31 de mayo de 2020, 2:42:24
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UFC 248. Adesanya se suma a la rareza cubana para seguir reinando entre abucheos

M. Jones

Zhang derrotó a Jędrzejczyk en la de las mejores peleas del año. Retuvo el título del peso paja y, emocionada, llamó a combatir el coronavirus que está asolando a su país.


Dana White prometió superar en 2020 la explosión que la UFC vivió en el pasado año. Su objetivo es batir todos los récords de facturación y expansión internacional que su compañía, de organización y promoción de las artes marciales mixtas (MMA, por sus siglas en inglés), registró en un 2019 para la historia. Y su primer tercio del curso está atestiguando que semejante pretensión está del todo justificada. Tras el pomposo y abrasador regreso al octágono de Conor McGregor y la defensa del legado más complicado que jamás haya enfrentado Jon Jones (con un buen puñado de polémica mediante), este domingo, en la tercera gran cita del calendario, el T-Mobile Arena de Las Vegas se engalanó para acoger el UFC 248, un evento en el que la empresa volvía a poner en juego más de un campeonato.

El interés quedó, por tanto repartido. Eso sí, el cabeza de cartel correspondía, sin duda, a la pelea que desarrollarían Israel Adesanya y Yoel Romero. Se trataba de la pugna entre el defensor del cinturón del peso medio y el eterno aspirante a alcanzar la cima. Una batalla pronosticada como incierta, debido a lo divergente de los estilos y morfología de los dos peleadores en liza. El favorito, que venía de jubilar al legendario Anderson Silva y de arrebatar el título a Robert Whittaker, contaba con la rapidez, astucia y versatilidad como sus aptitudes; mientras que el candidato está considerado como el púgil de anatomía más temible que haya pisado el octágono jamás en ese peso.

En resumen, se detonaría un cruce entre un nigeriano que ambiciona revestir su trayectoria deportiva de un baño icónico -la propia compañía dirigida por White tiene esa expectativa- y un cubano, plata olímpica de 'wrestling' en el 2000, que bien podría estar ante su última bala. El primero, mejor dotado desde el prisma de los fundamentos, competiría desde sus 30 años y un récord invicto (18-0); y el segundo, de 42 años, anhelaría imponer su paleta atronadora -bien en boxeo, bien en el suelo- y revertir la inercia que le había visto perder tres de sus últimas cuatro peleas -dos ante Whittaker- para una marca de 13-4.

(Foto: Instagram: @yoelromeromma)

Romero se sabía en una contrarreloj. Aterrizó en la UFC en 2013 y tuvo que esperar a 2017 para gozar de su único intento de gobierno del peso medio. Lo hizo labrándose una reputación que se ha visto erosionada en este lustro. Explicando cómo se formó bajo el rígido sistema deportivo castrista del que acabó escapando para buscar las delicias del profesionalismo. Y construyendo una experiencia y oficio que no ha acabado de mejorar su arsenal, ciertamente plano desde su estilo libre. Todo lo contrario que Adesanya, llamado a ser la cara de la empresa estadounidense de MMA desde que emergió en febrero de 2018.

El africano se estrenaba como reclamo principal en Las Vegas, cumpliendo un sueño. En pleno despegue de una carrera que ha estado rodeada de halagos. Para él, amén de efectuar la primera defensa de su cinturón, todo se resumía a alimentar el prestigio y la potencialidad que se le presupone. Casi de su advenimiento le ha acompañado la caracterización de peleador distinto, distinguido. Una suerte de Jon 'Bones' Jones no tan precoz. Que, según se ha narrado, competiría sólo contra sus límites en la senda hacia la eternidad en esta disciplina y peso.

Peleó el nigeriano favorecido por su mayor altura (11 centímetros) y rango de golpeo (17 centímetros). Romero tardaría, literalmente, un minuto en moverse. El reto mental estaba servido: el anzuelo pasaba por que su oponente se acercara y entrara en su distancia. El campeón debía decidir. El vacile hierático contagió al africano, pero no picaría. Tres minutos tardarían en abrirse las hostilidades. Entre abucheos, sólo se registraría como respetable un contraataque que cerró el ojo del nigeriano. El caribeño había jugado con el ritmo, había mandado.

El segundo capítulo también se narraría desde la anestesia dictada por el americano, quien usó el miedo de Adesanya a su poder de KO para alternar una combinación. Seguía amordazado el presunto dueño del show. No había pasado de mezclar patadas al cuerpo y a la cabeza, todas sin profundidad. El riesgo de sufrir una contra letal era grande y le amarraba. El respeto mandaría incluso en el tercer asalto. En esos cinco minutos el campeón pudo soltarse más, pero desprovisto de su fluir. Pasada la mitad de la trama, el americano había logrado quemar etapas para llegar con energía al final.

La rareza pensada por Romero noqueó mentalmente a Israel, pero en el cuarto aceleraría. A pesar de ser conocedor de que si el cauce pleno de precauciones se mantenía, retendría el cinturón. Y, por ello, apareció el primer derribo del 'Soldado de Dios'. Sin continuidad, y ese hecho fue amortizado por el defensor del trono con un trabajo erosivo de patadas a las piernas. Con un round por pelear, era un principio absoluto que a Yoel le urgía casi poner a dormir a su contrincante para ganar. Encajó dos derechazos en la táctica conservadora de un Adesanya que se afanaría por achicar. Y nada más ocurrió. Ni rastro del dominio prometido por el campeón, que revalidó por decisión dividida (48-47, 48-47 y 48-46), contagiado del hielo que metió, sin éxito, el cubano. Por todo, el nigeriano añadió una muesca no tan brillante a su currículo. Pero, una muesca más, al fin y al cabo. Condecorado con una sonora desaprobación de un público no acostumbrado a ver una versión tan industrial de un cacareado peleador de dimensión histórica.

Por otro lado, y como aperitivo delicioso, se puso sobre la mesa el cinturón del campeonato del peso paja femenino. La defensora del título, Zhang Weili, se examinaría ante un nombre grueso: Joanna Jędrzejczyk. La china, que lamentó haber tenido que remodelar su plan de preparación debido al coronavirus que la obligó a salir de su país antes de tiempo, sólo había competido en la UFC cuatro veces. Y la polaca es, ni más ni menos, una mujer capaz de sostener su número uno en ese peso durante casi 1.000 días. Una barbaridad que la ha tenido dibujando una dinámica guadianesca en el último par de años -dos victorias y tres derrotas-.

La asiática, de 30 años, viajaba con un récord de 20-1 cimentado en su venenosa armonía de movimientos y pegada. La europea, en su caso, ansiaba reconquistar la que fuera su corona, con 32 años, a partir del eléctrico y bien fundamentado guión que la tenía con una cosecha de 16-3. Sólo la imperial Valentina Shevchenko y la espinosa Rose Namajunas la han hecho besar la lona. Y Weili todavía estaba bajo sospecha, al no haber fiscalizado su rendimiento ante las mencionadas rivales y "sólo" haberse granjeado el cinturón arrasando a Jéssica Andrade (con un nócaut técnico a los 42 segundos-.

(Foto: Instagram: @zhangweilimma)

En este cruce los pronósticos yacían más ajustados. Jędrzejczyk mandó de inicio, manteniéndose lejos para amortizar su mayor rango. Mas, las dos se abandonaron a intercambios de golpes sin amarres, disfrutando del lío que estaban desarrollando de pie. Sin tocar el suelo. Tardó Zhang un asalto y medio en intentar su primer derribo. Se estaba compitiendo desde el estilo más favorable a la polaca, y aunque la campeona china agudizó sus contragolpes, no eludió una patada a la cara y un rodillazo. Había brotado el Muay Thai de Joanna.

En el tercer round el cuerpo a cuerpo se desnudó perjudicial para Weili. La europea lucía más fluida y variada en sus movimientos. No podía la asiática cerrar la distancia para forzar derribos y sembrar en su territorio. Estaba más tocada la favorita, que alcanzó, en todo caso, a cruzar algún zarpazo sólido. El ajustado equilibrio, un tanto suicida, hizo las delicias de la tribuna. La incertidumbre tocaba techo. La tormenta de intercambios duros correspondería con el espectáculo prometido -con un ratio de golpeo muy alto-. Aunque tirara por los aires el plan chino.

Llegaron al asalto final con el cansancio repartido de forma asimétrica. Joanna, con la cara muy castigada -y la frente hinchada-, se conjuró para dar el resto. Las escaramuzas continuadas, sin apagar la intensidad, Se había tejido una de las mejores peleas del año. Con ambas vaciadas por completo de energía, soltando toda su clase siempre en el boxeo. Quedaba todo para la responsabilidad de los jueces. Zhang poseía los golpes más potentes y amontonó más impactos. Y Jędrzejczyk la cara hinchada. La polaca no hizo lo suficiente para merecer el título, pero sí para empatar a la campeona. La china amplió su racha (20 victorias seguidas) con un triunfo de decisión divida (58-56, 58-56 y 58-56). Con el cinturón en su cintura, rompió a llorar por el daño que el coronavirus está causando en su nación.

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