que levante la mano el normal. Todos tenemos algún tipo de discapacidad.

El 90% de la gente que trabaja en nuestras obras tiene una discapacidad. Salvo el director, que también actúa, y excepto cuando hicimos temporada con ‘Yo me bajo en la próxima, ¿y usted?’, todos los actores tienen alguna discapacidad.

¿Qué fue lo más difícil y qué lo más bonito?

Lo más difícil fue obtener la confianza de nuestros colaboradores y lo más bonito es ver que al proyecto le sobraba confianza. Es decir, nosotros desconfiábamos de que el colaborador confiara y el proyecto rebosaba de amor y de confianza por parte de los actores, de los espectadores y las asociaciones. Era una máquina que iba sola.

Este mes de junio vais a cumplir 10 años incorporando a actores con capacidades diferentes en el teatro en un proyecto en el que has contado con la Fundación Repsol… ¿Esperabais que esta colaboración durara tanto tiempo? Imagino que deseando que dure otros 10 más, ¿no?

Diez años ya, sí. Todo un matrimonio. La idea empezó con ellos y ha permanecido con ellos. Hemos ido evolucionando y creciendo juntos. Espero seguir con ellos mucho tiempo más porque queda mucho por hacer. Sería una pena que se interrumpiera porque necesitamos ir creciendo más en la medida en la que la economía lo permita, contratando más actores con otras capacidades diferentes y diversas, como sordomudos o ciegos, que ya hemos tenido, por cierto.

Pero nos gustaría poder concentrarlos a todos en un mismo proyecto y llevarlos de gira, que compartan escenario al mismo tiempo. Eso sería estupendo.

Ahora la Fundación Repsol tiene un nuevo vicepresidente y director general, que es Antonio Calçada de Sá, y confío en que todo siga adelante. Hay que tener en cuenta que en este tiempo han visto nuestras obras más de 10.000 espectadores por toda España.

En una línea, ¿qué hacéis?

Dar oportunidad a los actores con discapacidad.

En otra línea, ¿qué habéis conseguido?

Que entren en una compañía y puedan forman parte de ella. Hemos conseguido darles trabajo.

¿El objetivo de hace 10 años es el mismo de hoy?

No, son diferentes. Hemos ido creciendo y siendo más ambiciosos. Empezamos con una obra para un público específico en el que rompíamos la ‘cuarta pared’, salían al escenario a interpretar, pero no con un rango profesional.

¿Qué fue lo más difícil a la hora de empezar? ¿Se entendía el proyecto?

No sabíamos muy bien cómo iba a reaccionar el público al salir los chicos al escenario, porque te podías encontrar con una persona con daño cerebral o un síndrome de Down. Los chicos siempre te sorprenden para bien. Porque tú vas de una manera y ellos van de otra y yo no estaba tan segura de que se pudiera alcanzar esa sintonía.

Sabía que habría sintonía entre el público y los chicos, pero no sabía cómo sería. Y resultó ser muy fácil. A través del amor se soluciona todo. Y surgió la conexión. A partir de ahí, a correr.

Luego, incorporar personas con discapacidad como actores profesionales, también. Fue muy gratificante porque son unos actores con unos registros ‘que te mueres’.

¿Fue difícil encontrar ese apoyo económico o institucional?

En la vida, cuando las cosas tienen que ser, son muy fáciles, dentro de que nada es fácil y te tienes que mover y dar con la persona y contacto adecuado. Pero era una cosa que tenía que ser.

Nuestra colaboración con la Obra Social ‘la Caixa’ fue a posteriori más difícil, pero una vez que entramos y que el alma de la Obra Social y la de Varela se unieron como una sola cosa, ya funcionó muy bien. Los inicios fueron lentos, pero salió.

Con la Fundación Repsol tuvimos también la parte de voluntariado, en la que los propios empleados de Repsol ceden su tiempo y hacen ellos parte de la función. Fue una labor en equipo tan bien muy bonita. No fue difícil encontrar ese apoyo.

¿Qué es lo que más satisfacción te ha producido en este tiempo?

Cuando hicimos temporada en Madrid pudimos juntar un elenco de caras conocidas con gente no tan conocida que tenía algún tipo de discapacidad. Y repetir en Madrid. Eso fue muy bonito y muy satisfactorio. Además, era una obra de mi padre, por lo que tenía un aliciente mayor para mí.

También fue muy satisfactorio poder contribuir, poder dar a una asociación todo lo que se recaudó y que se retroalimentara el proyecto, que generara trabajo, que generara ilusión y normalización fue muy bonito.

Lo único que me faltó es actuar en esa obra. No debieron de encontrar un papel para mí. Tampoco me lo propuse mucho porque cuando estás detrás, a veces, terminas haciendo las dos cosas mal.

Dice Miriam Fernández, una de las actrices que trabaja con vosotros, que el teatro es una herramienta de cambio. ¿Qué habéis cambiado vosotros?

Hemos cambiado que el público vea una obra donde hay actores profesionales con y sin discapacidad como la cosa más normal sin plantearse que hay uno que tiene una discapacidad y al lado otro que no la tiene. Simplemente, te gusta o no te gusta, te llega o no te llega. Pero no hay una discriminación, hay una normalización.

No lo hemos conseguido del todo porque considero que todas las obras deberían incluir a alguien con discapacidad, por lo menos un porcentaje muy alto de obras y no como ahora, que es una cosa excepcional. Pero por lo menos apuntamos en esa línea.

¿Crees que debería haber una ley al respecto?

Yo creo que sí. Estaría muy bien. Debería haber una ley que obligara a que haya personas con capacidades diferentes actuando en las obras. Igual que hay una ley para las empresas en la que si contratas a alguna persona con discapacidad, tienes posibilidad de desgravarte esa parte o exenciones fiscales o una serie de ventajas, estaría muy bien que hubiera una ley que dijera que las películas, las serie y las obras de teatro deben de tener por lo menos dos o tres personas con capacidades diferentes. Sería muy bueno.

¿Cuántas obras habéis representado ya?

10. Una por año.

¿Qué ha significado para el elenco y para vosotros la obra "Se vende ático"?

Este año hemos hecho Madrid y otras cinco ciudades con esta obra. En total habrán sido como 14 bolos. ¿Qué ha significado? Para ellos, pues que tenemos a un actor con síndrome de Williams, que hasta ahora no lo habíamos tocado. La discapacidad intelectual no la habíamos tocado y que esto es un punto más porque es otro tipo de discapacidad que no tiene nada que ver con la física.

¿Estáis trabajando ya en alguna nueva obra?

Todavía no. Normalmente empezamos a pensar en una nueva obra en julio, aproximadamente.

La recopilación de las obras teatrales Adolfo Marsillach, Teatro Completo, seguirá siendo fuente de inspiración. Es un buen sitio donde mirar…

Si si, hay textos simpáticos. Siempre tiene que tener sexo, música y risa. Con eso vamos servidos. En cuanto hablas de que le vas a dar un beso a una o le vas a tocar la teta o hablas de cualquier ‘cachondada’ y con música, que para ellos es lanzarse a bailar, tienes el éxito asegurado.

Es una muy buena forma de rendir un homenaje casi constante al legado de tu padre el hecho de seguir usando sus textos, también para trabajar con personas mayores, ¿no es así?

Así es. Estamos haciendo lo que él hizo con Amparo Rivelles y María Jesús Valdés con La Obra Social ‘la Caixa’.

Si, yo siempre que puedo homenajeo a mi padre. Primero porque, como autor, él mismo no se daba el valor que tenía. Luego, porque España es un país que tampoco le da a la gente que ha hecho cosas por nuestra cultura el valor que tiene. Por eso, yo, como mujer de teatro, más que como hija, reivindico mucho su figura, sus textos. Escribía muy bien, con una ironía muy inglesa.

También, claro, como hija. Te mentiría si te dijera que no.

Pero España es un país que, si no fuera por las cosas que yo he hecho con su obra, mi padre estaría olvidado. Estoy muy decidida a que lo que él hizo por la cultura de nuestro país no caiga en balde. Lo hago porque España es un país jodido en ese sentido. Nos cuesta reconocer el mérito a los demás. Tanto a los que están vivos como a lo que están muertos.

Esto, yo que tengo una educación bastante anglosajona, ha sido como una llama reivindicativa a la hora de colocar a mi padre en el sitio que yo considero que tiene que estar. De una forma humilde. De a mejor forma que he podido. Pero sí que creo que se tiene poco en cuenta a la gente de su generación: Agustín González, José Luis López Vázquez, Fernando Rey, Luis García Berlanga…

¿Y por qué crees que es así? ¿Ha podido ser una cuestión política de la Transición?

Creo que es una cuestión cultural. España es un país de envidiosos. En el fondo nos jode que al otro le vaya bien. Es una cosa intrínseca. Hay que insistir en las instituciones porque o lo hacen ellas o el pueblo no lo pide. Esto no ocurre en Francia ni en Inglaterra. Ocurre en España. Y me encanta mi país, pero es como una especie de epidemia.

En el plano más personal, Blanca Marsillach seguirá en este proyecto ¿hasta cuándo? Se te asocia mucho con este tipo de teatro y quizá no deja espacio para otro tipo de proyectos…

Me encuentro en esa dicotomía ahora mismo. Estoy muy contenta con el trabajo que hago y no lo cambiaría por nada, por ningún personaje en cine ni en teatro ni en televisión. Creo que es una labor muy importante y muy necesaria.

Ahora, habiendo dicho esto, también es verdad que me estoy planteando volver como actriz dentro de las posibilidades que me permitan atender bien mis compromisos. No puedo contratar hacer 50 bolos en una compañía, pero puedo hacer una temporada en Madrid o puedo, de repente, hacer una colaboración en una serie o hacer una película en la que sabes cuándo empieza y termina el rodaje.

Pero siempre poniendo primero mi responsabilidad social. Eso lo tengo claro. Pero pienso que estoy en un momento en el que puedo compaginar las dos cosas. No soy una persona libre como para decir “me hago una protagonista todos los días”. Tendría que cerrar la compañía, que es una opción, pero no me gustaría porque creo que es un trabajo, el que hemos mi equipo y yo, muy bueno. Además, una vez que cierras una cosa, volver a arrancar no es nada fácil.

Pero sí pienso que ciertas cosas sí puedo compaginarlas y lo voy a hacer. Antes no estaba la compañía tan consolidada y yo no lo tenía tan claro, no tenía esa necesidad de actuar que empiezo a tener ahora.

¿Te has planteado hacer ese papel en una de las obras que preparáis con actores con capacidades diferentes?

Se podría hacer, pero creo que lo hacen ellos solos mucho mejor. Yo voy para la prensa. Cuando he estado en el camerino y a la vez tenía que atender a los medios ya lo he hecho y no me ha funcionado. Yo, por ejemplo, nunca produciría una obra en la que estoy como actriz.

¿Hay mucha diferencia de trabajar con personas con capacidades diferentes o con mujeres a hacerlo con personas mayores?

En realidad, todos son como niños y lo que quieren es atención. Atención y amor. Y que les expliques bien las cosas y que les digas que ellos pueden, que son maravillosos. El trabajo con las mujeres es diferente porque hay que buscar técnicas que le ayuden a superar el miedo, a superar ese pavor a ser maltratadas.

Con los chicos con discapacidad tienes que procurar que no te echen a ti del escenario porque son tan espontáneos que tienes que saber llevarlos. Y los mayores es escucharles y paciencia. Como con una madre que te cuenta las ‘batallitas’ aunque ya te las haya contado muchas veces antes.

Tenéis también una relación muy fructífera con ‘la Caixa’ para proyectos con personas mayores, sobre todo, con la poesía...

Si, además es admirable cómo trabajan. Yo tardé un mes en hacer lo que ellos hacen en 5 días de memorización, de comprensión del texto, de hacerlo suyo, de hacerlo con desparpajo, de darle a cada poema su intención... Y ahí van, se ponen sus mejores galas y salen al escenario de una forma adorable.

Y te recitan desde la Mística de Santa Teresa a San Juan de la cruz, Miguel Hernández, Quevedo, Góngora, hacen de ‘sexis’, les da igual...

Para terminar, cuéntanos una de las mejores anécdotas que hayas vivido en esta experiencia en el teatro inclusivo.

Hay dos que recuerdo perfectamente. La primera es que me escribieron una carta de amor. Una chica de un pueblo de Galicia, un lugar pequeño en el que yo estaba haciendo “El reino de la tierra” me escribió la carta de amor más tierna de mi vida.

La otra es cuando me tocaba vestir en un ejercicio con un corsé, una peluca rubia a lo Marilyn Monroe, falda super apretada, pecho medio por aquí (señala la mitad del pecho) y sentada en un banco del parque. A un chico le tocaba en este ensayo seducirme. No había texto, tenía que improvisar. Pues vino, se puso detrás de mi y, ni corto ni perezoso, me puso las manos en las tetas. Fue divertida la reacción de todo el mundo y del director intentando explicarle que me tenía que seducir con palabras bonitas, no con las manos.

No supe cómo reaccionar y me quedé con la tocada de teta. Pero luego, cuando vino otra vez, se puso delante de mí a hacerme el baile sensual de la película ‘Nueve semanas y media’. Un striptease para partirse de risa. Pero fue todo muy divertido, sin ninguna malicia, él vio allí dos tetas que asomaban y dijo “¡tate, esta es la mía!”.

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