13 de noviembre de 2019, 1:31:33
Editorial

EDITORIAL


Pelea de gallos

EL IMPARCIAL


El filibusterismo de los dirigentes políticos españoles no tiene límites. La formación del Gobierno de la nación y los de, entre otras, las Comunidades Autónomas de Madrid y Murcia todavía están en el aire por los partidismos, los personalismos y las puras y simples torpezas de los candidatos.

La ronda de consultas de Pedro Sánchez, además de repetitiva, empieza a resultar surrealista. Con Pablo Casado, cada día parece llevarse mejor. Sonríen a las cámaras y charlan un rato de sus cuestiones familiares, sus aficiones y los planes veraniegos. La sesión de investidura no les atañe. El presidente en funciones, en cambio, se la tiene jurada a Albert Rivera, quien en lugar de asistir a su llamada se dedica a dar ruedas de Prensa para hablar de los escraches del Día del Orgullo y de su odio numantino a Santiago Abascal. El presidente de Ciudadanos no se sienta con nadie. No se habla con nadie. Pero celebra ruedas de Prensa que tampoco interesan a nadie.

Pablo Iglesias, en cambio, es el hueso duro de roer. Pedro Sánchez contaba de salida con sus 42 escaños, que hoy están tan en el aire como los 66 del PP. El líder de Podemos batalla sin cuartel para meter un pie en el Consejo de Ministros, pero el presidente no quiere verlo ni en el hall de La Moncloa. Su amenaza, bien aliñada por el CIS de Tezanos, está clara: si no hay investidura en julio, habrá nuevas elecciones. Y ahí andan entre gobierno progresista, gobierno de coalición, de colaboración o la cita con las urnas.

Y mientras el Gobierno y el Congreso se encuentran en el limbo, en las Comunidades Autónomas de Madrid y Murcia se repite el guión, pero con distintos protagonistas. Como vaticinábamos en esta sección el pasado día 5, la soberbia de Vox y los melindres de Ciudadanos han frustrado los pactos del centro derecha. Albert Rivera y Santiago Abascal quieren ser los más chulos de la película. Les falta citarse a duelo a las puertas del Saloon. El líder de Vox, no sin razón, exige ser reconocido, quiere reunirse y salir en las fotos. Quiere vender bien sus votos. Regaló al PP y a Ciudadanos el Gobierno de Andalucía y todavía espera que le den las gracias. Albert Rivera está cada día más atrapado en esa presunta equidistancia del centro. Está paralizado. Ni come ni deja comer. Y el pobre Pablo Casado que se lleva bien con todos, que se reúne con todos, que intenta pactar con todos, está a la espera de gobernar en Madrid y Murcia. El líder del PP, en efecto, es el único que por ahora se salva de los cambalaches políticos, de los reproches, de las amenazas cruzadas. Porque la situación política española ya no se parece a una partida de póker. Como mucho, a una pelea de gallos.

El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2019   |  www.elimparcial.es