30 de mayo de 2020, 21:15:39
Opinión

TRIBUNA


¡Qué medio país!

Jesús Carasa Moreno


Oigo, a todas horas, exclamar, ¡que país!, como muestra de decepción, pena y fatalismo ante hechos o manifestaciones con los que se está en profundo desacuerdo. Mi primera consideración, ante lo copioso de estas exclamaciones, es que hay dos partes muy numerosas de la población, una, cuya actividad alarma y escandaliza, frecuentemente, a la otra, que desaprueba lo, a su parecer, penoso o estrambótico de esas actitudes, por lo que estamos, ya, me parece, ante las dos Españas de las que venimos hablando eternamente.

¿Y cuales son las características de esa parte de nuestro país que suscita esas exclamaciones en la otra media?. Sin duda, la de mas relieve, es el derrotismo, esa enfermedad que ha infestado a España entera y que se manifiesta por ese morboso regodeo que sienten, o dicen sentir, ante acontecimientos, presentes o pasados, que van en menosprecio del propio país y en los que les gusta escarbar para escandalizar y desazonar a la otra parte.

Y dan en la diana porque, en la otra, la enfermedad se manifiesta, precisamente, al darse por aludidos y sentirse ofendidos cuando, en su opinión, son ellos los que meten el hombro para que este país sea y haya sido, envidiado y admirado por muchos.

Una mitad exaspera a la otra con su interpretación de nuestra historia del siglo XX y XXI restregándole la culpa de nuestros, en su opinión, múltiples y continuos errores, resaltando que, según ellos, somos incapaces de imitar, a nuestros vecinos europeos, a los que proclaman modelos de demócratas, pasando por alto, que ya es pasar, sus dictaduras, sus tiranías, su xenofobia, su arrogancia, los Goulags, los Campos de exterminio y sus tres guerras mundiales, si contamos la fria.

Mi polémica tesis es que esa parte de España, revoltosa y aparéntemente negativa es, a pesar de sus acciones de rémora y parasitismo, quién lo diría, menos pesimista que la otra. Se comporta, eso si, frívolamente, como un adolescente ante su padre, le escandaliza, le inquieta, elude sus obligaciones, se enfrenta a él y le desobedece, pero confía, ciegamente, en él y sabe que estará siempre, a sus espaldas para sacarle las castañas del fuego. Mientras, la otra vive en continua zozobra y sobresalto pues tiene conciencia de la dificultad de conseguir el bienestar y mantener lo logrado.

Los españoles compaginan muy bien el placer y el trabajo; pero algunos creen que la fórmula, a aplicar, es reservarse el placer para ellos y el trabajo para los otros.

Total que, unos por unas razones y otros por otras, entonan a coro el ¡Que país!.Y todos generalizan, que es la manifestación mas evidente de la enfermedad derrotista. No se entenderán, nunca, pues una parte habla en prosa y la otra en verso, unos son los Quijotes que no quieren ver la realidad sino sus sueños y otros son los Sanchos que tienen siempre presente los palos, que esa realidad da, cuando se le vuelve la espalda.

Esta situación, en que los conductores del carro del bienestar común, no se ponen de acuerdo en la dirección en que hay que llevarlo, ni en quien ha de empujarlo, tiene su origen o radical incremento, en mi opinión, en los acontecimientos de Mayo del 68 y afecta a todo el Mundo Occidental.

Ese movimiento de rebeldía, que sorprendió a los sindicatos y al gobierno del General de Gaulle, porque, a pesar de su fuerza, carecía de las acostumbradas reivindicaciones laborales y económicas, traía, en su interior, un plausible impulso de modernización de las anquilosadas costumbres sociales, objetivo que consiguió con creces; pero, con el tiempo, se ha hecho evidente que, como se dice ahora, “se pasó de frenada” y fue dejando al descubierto la gran carga de frivolidad y comportamiento adolescente, que le acompañaba y que ha desembocado en la paralizante sociedad de lo “politicamentecorrecto” que tiene como secuela y hasta se puede pensar y muchos piensan, como objetivo, el debilitamiento de la sociedad occidental.

Esta sospecha, certeza para muchos, hace que cada día aumente el número de movimientos y partidos políticos que participan, inquietantemente, de esta idea.

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