17 de noviembre de 2019, 5:57:21
Los Lunes de El Imparcial

Novela


José Avello: Jugadores de billar


Trea. Gijón, 2018. 548 páginas. 25 €

Por Concha D’Olhaberriague


Antes de entrar en materia con la recensión literaria, me parece oportuno mencionar sucintamente la mala ventura que tuvo esta gran novela de José Avello Flórez (Cangas del Narcea, 1943-Madrid, 2015), finalista del Nacional de Literatura en el 2002, ganadora del premio de narrativa Gómez de la Serna el mismo año y del de la crítica de Asturias el 2001. Editada por Alfaguara en 2001, la obra fue orillada y desatendida luego, quién sabe por qué, a despecho de las críticas muy elogiosas que recibió por parte de varios autores de fuste.

En la reciente presentación de la nueva edición de las dos novelas de José Avello, Jugadores de billar y La subversión de Beti García (1984), en la librería Rafael Alberti de Madrid, aludió Isaac Rosa, con muy buen criterio, a otro magnífico escritor escasamente conocido: Miguel Espinosa. Pues bien, gracias a la iniciativa de la editorial asturiana Trea, el lector no apresurado, amante de la literatura exigente, tiene ahora la posibilidad de descubrir esta ambiciosa novela de porte clásico, compuesta y escrita con sumo cuidado, solvencia y brillantez estilística. Previamente, José Avello publicó, en distintas revistas, unos relatos espléndidos, en los que ya se percibe la hondura de su mundo propio y la fuerza y el tono de su escritura envolvente. El primero en ver la luz fue “La confesión”, aparecido en 1973 en Papeles de Son Armadans, de Camilo José Cela.

Dividida en cuatro partes de tamaño distinto, cada una con el nombre de una de las estaciones y un subtítulo, Jugadores de billar es una novela de ritmo moroso, intelectual, psicológica y crítica, de personaje y pasiones, ambientada en la muy singular y literaria ciudad de Oviedo, en especial en torno a la mesa de billar del reservado de un viejo café que ha permanecido ajeno a los aires de modernización. Allí se juntan los cuatro varones protagonistas: Álvaro Atienza, torturado por su físico de contrahecho, Floro Santerbás, gandul, bohemio y presunto escritor, Rodrigo de Almar, homosexual oculto, y el tapado, al que descubriremos en la tercera parte de la novela. Todos, miembros de la clase media alta de la sociedad, dedicados a la docencia universitaria o a vivir del negocio familiar, andan por la cuarentena y son amigos de la infancia o la adolescencia. Hay otros asiduos con un papel muy relevante, como el periodista Manolo Cifuentes, apodado cómicamente Arbeyo, guisante en el habla asturiana, y su mujer Carmina, ecologistas ambos.

El ímpetu que animó a los cuatro amigos antaño, cuando, en tiempos universitarios, editaron la revista Poetas Salvajes, ha caducado sin remedio, y los jugadores bandean su tedio vital y atemperan sus heridas del alma con el alcohol, la cocaína y alguna que otra droga. Pese a todos los desacuerdos y disputas encendidas, con celos e historias amorosas con mujeres que estuvieron emparejadas con uno primero y otro después, en la novela late, con el estilo elíptico y elegante de Avello, un elogio de la amistad y la camaradería y una sincera y perspicaz comprensión de las flaquezas humanas, que puede apreciarse de forma granada en el retrato memorable de Álvaro Atienza, obsesivo, bruto, conmovedor y lleno de matices hasta las últimas líneas de la novela, donde le descubrimos una faceta noble y generosa imprevista.

Con ese quiebro, el autor invita al lector a reconsiderar comportamientos patéticos o desaforados del atormentado Álvaro tales como la escena del llanto en el retrete de la facultad, las fotos compulsivas que toma subrepticiamente a la alumna de su amigo Rodrigo o la manera a lo Falstaff de comer el bocadillo de hígado frío. Además, dicha actitud reparadora del personaje más significativo y potente de la novela, el atribulado Álvaro Atienza, llena de sentido el pasaje de la náusea provocada en él por la confesión de su padre. Dignas de mención son asimismo ciertas escenas eróticas que, a diferencia de las protagonizadas por el sádico y desalmado tío Álvaro, implican a personajes de distinta clase social: los escarceos de Teresa Atienza con el criado marroquí Tahar o los achuchones del inútil Floro y la desenvuelta empleada del negocio familiar.

Si en la indagación psíquica y la amplia temática concéntrica, individual, familiar y social, Jugadores de billar evoca las inolvidables novelas de los mejores escritores decimonónicos, recursos técnicos tales como la voz del narrador en primera persona, interno y externo, que iremos descubriendo en las dos últimas partes, junto con la manera tan sutil de recuperar el pasado y el uso reiterado de la prolepsis son características de la expresión y el estilo destinadas a un lector activo no ingenuo, familiarizado con la novela posterior a las vanguardias. En ocasiones, por exigencias de la verosimilitud literaria, este singular narrador ha de echar mano de informes de terceras personas. A ello hay que añadir que su doble condición de personaje y redactor provoca comentarios muy enjundiosos de sesgo metaliterario.

A través de los personajes, protagonistas, antagonistas y secundarios -complejos y trazados con suma precisión en lo aparente y en el detalle relevante- y de sus frustrantes relaciones interpersonales, el autor, con un distanciamiento escéptico y una ironía contenida, nos introduce en la sociedad española de la democracia aún no asentada, época de la narración. Con el procedimiento de la retrospección, la trama principal se despliega en una subtrama que nos revela las raíces criminales de ciertas fortunas acopiadas por algunos vencedores sin escrúpulos de la Guerra Civil, parientes directos de los protagonistas. Mas los delitos que involucran a familiares cercanos de personajes principales y secundarios de la novela comienzan ya en 1936.

La presencia de la ciudad de Oviedo es muy particular, pues, si bien la mención de calles, el Campo de San Francisco y lugares como la exquisita pastelería Peñalba, algún café y el teatro Campoamor permitiría trazar un itinerario urbano, con todo y con eso, más que realista la mirada del narrador, heraldo del autor implícito, es expresionista y poética; sobre todo, vemos destellos, estampas y ángulos vinculados a los estados de ánimo melancólicos y a escenas de intensidad emocional, con mención de la lluvia, el paisaje de montaña de fondo o la luz de las farolas. Aun así, cómo no, resulta ineludible acordarse de la Vetusta de Clarín, la Pilares de Pérez de Ayala, o la ciudad amodorrada de Nosotros, los Rivero, de Dolores Medio, como ha señalado la crítica.

Madrid e Irlanda constituyen localizaciones secundarias y ocasionales de la trama novelesca que, a partir de las opiniones de los personajes implicados, permiten ampliar y enriquecer la visión crítica y sarcástica del autor acerca de tópicos muy difundidos por la ramplonería política o histórica que prescribe el odio a la capital y la devoción a la cultura prerromana. Por otra parte, la naturaleza abrupta y grandiosa de los acantilados irlandeses y el tiempo tormentoso que realza este paisaje componen un decorado fabuloso, de genuina estirpe romántica, para narrar las trifulcas conyugales del matrimonio Arbeyo de viaje por la hermosa isla al abrigo del Eco Conceyu. Similar raigambre romántica -es difícil concebir una novela de envergadura que no sea algo deudora del romanticismo- cabe atribuir al largo pasaje, inmensamente bello, homenaje, tal vez, al final de Los muertos, de James Joyce, sobre la persistente nevada que cae cuando el narrador recibe, en calidad de personaje, la visita de su amada que llega para comunicarle que lo abandona y se va con su amigo Álvaro “Nevaba en la ciudad cuando a las siete y media de la tarde oí el timbre de la puerta” (pág. 509-516).

El escenario que alumbra la trama central de la novela de José Avello -dijimos anteriormente- es el reservado del Mercurio con su mesa de billar, un juego muy particular, visual y sonoro, con una linealidad engañosa y una geometría que no puede emanciparse del temple del jugador. En el billar los contendientes están muy próximos entre sí, mientras esperan, sujetan el taco como el centinela enristra su arma, han de irse cediendo el puesto y ejecutando, por turno, la ceremonia de la tiza y un movimiento que remeda una reverencia y puede concluir, con suerte, en una carambola, aunque también en un retruque si la bola herida rebota y hiere a la que la hirió. El ambiente en que se desarrollan las partidas propicia la charla e invita a la confidencia. En el reservado del Mercurio se juntaban, cuando había público, no más de doce personas (pág.86).

Mientras se juega, en solitario o en pareja, se puede beber y fumar porque en nada se asemeja este juego, entre cortesano y de bajos fondos, a un deporte saludable al aire libre. Uno de los aciertos del autor es, sin duda, la fuerza simbolista que cobra en la novela -que no podía titularse de otra manera- desde el comienzo, el juego del billar clásico, erigido en metáfora de los lances y litigios del tráfago existencial y de cómo lidiar con la suerte, si se puede: “En el billar, cada tirada es un polígono perfecto y a la vez una intención, un proyecto, el alma de un hombre” (pág. 39); “ […] las bolas están indeleblemente atadas a los hilos del ánimo y no se mueven respetando las estrictas leyes de la dinámica, sino la secreta y variable geometría de las pasiones: obedecen al miedo, a la ambición, a la racanería, a la libertad de espíritu: las bolas son entes morales que premian y castigan las intenciones”(pág. 87).

Resulta muy significativo que, en la última parte de la novela, “Invierno. Nieve sobre la ciudad”, la más breve de las cuatro, el narrador nos informe de que la nueva generación del reservado del Mercurio juega muy mal, y, a su vez, Rodrigo inaugure rumbosamente en su casa una sala de billar. En Jugadores de billar tenemos una de las mejores novelas contemporáneas sobre el alma humana, enraizada en la tradición de los grandes nombres de la literatura universal, compleja, intensa, atractiva, sagaz y profunda, muy recomendable para el lector sosegado.

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