25 de mayo de 2020, 22:52:41
Opinión

AL PASO


Tras el brexit: Inglaterra y los demás

Juan José Solozábal


La revista The Economist llama la atención en su último número sobre dos consecuencias del Brexit. En primer lugar, reflexiona sobre el nacionalismo inglés. En realidad el Brexit constituiría una expresión indubitada de este tipo de nacionalismo, que habría existido desde siempre, pues muchos han utilizado England como sinónimo de Britain, como lo hizo George Orwell o el gran historiador J.R. Seeley que tituló su historia del Imperio Británico “La expansión de Inglaterra”. La sinéqdoque tiene algo de lógica pues Inglaterra representa el 84 por ciento de la población del Reino Unido, así como el 80 por ciento de su renta.

Por lo demás parece lúcida la atribución del auge del nacionalismo inglés, cuyo climax habría sido el triunfo del Brexit en Inglaterra, frente a lo que ocurrió en Escocia e Irlanda del Norte, a tres causas o traumas. Primero, la pérdida del Imperio, sentida como despojo de grandeza y poder, asumida en términos irresistiblemente elegíacos. Segundo, el surgimiento de los nacionalismo escocés y galés que se apoderó de los parlamentos de las pequeñas naciones y que planteó la cuestión inglesa, a saber, por qué habrían de tener los escoceses y los galeses sus parlamentos y no los ingleses, habrase visto tamaño despilfarro. Pero sobre todo lo que enfureció a los nacionalistas ingleses fue la determinación de Europa de transformarse, más allá de un bloque comercial, en una unión política cuyo propósito era limitar el Parlamento y rebajar la posición del common law británico.

Si se lee bien esta explicación de la crisis territorial británica, lo que resulta es la constatación del fracaso de Inglaterra, al ceder ante los nacionalismos particulares y abrirse a la integración en Europa, renunciando a la soberanía o mostrando una disposición de Inglaterra a compartirla, fuese con las otras naciones británicas o en el escenario europeo. En congruencia con este análisis, lo que la Revista propone como consecuencia del Brexit es, luego de que el partido conservador se deshaga de sus líderes más fanáticos ,como Rees-Mogg, Mark Francois, Cash y otros de su ralea( Curiosamente entre estos extremistas del nacionalismo inglés The Economist no incluye a Borish Johnson, del que, por el contrario, se destaca su capacidad, mientras fue alcalde de Londres, de integrar a las minorías étnicas y sexuales), recuperar el patriotismo británico y proceder a la reforma regional de Inglaterra.

A mi juicio esta fórmula será inoperante. Mejor intentar otro tipo de medidas, así, rectificar la planta territorial del Reino Unido, que debe responder a un federalismo que francamente acepte su pluralismo nacional, estableciendo mecanismos de colaboración entre sus partes, y procediendo a un reparto competencial, fijado en la Constitución según pautas de racionalidad y claridad, otorgando al Tribunal Supremo la resolución de los conflictos entre el centro y las regiones. Ha de renunciarse además a la suspensión de la autonomía por parte del gobierno central y la recuperación de las competencias de los territorios por parte del Parlamento británico de acuerdo con el principio, todavía no disputado, de su soberanía.

En España seguiremos con mucha atención la suerte de la disputa territorial británica y veremos si se imponen las tesis del patriotismo británico o se consuma la implosión del Reino Unido.

La segunda mirada del Economist se pregunta por el impacto de la salida ya no para el Reino Unido sino para la propia Unión. El Reino Unido ha sido ciertamente un socio difícil: llegó tarde, se quejó siempre, y ha sido el primero en marcharse. Pero su contribución ha sido impagable: abanderó la visión liberal de la Unión Europea y fue el baluarte contra el dirigismo. La tesis del Economist es que, aunque ciertamente los británicos siempre dieron la cara, en realidad se limitaron a asumir el liderazgo en políticas discrepantes compartidas por un buen número de países: hablemos de la austeridad presupuestaria, el ejército europeo, la reformulación federalista de la Unión, avanzada en la aventura constituyente de los años 2001 a 2003, o la defensa del mercado libre por los países de la liga nueva hanseática, frente al estatismo francés. La realidad, viene a decir The Economist, es que la unidad europea tiene topes que el ejemplo británico ha representado muy bien, pero que no desaparecerán con su salida, por lo que la importancia de esta, se dice autoindilgentemente, no debe exagerarse. El paso constitucional de Europa se parece más al de un camello que al de un pura sangre: llena de excepciones y acomodaciones: se repare en la moneda, el espacio policial o judicial común, el mantenimiento de un sistema jurídico que no es el de todos, o se piense en las licencias fiscales de algún país como Francia o la situación de los países de Visegrado-Hungría,Polonia, Eslovaquia y la República Checa- con su política migratoria y su laxitud jurídica.

La verdad es que no tiene sentido lamerse las heridas en la grave situación presente, pero parece algo frívola la pretensión de desdramatizar la salida de la Unión de Gran Bretaña (jugar con la broma del semanario designando a Dinamarca como sucesor del Reino Unido en la Unión no parece una buena ocurrencia). Lo más conveniente sería pensar en dedicar un tiempo a reflexionar sobre la actual situación de la Unión, buscando mejorar su comportamiento como eficiente estructura política, y reafirmando su espíritu, de indudable impronta británica, de donde procede en buena parte la idea del rule of law, como comunidad de derecho.

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