3 de junio de 2020, 7:24:21
Opinión

TRIBUNA


Japón ibérico

Jorge Casesmeiro Roger


Fueron los católicos reinos de Portugal y España los que incorporaron a la Historia al milenario imperio japonés. Comprendemos que dicho así resulte chocante. Pero no veamos en este sintagma del gran historiador nipón Nobuo Muroga intento alguno de provocación u originalidad. Pues el asunto responde a una idea muy clara y sencilla sobre el impacto de la primera globalización o Era de los Descubrimientos.

Una era principiada por Portugal y reimpulsada por España, entonces cabeza de Europa toda. Y por lo tanto una idea que no está de más recordar –tras las recientes embajadas de los reyes de España a Tokio y del Papa de Roma a Nagasaki–, en este inicio del V Centenario de la primera vuelta al mundo (1519-23). Visitas y efeméride que proponemos vincular aquí, para mayor comprensión de su potencial sentido, a la docta síntesis que sobre el particular escribió, durante los años 60 del siglo XX, uno de los más distinguidos profesores de la Universidad Imperial de Kioto, don Nobuo Muroga (1907–1982):

“Es cierto que mediante el estudio de la Historia se puede comprobar el proceso de unificación de los pueblos. Antes de 1492 existían diferentes mundos en nuestro Planeta. Cuando los europeos, capitaneados por los navegantes ibéricos, descubrieron el Nuevo Continente y visitaron las regiones de Asia, el mundo vino a ser uno, como correspondía a la realidad de la superficie de la Tierra”.

Límpida exposición, que concreta Muroga: “Fue gracias a los pueblos íberos, que nosotros los japoneses pudimos entrar en la escena de la Historia del Mundo, y siempre tenemos presente el papel excepcionalmente importante que los ibéricos jugaron en la Historia de la Humanidad”.

El texto es tan esclarecedor, tan sobrio en su hermosa erudición, tan demoledoramente sutil, que poco cabe añadir a estas palabras que el académico Dr. Muroga, experto de fama mundial en cartografía oriental antigua, dirigió al más eminente especialista de su tiempo en bibliografía ultramarina, don Carlos Sanz López (1903–1979), en una carta estampada en Kioto el 30 de diciembre de 1964, y cuya copia de su original en lengua inglesa puede consultarse en la Biblioteca Nacional.

Vemos pues, que el inveterado Asia que hoy se levanta empezó a despertar a la moderna humanidad hace quinientos años, cuando aquella “gente fortíssima de Espanha” (Camóes dixit) se apostó en las riberas de Oriente con su imperioso designio de universalidad. Quizá el conocimiento íntegro de este proceso, a través de la Historia fraternalmente considerada, sería un magnífico instrumento de concordia entre las naciones. A Sanz y a Muroga, desde extremos opuestos del mismo meridiano, la fórmula les dio buen resultado: “Amigo doctor Muroga, que Dios nos ayude a comprendernos con las armas de la amistad, que tanto llegan al corazón y dejan intacta la verdad”, respondió Sanz desde Madrid a su querido colega.

El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2020   |  www.elimparcial.es