14 de octubre de 2019, 0:56:48
Opinion

TRIBUNA


Estúpida desesperación

Fernando Muñoz


España parece, una vez más, desesperada. En el tramo final del juicio contra los cuadros de mando del independentismo catalán, ejecutor de un ensayo de secesión por las bravas, y en el seno de una tempestad de negociaciones en que naufragan distinciones y matices. La llamada extrema derecha es comparada con los secesionistas, defensores – cuando no responsables – de crímenes que asolaron el país durante décadas. La comparación parte del rechazo homogéneo e indiferenciado del nacionalismo español y del nacionalismo fragmentario. Sin embargo, no puede dejar de verse que no es lo mismo, aunque en nuestro simplificado orden ideológico bastará insistir en la diferencia para quedar alineado. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que confundir intencionadamente y contribuir a la desorientación es un acto terrible cuando lo ejecuta un gobernante.

Al margen de las declaraciones, otros confunden ejecutivamente ambos nacionalismos al negarse por igual a negociar con partidos independentistas – entre los que no se incluye al PSOE federalista, ni a ninguna de sus federaciones – y con representantes de Vox. Con ese gesto se conciben equivalentes los defensores de la secesión y los defensores de la unidad de la nación política. Rechazados ambos, debiera explicarse la distinta razón de su rechazo, porque no parece que pueda valer lo mismo la oposición a la división que la oposición a la unidad. O habría que discutir, en su caso, acerca de los diversos modos de comprensión de la unidad política. Porque, al parecer, la unidad que Vox reclama no puede ser admitida por los liberales – que se quieren representantes acreditados del codiciado Centro-Derecha –, como no puede ser admitida la división que promueve la Esquerra Republicana. Parece evidente que el rechazo ha de tener distinto fundamento en uno y otro caso. Explíquese, si no se quiere multiplicar la confusión.

En este estado de cosas, se abre paso la posibilidad de alianzas más o menos firmes entre los liberales naranjas y el partido socialista, obrero y español. No es despreciable la contradicción que ambos habrán de soportar, aunque es probable que no tenga efectos sobre unos votantes que, aturdidos por la información, admitiremos cualquier estrategia por disparatada que pueda parecer. Los fundamentos doctrinales hace tiempo que parecen olvidados y los movimientos responden a cálculos electorales en función de una opinión pública ideológicamente desarmada, conducida a una nítida distinción entre unos y otros carente de base teórica o doctrinal y fundada en el más elemental rechazo: mutuo e inmediato.

Se afirma con rotundidad que unos partidos son alimentados por el régimen venezolano, mientras otros son obra de una paradójica alianza internacional de populismos nacionalistas, bajo comandancia de Steve Bannon. Indudablemente todo partido político tiene fuentes de financiación y establece vínculos ideológicos con grupos próximos y no está de más señalarlas cuando no son ilegales y abiertamente delictivas. Pronto olvidamos que la financiación de los partidos ha sido en los últimos años la razón más común de la corrupción económica. Lejos de los extremos, han sido precisamente los muy centrados partidos alternantes los que han incurrido masivamente en formas ilegales de financiación y sería ridículo pensar que carecen de compromisos ideológicos con grupos de interés nacionales e internacionales. En cualquier caso, convendría señalar todos los compromisos al respecto. Hecho lo cual, esta crítica externa debiera ir acompañada de una crítica interna de las ideologías que, se supone, que avalan posiciones y programas.

Pero entre nosotros la crítica adquiere de inmediato la forma de un antagonismo de luces y de sombras. Fobias y filias que no admiten matices – imperiofobias frente a imperiofilias en términos de una pretendida controversia académica que ha nacido muerta –. La dialéctica pierde así todo sentido, convirtiéndose en una contradicción formal sin mediaciones entre A y no-A: o conmigo o contra mí. Indudablemente hay que alinearse a la hora de establecer los términos de partida del debate, pero asumiendo el riesgo de que la discusión conmueva esas posiciones iniciales. Ortega decía que el tonto es vitalicio y sin poros: inconmovible. No vale la pena discutir con el tonto porque es hermético a toda razón. Es cierto que puede figurarse la forma de estupidez opuesta: la del que muda de opinión a la menor presión y con el que tampoco es posible la discusión porque adopta de inmediato la posición del antagonista. Entre nosotros la tontería más abundante es del primer tipo.

Hay una vieja virtud, cuya filiación cristiana parece evidente, que consiste en reconocer una distancia esencial entre la persona y su posición ideológica. Respetar a la persona supone discutir sus ideas, pero manteniendo esa distancia. Gilbert Chesterton decía que jamás pudo odiar otra cosa que no fuera una idea. Entre nosotros, en el auténtico naufragio ideológico en que nos hundimos, la oposición pretendidamente ideológica esconde únicamente odios sin matices. España, una vez más, parece desesperada.

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