30 de mayo de 2020, 20:32:16
Opinión

DESDE ULTRAMAR


A vueltas con el soporífero Fukuyama

Marcos Marín Amezcua


Me he reservado estos días de solaz esparcimiento para leer por fin a Fukuyama –¡con treinta años de retraso! figúrese–­ y descubro que se le ha citado por muchas millones de veces sin haberlo leído, con un texto cuyo título de engañabobos – donde la Historia se acabó o algo así– nos advierte que va de hablar de lo que se desconoce. Yo le dejo el enlace e invito a revisarlo. Seré severo en mis juicios a una obra que transcurre entre ser una tomadura de pelo y un baturrillo de verdades de Perogrullo. Su ensayo “El Fin de la Historia y el último hombre” no está para morirse.

Está sobredimensionado. Luego de leerlo, descarté perder más tiempo para chutarme el libro en que derivó el artículo, después de constatar la baja calidad del primer discurso, el que nos ocupa. Fukuyama se presenta como una suerte de sabelotodo que en apariencia domina lo que aborda, y no. Esboza un panorama tan estrambótico y desparpajado en sus planteamientos como su coterráneo, el racista e infumable Huntington. Es una obra bastante mala contando medias verdades –y se brinca las razones de los imperios para actuar, el calibrado balance de poderes, más preocupado en denostar al marxismo – y adelantó conclusiones infundadas y por ello, atropelladas sobre el devenir del Hombre. Craso error. Es decepcionante – por ser un documento prejuicioso y antimarxista, reduccionista, atrapaincautos (y lo hizo)– y es un batidillo de ideas sueltas e inconexas revolviendo churras con merinas; y eso sí, es un escrito que loa y exhibe perfectamente al parroquialismo estadounidense, esa visión cortita que no ve más allá de sí. Es pues, un vendedor de humo. Pobres de los que se tragaron el cuento por tres décadas. Yo, como el perrito de Dorotea, la de Oz, les asevero que aquello era un embuste y no tengo inconveniente en decírselo en esta querida hebdomadaria columna. ¡Basta de engañifas!

¿Atestiguamos el fin de la Historia? Es de lo que menos habla, pasa de prisa. No pudo explicarnos su tesis, suya de él, entiéndase, acerca de tan llamativa sentencia. Se va por los cerros de Úbeda y aterriza en nada. A eso se circunscribe la obra. Apenas puedo explicarme cómo se la encumbró. La respuesta yace en la enfermiza manía de pensar que todo lo yanqui es bueno sin chistar, sin cuestionarlo, sin mirarlo con el necesario ojo crítico. Y a repetirlo como pericos.

Con bravatas e intentonas de ir descubriendo el hilo negro, dice que intenta “responder exhaustivamente a los desafíos del liberalismo promovidos por los chiflados del mundo”. Tanta chabacanería y frivolidad de lenguaje impiden al autor dar respuestas puntuales y concretas. Apela al simplismo.

Termina Fukuyama plasmando algo que como avizor del futuro se queda corto, como análisis de su tiempo es un fracaso y como aporte, es irremediablemente nulo. Lo mismo supone que China cambiará por presiones internas a su sistema político que Rusia (cuando era la URSS y las nombra indistintamente) desechará sus pretensiones protagónicas, a juzgar por advertir que derrotada su ideología marxista, ya nadie ni ella pretenderá hacer de su cultura la vanguardia, como si el estadounidense nunca lo hubiera intentado, como si el imperialismo fuera de otros y no pretendiera con su nacionalismo, imponerse a como de lugar, violando las reglas de ese liberalismo que llamaba triunfante y que hoy como nunca lo intenta Trump. Es lo malo de ser pretensioso diciendo que la Historia llegó a su fin, aunque lo haga Fukuyama a manera de pregunta que no supo responder o lo hizo con tristes balbuceos. Y a ver si Fukuyama sigue aplaudiendo la economía de mercado y que en números China se crece y reta a Estados Unidos, cuando constatamos que van sumergiéndonos en una atroz guerra comercial.

Cosa curiosa la omisión, ya que para Fukuyama solo dos vertientes retaban al liberalismo: el nacionalismo y la tendencias religiosas. Dice que esas dos corrientes crecen bajo gobiernos no representativos –asegura sin pestañear– y no triunfarán por carecer de eje económico. Yerra en ambos diagnósticos al describirlos con su estilo superfluo y prejuiciado, pues no entiende la dinámica mundial tan ajena a la yanqui. Para él, el fundamentalismo religioso es islámico y el nacionalismo, europeo. Qué pifia saber que teniendo un gobierno representativo, los evangélicos extremistas yanquis metomentodo enarbolan un nacionalismo que sí apela a la economía, desmintiendo a Fukuyama que los veía a lo lejos en otras latitudes. ¿O es que el radicalismo religioso yanqui es producto de un gobierno no representativo? Que se ponga de acuerdo porque nos cofunde. No nació después de Fukuyama. Pero el autor mira la paja del ojo ajeno. Se trata de un nacionalismo con ribetes religiosos que sí reta y rompe las reglas del supuesto liberalismo triunfante tan de su agrado, con su abominable America first. Concluyo: Es que se vale abominar a Marx, pero no engañar a la audiencia.

Un triunfo aquel del liberalismo, dígase, que merece valorarse. Si de verdad se produjo con su carga de cultura del plástico dominante, el consumismo depredador, la miseria ahogada en democracia, la ruina ecológica, las crisis económicas cíclicas y su cauda de pobreza sí generada por tales, nos advertirían de mejor no ser tan optimistas como Fukuyama. Menudo triunfo. La supuesta derrota del marxismo –que sigue vigente en muchos países, puesto que hay exponentes como variables posee traería acaso, una nueva época, que estaba por delinearse y que desde luego, no la pergeña el conspicuo expositor, tornándose en un embaucador. Si esa nueva era llegó es la del unilateralismo yanqui y una probable ya segunda Guerra Fría. Se entiende porqué mejor se calló.

Presenciábamos el supuesto fin de la Historia como lucha ideológica, que pomposamente describe diciendo que estamos “en el último paso de la evolución ideológica de la Humanidad”, que es un triunfo ideológico, pero aún no material, como apenas si tartamudea el autor. Y el fin de la Historia es una tesis que hasta eso tiene la ética de no atribuírsela –como lo hacen sus citadores– reconociendo a Hegel la autoría, mientras abomina a Marx que lo releyó y nos acercó a la obra hegeliana; acción que desautoriza su prejuiciada manera de abordar al marxismo, al que niega méritos. Y sí, tibiamente en sus titubeos reconoce que economía y política no van juntas, pero no nos adelanta que el liberalismo capitalista sea eviterno, aunque se equivoca creyendo que Asia lo asume en democracia, obviando partidos y dictadorzuelos regionales. Se engolosina apuntando que asistiremos al empantanamiento del Tercer Mundo como algo no sé si irremediable y determinista, casi casual, y sin atender a las causas. ¡Vaya análisis!

Luego de dar un periplo intelectualoide hablando de Marx, Hegel, Paul Kennedy y hasta Weber –me irrita la intelectualidad faceta por su necedad de seguir invocando a tan superado autor por la realidad misma– y otros, con enjundia y optimismo el multicitado autor refería el triunfo liberal, cuando aún no caía la URSS. Vaya bulo. Así, el capitalismo de democracia liberal triunfó sobre las ideologías totalitarias de izquierda o derecha, dijo. Adelanta que ya no hay naba a debatir, y sí hay consenso sobre los grandes temas (desigualdad o contradicciones y paradojas económicas) que no encuentran salida, aunque reconozca veladamente que no será el liberalismo tan de su agrado el que las consiga. Y no concede a las ideologías de extrema derecha, calificándolas de ser materialismo maximizador de beneficios buscando incentivos materiales, sin explicar cómo sus élites marcan el rumbo. Eso le pasa por denostar la superestructura marxista. Le falta eso y las mentalidades derivadas. Por eso es hueca su tesis. Fukuyama no es certero en sus axiomas. Carece de un hilo conductor para llegar a su veredicto. Uno de su hechura. Para él, la desigualdad proviene de aspectos estructurales heredados, nunca del capitalismo. Provienen de inacciones, no de mentalidades también, advierte, como si de ellas no provinieran las reglas que apuntalan al liberalismo capitalista. Superficial y simplista.

Total, que no nos deje boquiabiertos ni encandilados. Tanta vaguedad y charlatanería por sus silencios merece desenmascararse. Quede hecho. Es cuanto.

El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2020   |  www.elimparcial.es