20 de septiembre de 2019, 4:06:50
Opinion

DESDE ULTRAMAR


Paraguas en Hong-Kong, muros de contención en Madrid

Marcos Marín Amezcua


La noticia no puede sernos indiferente: los hongkoneses despliegan paraguas contra sus represores y defienden así de forma notable a su autonomía, pactada a regañadientes entre Londres y Pekín en los acuerdos de traspaso de soberanía materializados en 1997, interponiéndolos por oponerse a una ley de extradición a China, que han derrotado; y mientras oigo en un despacho del noticiario dominical de TVE Internacional que el día de la Marcha del Orgullo Gay madrileña, se han detenido algunos colectivos frente al ayuntamiento matritense apostándose cual muro de contención, haciéndolo contra intentonas de revertir derechos o restringirlos, y que lo hicieron de una manera simbólica, palabras más, palabras menos.

Ambos hechos sin aparente relación entre sí, presuntamente inconexos, se unen o entrecruzan porque suponen justo eso: muros de respuesta para defender derechos, muros que contrastan diametralmente con el muro de odio de Trump, o la barrera israelí de Cisjordania o el deleznable muro levantado por Marruecos en territorio saharaui, que son vergonzantes muros que dividen, muros que agreden, muros que gritan el desprecio por el otro, que cancelan el diálogo, pues nada de que solo son respuesta, sino que son acción violenta y miserable, el manifiesto deseo de apartar y segregar, de impedir acercarse, de no mezclar, de no llevar la paz. Son físicos, impositivos, distintos a los de los proactivos hongkoneses o de los activistas gays en Madrid, que los han plantado simbólicos y reclamantes.

Como muros lo son el Río Grande –el Bravo, como lo llamamos los mexicanos– sin necesidad de edificar nuevos y en cuyo cauce quedaron muertos el padre y la niña salvadoreños, captados en una foto vergonzante de muchas aristas y no de una sola lectura. Lecturas que van desde la necedad de ver paraísos donde dudosamente los hay, migrando, a la negativa yanqui de negociar tratados que favorezcan una migración ordenada, que evite nuevos muertos solo por migrar. ¿Por qué toca a los yanquis, hacerlo? Pues porque a ellos vienen a verlos y aspiran a llegar a su territorio. No se puede decir distinto ni decir bonito, porque ni es distinto ni es bonito y no estamos aquí para ser políticamente correctos. Así de sencillo.

Todo lo mencionado nos conduce de manera rauda y veloz al lenguaje de esos muros: si los hongkoneses o los asistentes a la marcha del orgullo gay en Madrid plantan cara y reclaman para ser arrasados por la arbitrariedad o contra un saber y entender obtuso, cicatero y despreciable, sostenemos sin ser agoreros del desastre, sino reclamantes conscientes, que lo que defienden ganará y es su derecho y ha costado conseguirlo, tanto monta si es una decisión judicial o una decisión política a la que se oponen. Y es importante mencionarlo ante sociedades movilizadas aunque sea de manera fugaz, aunque nos parezcan aletargas y posiblemente lo están en muchos aspectos, pero nos recuerdan que siempre hay sectores alerta que no conceden de manera tan fácil y proceden, por fortuna.

Es importante recalcar esas resistencias, esos reclamos ante la actitud sorda, inconmovible de gobiernos y hasta del gran capital, cuando toca, que privilegian injusticias sociales como la pobreza que orilla a migrar, que lo mismo desatienden reclamos de mejora o conculcan o agreden la defensa de los derechos elementales, que da igual si lo son de minorías o no, ninguneados, escamoteados de mil maneras a los ojos de todos, que igual minimizan fenómenos como el cambio climático o trivializan los justos reclamos de amplios segmentos sociales que ven menguados sus prestaciones laborales o sus más elementales índices de bienestar, estropeados por decisiones económicas de diversa índole, neoliberales y por lo tanto sordas, anodinas y boicoteadoras del derecho al bienestar birlado con discursillos pestilentes de ser beneficios populistas o medidas empobrecedoras, cuando solo se está privilegiando una mayor concentración de riqueza y con desvergüenza supina que deben denucniarse.

Por eso me llama poderosamente la atención las acciones de estos colectivos referidos en mi primer párrafo: porque otorgan visibilidad a su causa, a las arbitrarias medidas que conculcan derechos alcanzados, conquistados, no obtenidos por graciosa concesión y porque su reclamo conduce a nuestro derecho a denunciar prácticas nacidas desde gobernantes o políticos en general o desde cualquier ámbito social que pretenda dañar inexorablemente los más elementales derechos colectivos o individuales y prefieran vernos callados sin alzar la voz, denunciándolos, que exhibiéndolos es primer paso para provocar un cambio en sus miserables procederes.

Y en efecto, esto dicho frente a quienes preferirían que no se produjeran estas denuncias en los medios, que se callaran las tropelías. Tal y como lo expresan y quisieran los priistas mexicanos, que insisten lerdos en que ya no se hable de su corrupto, canallesco y rufianesco proceder desfalcando al Estado mexicano –¡ahhhh, bárbaros! no dejaron ninguna dependencia sin saquear el sexenio anterior, tornándose en ‘ladrón’ un sinónimo de priista– mas eso quisieran: acallar las quejas, pero es imposible por la magnitud de la robadera y sería ridículo y ruin callarnos las que han hecho, máxime cuando se adornan y justifican, cual si no hubieran hecho el papelón que hicieron. Justo merece comunicarse y exaltarse sus sinvergüenzadas, por no ser de recibo el obviarlas. Así que prosígase la denuncia de tales, que es otra manera de protestar y de concienciar sobre su inconveniente regreso al gobierno. El error de 2012 de haber permitido su regreso –ilegal, pues violentaron la legislación electoral– nos está costando carísimo al dejar un país en la inopia, defraudado, por su pillaje y raterías sin límite. Y se hacen los ofendidos.

Denuncias permanentes que son como paraguas, como esas otras marchas, echando mano de lo que hay; paraguas que son como los claveles de los lisboetas del 74, así que no cedamos a los embates de sectores que miran hacia otro lado y cómodamente solo se atrincheran en su conservadurismo, en su acomodaticia manera de ver la vida, en la malversación que les prodiga tantas satisfacciones, de moral selectiva y desvergonzado reclamo solo cuando les conviene. Alzar la voz por justa causa es lo procedente contra tanta misérrima actitud.

Y así también al dialogar o efectuar planteamientos políticos. La sordera del otro y su poca inteligencia, chirrían. Su agresiva reacción debe rechazarse puntualmente. No será vociferando ni de manera atrabancada, como han de defenderse las ideas.

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