10 de diciembre de 2019, 22:46:05
Opinion

DESDE ULTRAMAR


Cambio climático ¿cambio de hábitos?

Marcos Marín Amezcua


Como no los hagamos, la tenemos cruda.

Parafraseando a Carlos Marx y sus primeras palabras en su Manifiesto del Partido Comunista: un fantasma recorre el mundo: el cambio climático. Lo que no está claro es si consigue unir fuerzas en su contra, de manera unísona y con rumbo. Nada claro. El cambio climático pasó de ser taquillera película hollywoodense de ciencia ficción lejana a una realidad doliente y altamente preocupante, que aún se niega desde altas esferas del poder, negándonos un bienestar ambiental; en tanto nos debatimos entre ser la utópica ciudad jardín o el colapso planetario; y que nos advierte que allí está cancelándonos la salud y la seguridad, aunque el derecho al medio ambiente lo elevemos a la rimbombante categoría de Derecho Humano y sus estragos están acelerándose, porque esa es otra: tardaría en llegar y no, parece que tiene prisa en cruzarnos la cara con un bofetón de esos inolvidables.

¿Qué nos cargamos las abejas? Como a tantas especies ya, que a saber hasta dónde ya se haya roto la cadena alimenticia, mientras la depredadora raza humana hace de las suyas, implacable. Que hasta Su Santidad el Papa declare que la cosa va de emergencias, presume que en el Cielo algo le habrán avisado. Pues a temblar y a preocuparnos, que no hay mejor antesala para entonces, ocuparnos.

Hace tiempo que por mi casa rondan los zanates, aves de tierra caliente que no deberían de deambular por esos pagos. Sus graznidos los delatan. La temperatura del planeta aumenta en grados suficientes para mostrarnos cómo se desgajan los glaciares de la Antártica, cómo se derrite la nieve alpina y se esfuma el hielo de Groenlandia a paso veloz, en tanto que contribuimos a que la cosa empeore cuando nos enteramos que arrojar fertilizantes al océano ha provocado que el sargazo se alimente de tales y crezca en cantidades tales que, cual plaga pestilente impacta ya en playas caribeñas, arruinando o contribuyendo a que ocurra, la industria turística de la zona, incluyendo sensiblemente a la mexicana, que puede afectarla de una manera irremediable, como si necesitáramos más apuros nacionales.

En esta batahola de malas noticias, que me parece más una moda difundirlas a diario de una manera irrefrenable y no sé si por machaconas, consigan cambiar nuestra actitud ante tan escabroso tema, que un día sí y otro también se suceden sin cesar; nos provoca ver a los osos polares buscando alimento lejos de su hábitat y ver cómo arrecian los huracanes y las simples granizadas que son ya pedradas del cielo que, si usted es creyente, pregúntese si no estará de malas que ya se las tome como advertencias divinas, que eso parecen cual manifestaciones de la ira celestial ante la forma en que consciente e inconscientemente hemos deteriorado al planeta. Y si no cree, pregúntese ¿es que Dios tiene motivos para estar contento? Y eso más las que provocamos de manera directa o se han desatado por nuestro irresponsable actuar que causamos de forma inmediata, como el más reciente escandaloso caso de Grupo México, la poderosa e influyente minera del empresario mexicano Germán Larrea, una empresa impune con al menos 22 antecedentes de alta contaminación, que el pasado 10 de julio ha vertido tres mil metros cúbicos de ácido sulfúrico en el Golfo de California o Mar de Cortés –la segunda biosfera marina del mundo, por su riqueza (y se la están cargando) – sin la pronta actuación ni de la empresa ni de las autoridades y acusando aquella haber sido un accidente. Se la tilda de impunidad, de impedir inspecciones de las autoridades y nos preguntamos cuándo estas corporaciones serán sancionadas de verdad y cual lo merecen. La afectación es comparable a la de la British Petroleum en el Golfo de México en 2010.

No sé si creer que Naciones Unidas haya alertado sobre que el mundo se morirá en 30 años si no remediamos las cosas. Sí considero que debemos de apostar por una mayor cultura ecológica, por cambiar el uso de combustibles y plásticos, pero no como discursos electoreros o de politicastros de quinta, sino como conciencia social, esa nula que ensucia playas y parques en plan de “no me entero”, que incrementa las mascotas defecando en parques y jardines, que no es nada más no levantar las heces o hacerlo; o lavar el espacio ensuciado, sino que es además la contaminación ambiental que tales, generan. Sí, también contribuyen.

Cuando atestiguo la nula civilidad de los paseantes a las playas y en paralelo, las ingentes brigadas que en el nombre de la solidaridad, se han dedicado a limpiar las costas, resuelvo que me opongo a colaborar con ellas y le diré porqué: primero, porque yo no voy tirando basura. Camino lo que haga falta para depositarla donde corresponde; porque dejo mi lugar aseado, porque espero encontrar el mío en esas mismas condiciones, porque repruebo que la gente encochine. Entonces ¿por qué he de limpiar, yo? ¿es que no sería necesaria una megacampaña de concientización? ¿y desde dónde? Porque igual ensucian las playas los propios y sobre todo, los turistas. ¿Será acaso efectivo que una campaña de concienciación se hiciera desde los lugares de origen de los turistas? No lo sé. Mas me niego a recoger lo que yo no tiré. Lo siento, no puedo con eso.

La concienciación al alza contra el desechable de uso único, es cosa razonable y plausible, tanto como no emplear bolsas de plástico o productos de unicel (poliestireno expandido, corchopán o poliexpán) abona en pro del ambiente. Regresar a la utilización de canastos o bolsas de materiales diversos al plástico –acaso no de papel que no redunde en lo mismo o que por proteger una cosa, se descuide otra– suma a la causa ambientalista. Una propuesta ecologista siempre es bienvenida. Sembrar árboles de manera multitudinaria o reducir nuestros desperdicios, contribuye a lo verde. Poseo la edad para recordar cómo pasábamos del envase de vidrio al vil plástico, lo mismo en cremas o medicamentos que en los alimentos. Ahora ya no sabemos qué hacer con tanto plástico, y uno se pregunta ¿cómo pudo ser? ¿dónde surgió el irresponsable y frenético entusiasmo por sustituirlo? En contraste, medidas como adoptar el contenedor marrón, parecen ir más lento de lo requerido.

Porque…empero, las cifras son alarmantes bajo un modelo de desarrollo que, dígase, es capitalista y apuesta al consumo irracional de recursos, cual si fueran eternos y del plástico, que ni se desintegra ni lo reemplazamos como deberíamos, e implica la deforestación, la perdida de activos para la agricultura, la desertificación que acompaña el fenómeno climatológico, los daños profundos al medio ambiente por los combustibles fósiles, los derrames, los bienes que no se regeneran, la contaminación de agua y aire, la generación de desechos interminable y en cantidades francamente industriales, que rebasan su capacidad de descomposición y de asimilación, suman a catástrofe que nos incumbe y apremia.

Hay esperanzas: hace no mucho tiempo vi la Plaza Sésamo, ese Barrio o Calle Sésamo según en donde se halle usted en el mundo hispánico, y observé como puntualiza la conciencia ecológica. Enhorabuena. Las nuevas generaciones merecen recibir el mensaje desde ¡ya!. Recordé al Ecoloco, ese personaje mexicano de la serie infantil Burbujas que ahora celebra 40 años de su lanzamiento, incidiendo en los males ecológicos para despertar conciencias. Ya le digo, todos los esfuerzos valen para ayudar a este maltratado planeta nuestro.

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