6 de diciembre de 2019, 12:33:54
Los Lunes de El Imparcial

Dietario


Antonio Pereira: Oficio de Mirar


Pretextos. Valencia, 2019. 328 páginas. 30 €.

Por Francisco Estévez


La recolección hace pocos años de Todos los cuentos de Antonio Pereira (1923-2009) por parte de Siruela asentó de forma canónica la figura del cuentista y su valía fuera de tendencias, escuelas o generaciones como lo que fue, un maestro en narración corta. Así las cosas llega ahora a las mesas de novedades Oficio de Mirar (Andanzas de un cuentista 1970-2000), un pequeño ¿dietario?, discontinuo y disperso como su propia persona (pág. 24) o disipado (pág. 67) y con cosas muy menudas, como para la cachimba algunas, demasiadas, y en esa combustión hubieran prendido mejor que en este hatillo falto de nudo para bien empacar. Cierto es, la brevedad siempre fue para el autor leonés, junto a la ascendencia poética, la marca de agua de su escritura. Pero aquí no se presenta dicha característica con la especial lucidez e intensidad que en sus cuentos.

Las notas empiezan con una pequeña certeza cotidiana de su casa malagueña: lo mejor que puede tener una casa es que haya sol a la hora del desayuno. Los primero años, ya muy lejanos, donde estrenaba cuentos en La Estafeta Literaria, sus intentos de medrar como poeta en la gris España de los años setenta. Fabulosa la anécdota del director del banco que emitió un informe sobre Pereira con la advertencia en rojo de “¡Ojo, POETA!”. Su condición de pequeño empresario y avatares tras el pecunio… Pero, como resulta mal común en el género del dietario, el amarillear que produce ese acido incombustible del tiempo quita lustre a buena cantidad de las notas aquí impresas. Por ejemplo, algunos nombres sonoros en poesía de los años 70 mencionados en varias páginas de los que hoy sólo reluce Antonio Gamoneda. Por cierto, encantador recuerdo del poeta en una celebración literaria con la inevitable “liturgia final del queso y el vino” (pág. 132-133). Son acertadas las alabanzas que menudean el texto, por ejemplo, al chispeante Fernando Quiñones, al malogrado dramaturgo Romero Esteo, a Rafael Pérez Estrada o a Antonio Colinas, de quien afirma no conocer a otro escritor “que llegara tan alto sin hacerse enemigos” (pág. 238). La admiración hacia el crítico “astorgano y universal”, Ricardo Gullón (103, 263) al igual que el “reconocimiento unánime” de crítico de primera a Ricardo Senabre (271). Estas alabanzas se contrapesan con algunos desquites y pequeños ajustes de cuentas. Las habituales filias y fobias de entre las cuales conviene destacar un jocoso pero desalentador desahogo contra las jugarretas editoriales (pág. 183).

Y otras curiosidades como los 300 libros que afirmaba leer al año el editor Abelardo Linares, etcétera. Cotilleo de altura, vaya, que diría George Steiner. Sobresale, de entre todo, la visita a Jorge Luis Borges, con su habitual “coquetería de ciego”. Al igual que, entre lo valioso de estos apuntes se cuentan unos naturales tomados de la calle madrileña, unos “flecos sueltos” como los llama Pereira y con los que nuestro clásico Benito Pérez Galdós tendría para toda una novela mayúscula (pág. 262). Y poco más, la ya clásica expresión, repetida por muchos escritores, de que en Madrid las tertulias no dejaban tiempo para escribir mediados los ochenta, como hoy día las redes sociales, bastaría añadir. El desaliento por la falta de aptitud para el dibujo, que le dolía “como una forma de analfabetismo el no ser capaz de expresarme, ni siquiera mínimamente, con los trazos de un lápiz sobre el papel”.

Aparte de lo señalado arriba, se antojan estos papeles como presunto dietario que proyecta una imagen del Antonio Pereira algo desenfocada y carente del valor que otros le asignan en alguna crítica de incienso hagiográfico.

Libro
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2019   |  www.elimparcial.es