20 de noviembre de 2019, 13:43:07
Los Lunes de El Imparcial

Ensayo


Roger Eatwell y Matthew Goodwin: Nacionalpopulismo


Península. Barcelona, 2019, 360 páginas. 20,80 €

Por Alfredo Crespo Alcázar


Los profesores Eatwell y Goodwin nos presentan en Nacionalpopulismo. Porqué está triunfando y de qué forma es un reto para la democracia una obra fundamental para entender un fenómeno complejo, mediático y actual como es el (nacional) populismo. El libro es producto de la línea de investigación en la que ambos autores vienen trabajando en las últimas décadas. Este conocimiento del objeto de estudio, por tanto, les capacita para efectuar una serie de apreciaciones fundamentales con las que eliminan determinados mantras que se han consolidado en el imaginario público. Al respecto, aportan 40 páginas de notas y bibliografía lo que corrobora su rigor científico. En el transcurso de su ensayo, asimismo, evitan el metalenguaje, facilitando la comprensión del contenido que nos transmiten.

En la obra sobresalen dos provocativas afirmaciones. Por un lado, el nacional-populismo no debe entenderse como sinónimo de fascismo. Por otro lado, Eatwell y Goodwin sentencian que el nacional-populismo ha venido para quedarse, entre otras razones porque ha demostrado su capacidad para influir sobre los partidos políticos tradicionales en asuntos de máxima relevancia, por ejemplo la inmigración.

Esta última idea es esencial ya que contradice el optimismo de los progresistas de ambos lados del Atlántico, los cuales han interpretado la victoria del Donald Trump o el Brexit como una pesadilla que pronto finalizará, como si de un fenómeno meramente coyuntural se tratara. Tal forma de pensar, como reflejan Eatwell y Goodwin, se halla muy alejada de la realidad, aunque evita que la socialdemocracia, principal damnificada por la irrupción y consolidación del nacional-populismo, haga autocrítica sobre la agenda de prioridades que ha trazado en los últimos años (multiculturalismo, cambio climático, género…).

En este sentido, los autores recuerdan que 8 millones de electores norteamericanos que habían votado a Barack Obama en 2012 se decantaron por Trump en las presidenciales de 2016 (p. 276). Como el lector recordará, la reacción de la candidata derrotada Hillary Clinton fue menospreciar (e insultar) a quienes otorgaron su confianza al político del partido republicano. Algo parecido sucedió en Reino Unido con el Brexit, entre cuyos adalides primaba la heterogeneidad, es decir, no solo había soberanistas vinculados al partido conservador sino también votantes laboristas tradicionales. Además, entre los partidarios de abandonar la Unión Europea la amenaza a la identidad británica y al grupo nacional pesó más que los riesgos económicos derivados de no formar parte del proyecto de integración europea.

Los nacional-populistas tienen un lado oscuro, subrayan los autores, que en muchas ocasiones se enfatiza en exceso pero plantean cuestiones incómodas y legítimas. La principal de todas ellas es la inmigración y el acceso a los beneficios sociales por parte de los “recién llegados“. Esto en ningún caso les convierte en racistas: Querer una política de inmigración más estricta o que haya menos inmigrantes no es por sí mismo racista. En lugar de verse impulsados por el odio racial, la mayoría de los nacionalpopulistas consideran que tratar de reducir la inmigración o ralentizar el cambio étnico es un intento de detener la disminución del tamaño de su grupo, promover sus intereses y (en su opinión) evitar la destrucción de su cultura y de su identidad” (p. 192).

En este aspecto, Eatwell y Goodwin insisten en cómo los liberales (concepto que se debe interpretar como sinónimo de progresistas) “se niegan a admitir que las inquietudes de los ciudadanos sobre la inmigración y el rápido cambio étnico podrían ser legítimas por derecho propio y que no sólo tienen que ver con el empleo” (p. 289). Esa arrogancia liberal, también reflejada por otros autores como Mark Lilla, se encuentra lejos de desaparecer. Por el contrario, muestra una preferencia por identificar un fenómeno tan complejo como el populismo con sectores sociales concretos (gente sin estudios, parados…), proporcionando explicaciones simples (generalmente asociadas al empleo) con pretensiones de validez universal, lo que les impide apreciar el carácter transversal (cultural y generacional) del fenómeno.

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