30 de mayo de 2020, 18:54:41
Opinión

TRIBUNA


Noche de Reyes

Germán Ubillos


Esta noche sé que los Reyes me traen desde el oriente de los sueños tres obsequios pienso que inmerecidos pero que valen tanto como el oro, el incienso y la mirra que hace más de dos mil años pusieron a los pies del Salvador, pues guiados por aquella estrella errante comprendieron en lo más profundo de sus corazones de magos que aquel niño recién nacido al que ofrecían sus más preciados dones era “La Verdad”.

Nunca olvidaré el artículo que José Camón Aznar publicara en una tercera de “A.B.C”. hará cincuenta años y que se titulaba “¿Qué es la verdad?”, la terrible incógnita que Poncio Pilatos se hizo a sí mismo cuando Cristo le dijo que Él era “La verdad”, pero eso solo requeriría otro artículo más profundo.

Los Magos me traen esta noche tres regalos: Una capilla de un convento de monjitas Concepcionistas Franciscanas, capilla pequeña, escondida, luminosa, tierna donde ellas cantan tras unas celosías. Allí, por fin, he encontrado a Jesús tras largos años agobiado y hastiado de tantas pomposas y lujosas iglesias de la acomodada burguesía y de tantas catedrales en piedra marmórea o granítica como he visitado.

El segundo regalo es un pequeño teatro, modesto, entrañable, acogedor, de ciento treinta butacas donde al fin también mi alma de escritor se ha sentido acogida. Esto llena de lágrimas mis ojos, pues una sacerdotisa llamada Paloma me ha alcanzado el corazón, ella y dos acólitos geniales y generosos que se llaman Juan Carlos y Graciela.

El tercer regalo me lo ha ofrecido en su generosidad Javier Martí Corral, Presidente de la “Fundación Excelencia”, sin el cual jamás hubiera tenido acceso al Paraíso, pero ese secreto solo lo sabemos él y yo.

El Paraíso ha sido el Auditorio de Música de Príncipe de Vergara en Madrid, y los ángeles “La Royal Film Concert Orchestra”, integrada por los profesionales de las mejores orquestas europeas cuyos músicos, 90 profesores pertenecientes a la “Fundación Excelentia”, ofrecieron precisamente ayer un concierto de las bandas sonoras de filmes inolvidables.

Dirigida la orquesta por el australiano Kynan Johns, director de la orquesta Rotgers University de New Jersey, e invitado permanente de la orquesta Nacional de China y de la sinfónica de Israel, asistente de Lorin Maazel y de Zubin Metha y formado por Kurt Masus y Ton Koopman, alcanzó el estupor, el anonadamiento y la exaltación de un público enardecido por la ejecución inspirada y perfecta de las bandas sonoras de filmes como “Avatar”, “La Misión”, ”Parque Jurásico”, “La lista de Shindler”, “Indiana Jones y el arca perdida”, o “Supermán, “Cinema Paradiso”, “Titanic, “Harry Potter”, “ Pearl Habor” o “Star Wars”.

J.Williams, J. Horner. Ennio Morricone, H. Zimer o John Barry, interpretados por una orquesta inmensa y genial de inspiración inefable y dirigida por un ser sobrehumano, ya que al final, después de enardecer y admirar al respetable que abarrotaba la inmensa sala, con el público enloquecido, se puso tras repetidos mutis a dar palmas y a cantar con el público transido por una pasión y un placer inenarrable, mientras la inmensa orquesta marchaba sola como un monstruo maravilloso o un arcángel alado que nos transportara al corazón del Edén o quizá del Paraíso.

Siempre imaginé el “Más Allá” como un patio inmenso de ladrillos rojos donde los bienaventurados se aprietan después del Juicio Personal y Universal para contemplar al fondo no solo a Jesús, sino a la Santísima Trinidad reina y señora del Universo, de todo lo creado, de lo visible y de lo invisible, siempre pensé con hondo temor llegar a estar entre esos bienaventurados si bien que pegado a la pared del fundo, último entre los últimos.

Ayer noche, en “A night in paradise” pude escuchar a los cinco más grandes genios de la música del cine interpretados por una orquesta sobrenatural. El alma de nosotros, los afortunados espectadores era lanzada o atravesada por melodías inefables, a través de paisajes jamás hollados ni conocidos, arrastrados por olas de melodías, acordes, y sonidos nunca escuchados por oído humano, cimbreados por rítmicos tam-tanes, por flautas y trompetas que alcanzaban el alma con el recuerdo de filmes como “la Misión” o “Cinema Paradiso”; con el raro e inquietante tema central de “Parque Jurásico”; con la triste balada de “Titanic”; con la marcha gloriosa del filme “Superman” o y finalmente con la apoteosis de “Star Wars”.

Yo sabía que no tenía entradas y que el Párkinson me tiene muy disminuido, pero yo tengo fe en Dios y sabía que me dejaría entrar en su Reino a pesar de mis miserias.

Y así fue que, Javier, el Presidente y solo yo lo sabemos, pues los bienaventurados cuando llegan a ese espacio profundo más allá de la muerte se reconocen, y al final, cuando Kynan Johns levanta la batuta postrera, desmelenado, pletórico y feliz, entre una salva de aplausos que duró posiblemente tres cuartos de hora largas, nos dimos la mano, un apretón de manos que valió tanto como la salvación eterna.
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