7 de diciembre de 2019, 23:55:42
Opinion

DESDE ULTRAMAR


Expolio a México

Marcos Marín Amezcua


La nota resultó indignante: en la casa de subastas Millon, de París, se vendería –y se vendió, pese a la protesta oficial de México– y al mejor postor, en una suerte de impúdica pública almoneda, un lote de arte prehispánico de 120 piezas, 95 de ellas de origen mexicano. Iban piezas de México, de Guatemala, país que sí consiguió que Millon suspendiera la venta de una de tales, lo que despierta la sospecha de la legalidad de su transferencia entre “coleccionistas” y compromete la honorabilidad de la subastadora.

Era ilegal la salida de México de aquellos bienes culturales y eso cuestiona la legalidad de semejante venta, con tufo de ilícita, ante una legislación francesa que no parece alineada a la legislación internacional que protege el tráfico de bienes culturales y eso es lamentable. Y así se trate de tenedores de buena fe. Suponiendo que lo fueran. Para más inri, las autoridades francesas piden a México que acredite de esos actos que pintan a delincuenciales y clandestinos (la sustracción de esas piezas prehispánicas) los detalles y que diga cuándo salieron del país y de qué modo. Fácil, desde luego y dicho con absoluto sarcasmo. México debe acreditar que tales objetos le pertenecen y no los tenedores el acreditar su adquisición, faltaba más.

Nada nuevo. El saqueo permanente del arte y la cultura de los países latinoamericanos y especialmente, el mexicano, con acento en el arte precolombino, es una constante donde participan traficantes, ladronzuelos, supuestos científicos e investigadores, gobiernos, mercachifles charlatanes, compradores de toda laya, saqueadores profesionales y hasta refinadas casas de subastas de postín, dentro y fuera de sus fronteras. Aquellas participan de un verdadero lavado de dinero arqueológico, adecentando el hurto y poniéndolo a la venta ese codiciado botín de turno. Una desvergüenza. Es para responderles con una almohadilla (hashtag):

#nocomprespiezaslatinoamericanaspuespuedenserrobadas

Así, para que lo vea hasta Dios mismo. Sepa usted que en México se han detenido al menos dos subastas, porque las autoridades decomisaron las cosas en venta, de las que no se podían acreditar su legítima propiedad. Nada imposible que no pudiera efectuarse, aunque se trate de París. Porque cierto es que el grotesco negocio de desvalijar patrimonios y de rapiña conducente, ha sido una constante. Mejor suerte corrieron piezas de a una en una, devueltas en 2011 y 15.

Muchas casas de subastas pretextan que los bienes que ponen a la venta, provienen de colecciones privadas, pero lo importante sería preguntarnos cómo se conformaron tales “colecciones” que no legalizan lo robado, cuando lo hay, y saber cómo salieron de sus países de origen (México lo tiene prohibido) y no estaría de más indagar la raíz verdadera de las piezas, que no basta que sean particulares, puesto que no sea que se descubra una verdad más incómoda. Total, por indagar dudo mucho que se le caiga el rococó o el oropel a la afamada y atufada casa subastadora. En cambio, traficar con posible arte robado producto de un verdadero latrocinio, de haberlo, sí que la pone en entredicho y ahí sí que se le caería el rococó y el oropel que la reviste. Lo robado jamás huele a limpio. Podría preguntar a sus clientes: “¿ladrónde salió esta bonita y llamativa obra?”.

Es que, en verdad, muchas piezas arqueológicas o de arte sacro, principalmente, provenientes de Hispanoamérica, son robadas, han permanecido en el mercado negro o sencillamente fueron sustraídas de maneras poco ortodoxas. ¿“Ladrónde” salieron? No todas son obsequios de centurias pasadas a pontífices y emperadores. ¡No, señor! constantemente se da la nota de piezas en recuperación. Saqueos no solo a museos o templos. Exploradores, cazatesoros furtivos, verdaderos cazafortunas y desvalijadores profesionales del patrimonio de nuestros países, abundan y saben de malas artes para apropiarse de lo ajeno, y han lucrado lo indecible y a pocos se les sanciona aquí o allá. Ya no entro en detalles acerca de si más de un museo o fundación europeos o estadounidense –que no se nos olviden los yanquis– debiera o no de devolver parte de su acervo a los países de los que provino, amasado a base de toda clase de acciones. Más de una no necesariamente, legal. Así lo vemos muchos en ultramar, por más que sean museos o instituciones de renombre.

Un ejemplo no solo de la ratería perpetrada a los centros ceremoniales mayas aún no del todo expuestos o no limpiados de la maleza que los cubre, descubiertos en las espesas selvas de la península de Yucatán, consiste en el ingreso de malandros desde Belice para rapiñar su alodio. Y es verdad que tampoco hay la cantidad necesaria de custodios, policías y fuerzas de seguridad en general, que puedan contribuir a perseguir y a impedir estas acciones depredadoras y sin escrúpulos.

Acciones depredadoras que poseen variables tales como la que narra el impresionante saqueo de los tesoros de Chichén Itzá a manos del diplomático yanqui Herbert Edward Thomson, que sustrajo ingentes cantidades de objetos –se calcula que unos 30 mil– que pararon en Harvard y en la excelsa Fundación Peabody, al adquirir la hacienda de Chiche Itzá y desde allí sacar raja cuando esas piezas apenas eran valoradas y la ley no era tan estricta en su tratamiento. Aunque luego nos los pinten muy legales a los yanquis, pues el atraco pudo no producirse con un poco más de respeto al patrimonio de un país que le era ajeno. ¡Ja! ¿conducirse legales los yanquis?... y menos en estas tierras.

Por supuesto que se suma a este panorama, el desprecio o el poco valor concedido a más de una pieza precolombina y, por ende, ignorantes que somos, por unos cuantos pesos a precio de ganga se suelta lo que no se debe ni aquilata debidamente. También hay el registro del robo del arte sacro de los siglos XVI, XVII y XVIII, que vale millonadas. De iglesias alejadas, expuestas. Se sustraen las piezas sagradas –imágenes y estatuas, sobre todo– y es un verdadero calvario el recuperarlas. Es un pillaje a hurtadillas que se ha incrementado en un 600% en lo que va del siglo. El saqueamiento de archivos coloniales, muchos resguardados en las universidades estadounidenses y cuyo transitar hacia ellas no siempre fue precisamente pulcro, ha sido otra de las bajas en el patrimonio histórico de México. Meses atrás, de Italia se consiguió la devolución de 594 exvotos, sustraídos de México de manera ilegal. No hace tanto en 2018, Alemania devolvió dos piezas de la antiquísima cultura olmeca, la cultura precortesiana madre del territorio mexicano. Solo dos de las 691 piezas que se quedó un fulano de apellido Patterson, que las expuso inclusive, en Santiago de Compostela en 1998. El litigo para recuperarlas tomó una década, poniendo el acento en que fueron exportadas de forma ilegal desde México. Antes diga que resguardamos la colección Stavenhagen, en la torre de Tlatelolco, a perderla también si nos descuidábamos.

Es un contar y no acabar, ya se ve. Y la venta impune aparece por doquier. Física o en línea. Sea en París o en donde sea. Igual hace unos días se subastaba un interesante biombo dieciochesco que ilustra la escena clásica de la conquista de México-Tenochtitlan, convocatoria a la que no concurrió nadie, acaso porque se haría valer la ley mexicana que impediría sustraerlo del territorio nacional. Tal vez.

Así pues, que lo sepan las atildadas y perfumadas casas de subastas, por encumbradas y decentes que lo parezcan: hay tratados internacionales que protegen el patrimonio cultural, cuyo saqueo devastador no debe de quedar impune y las obliga colegiada y no coludidamente, en la tarea de verificar la viabilidad de una compra-venta de piezas de notable valor cultural de dudoso origen. Denunciarlo así es lo mínimo que debe de hacerse y es por donde se puede empezar. Reprobar ese comercio majadero del patrimonio histórico de cualquier país, es lo conducente.

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