15 de noviembre de 2019, 16:58:05
Opinion

MENÚ DE POBRE


Los prodigios sobrenaturales de Marta Fermín

Diego Medrano


Nadie habla de ello. Nadie quiere hablar de ello. ¿Cuántas ferias de arte hay en España? Las gordas son conocidas: Arco, Art Madrid, Just Madrid, Hybrid Art Fair, Flecha, Sam, Drawing Room, Urvanity, Madrid Design Festival, Almodena, etc. Sobre la más internacional (Arco): ¿Es cierto que el grueso de sus compradores son siempre latinoamericanos, en pase privado, guiados por la facilidad del idioma, días antes de abrir sus puertas al pueblo español? ¿Es cierto que galeristas de renombre en España, conocidísimos, riquísimos, barrio capitalino de Salamanca y aledaños, cerraron sus puertas cuando cesó la compra institucional y ya no había nada que vender a las miles de comunidades autónomas, cada una en su estado de pitiminí, que buscaban la firma de prestigio sin tener ni idea del paño y apenas sabiendo teclear un nombre en google que trajese algo de gloria a su terruño? ¿Pasa igual con editores de libros y ferias? Hace poco, a este respecto último, me decía un editor: “El negocio de los libros no es hoy el de los lectores, sino el de los escritores, todos aquellos que pagan lo que sea por publicar y su vanidad no conoce caídas”. Tiradas de risa, en digital y no offset, y pufo manifiesto.

Ferias de doce mil euros, quince mil euros, seis mil euros por stand… ¿Tal vez un negocio para sus propios organizadores sin un euro al otro lado del mostrador? Nadie, nadie habla de ello. El timo diario del arte en España, el mercado del arte que Eduardo Arroyo en todos sus últimos artículos a sábana completa en El País, sí, negaba y se mofaba. Ferias en las que, asunto curioso, el primer dato que se filtra a la opinión pública, da igual si son libros o cuadros, es el de los espectadores, personas que pasaron por allí, cincuenta o cien mil, trescientos mil o un millón, pero jamás el de esos mismos libros o cuadros vendidos, el de las operaciones realizadas, justificando con el auditorio el tinglado al completo. Y puede, en muchas, que no se haya vendido nada, y así todo queda en humo, la gente que pasó por allí que fueron millones, sin contar con los que pasaron siete veces por la puerta, debido a que los baños están fuera y padecen cistitis. Oscurantismo y más oscurantismo, por encima y por debajo del terreno clásico, que es el de siempre: cuántas de esas ferias se hacen con pólvora ajena, con dinero público, en cantidades opacas o negras que nadie trasluce. Hinchar la vaca, engordar la vaca, para venderla mejor: pasaron por aquí cinco millones de personas en media hora.

Marta Fermín es pequeña como acertijo, rubia como el hada del cuento, con los ojos claros o zarcos por donde se mueven y crepitan las olas mejores, muchas americanas bonitas de terciopelo y pantalones vaqueros. Marta Fermín organiza el viernes próximo y durante tres días (14, 15 y 16 de junio) el festival en Oviedo: Alma Gráfica. La edición de arte, el libro de artista, el grabado nacional e internacional, litografías y serigrafías de cuarenta galerías nacionales e internacionales, sesenta profesionales del sector con cita en la ciudad de los Premios Princesa de Asturias. Ese arte pobre del papel, con precios módicos, entre cien euros y tres mil, cada vez más joven, musical, cercano y divertido. Miró, Picasso, Dalí… sería eterna la lista de grabadores para quien eso mismo, la obra de arte sobre papel, seriada y firmada, era mucho más que la prolongación del libro o el boceto previo a un cuadro. Antonio López lo explicó muchas veces: el dibujo es lo más difícil de la pintura, no hay colores ni trampas, el duelo es al natural con el creador, no caben imposturas ni trucos, un mal dibujante será siempre un pésimo pintor. El grabado hoy no conoce fronteras. Galerías en Francia llevan siglos dedicadas al género (la de Jean-Paul Michel a la que tanto quiso llevarme el geómetra plástico asentando en Mallorca Eugenio López: “William Blake & Co”) y aquí hoy, en el lujo mismo del cómic, es preterido por jóvenes fanáticos del papel en ecos nuevos, sofisticados, modernos, tal vez como otra bella cartelería de un arte pobre cada vez más rico.

Ferias asequibles, a precios populares, con cesión de los espacios públicos por parte de los respectivos consistorios, sueldo mínimo y mileurista para los organizadores, sin tasas abusivas a los participantes, toda una seguridad para lo mismo de siempre, que lo gordo de todo evento cultural no quede por el camino, que todo se resuelva a la luz de los mejores taquígrafos, que la carne entre las uñas no sea superior a la del plato. Se lo he preguntado a algún galerista de diversas partes del territorio nacional: “¿Y si en una feria de las importantes, tras haber pagado diez, doce o veinte mil euros, te vas de vacío, sin haber vendido nada?”. La respuesta casi dan ganas de llorar, el timo eterno de la promoción: “Bueno, siempre vale para el currículum, que te hayan seleccionado es ya un premio”. Uno de los nietos de la Duquesa de Alba, con galería en la calle madrileña Doctor Fourquet, Jacobo Fitz-James Stuart, dijo en todas las entrevistas habidas y por haber, sí, que pretendía centrarse en un cliente de mil euros por obra, precios al cabo de la calle, sin estridencias ni sueños. Mucho del dinero de las ferias –es mi sospecha- es el negocio mismo de timar a los que en ellas participan y así la zanahoria delante del burro ingenuo adopta las mil y una formas grotescas y cubistas.

Alma Gráfica lleva tan solo tres ediciones, tres años, en una ciudad de doscientos y pico mil habitantes, cada vez más contentos con los resultados. Marta Fermín tiene la fuerza del obrero, ajena a castillos en el aire, siempre emprendedora. El director de cine David Trueba lo decía hace poco: “Los emprendedores hoy son el precariado disfrazado de entusiasmo”. Luis María Anson lo repite siempre: “Un joven escritor hoy tiene que estar dispuesto a morirse de hambre, sin perder su condición, diciéndose cada mañana que debe ser eso, mero obrero de las palabras”. Miguel Ángel Aguilar lo dijo el otro día cuando le echaron de El País: “El director de un periódico es el soberano de todos los textos que en él se publican, el periodista está de prestado, como el obrero en el andamio, que no es suyo sino de la constructora”. En estas coordenadas de andamios, obreros, mucho trabajo personal, alma y pasión por lo que uno hace, meritoriaje ajeno a lucros privados, nace la iniciativa de Marta Fermín con tres años de vida y mucha gente al otro lado del charco que coge un barquito para venir a ella. Me gustan las ferias honestas, donde lo popular es tal debido a su cercanía inmediata, donde ninguna oscuridad rara sirve de prestigio o coartada, y toda la información encaja con la misma que puede encontrarse vía teléfono móvil, sin fábulas ni hechizos.

Viajen este próximo fin de semana, rumbo a Oviedo, destino a la sonrisa de Marta Fermín, obrera de pico y pala en el sindicato de la belleza igualitaria para todo aquel que trabaja y quiere más un hogar que una vivienda. El papel –pese a sus muchos asesinos, nostálgicos de su desaparición y profetas de su vuelta- sigue en el mismo prestigio de siempre. El arte menor, lo que pensamos arte menor, en cuanto damos unos pasos atrás y cogemos perspectiva, panorámica, no es tal cuanto bello mosaico. Jamás he creído en las piezas menores en cualquier carrera artística y, las que contemplamos como tales, acaban siendo la bisagra o puerta hacia lo más conocido de determinado autor, siempre pasa. El mundo del grabado, los jóvenes con greñas manejando tórculos, las obras numeradas y que se planean no solo enmarcar sino también meter dentro de libros y páginas secretas, nos lleva a un grado muy exquisito y violento de radiante juventud. Marta Fermín es todavía más rubia dentro de la feria que fuera. Arte, sí, no solo para un público sino también para un pueblo, porque puede pagarlo, y hay en él una sinceridad mayor que en todas las mentiras diarias de la prensa escrita, donde siempre se nos oculta entre los dedos negros de tinta por su chapapote los intereses comerciales, los intereses superiores, que hay detrás de ciertas operaciones plásticas extrañas. Me lo decía hace poco un ingeniero de estas mafias: “Lo que quiere todo gran empresario es fabricar un artista, que es facilísimo, un bluf más sin mucho esfuerzo, ríos de tinta pagados y mucha foto a página completa, pero que muera joven, preferiblemente, para multiplicar por mil todo lo invertido”. Hay una garantía para salir ileso de semejante patraña –aventuro- que es y fue la de siempre: poner en interrogante o cuarentena a los intermediarios de ese mismo lujo o bluf con aires de embeleco. La materia prima, cuanto menos intermediarios tenga a su alrededor, es más verdadera y valiosa. Felicidades, Marta Fermín.

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