9 de abril de 2020, 16:46:20
Los Lunes de El Imparcial

NOVELA


André Aciman: Variaciones Enigma


Alfaguara. Barcelona, 2020. 320 páginas. 18,90 €. Libro electrónico: 8,54 €.

Por Francisco Estévez


Al olor de la exitosa adaptación cinematográfica y en línea temática con la irregular novela anterior, Llámame por tu nombre, André Aciman plantea en esta el descubrimiento y el deseo sexual en un niño de 12 años atraído por un hombre y la consecuente perturbación de psique, alma y corazón. El primer amor, vaya, marcando huella profunda con cicatriz que se repite y proyectará en el resto de relaciones futuras del protagonista o en palabras del narrador: “El amor, que llega solo una vez en la vida y que después nunca es igual de espontaneo o impulsivo”. El Mediterráneo avistado por enésima vez, con el matiz homo y a la postre bisexual, también narrado ya en literatura (a diferencia de lo que piensan algunos contemporáneos los temas no guardan, en rigor, vital importancia en el arte, sino su tratamiento).

Este libro cuenta en realidad cinco relatos unidos con el muy tenue hilo de Paul, el protagonista, y su quimérica búsqueda de la identidad. Las distintas parejas y escenas trazan imágenes biempensantes que configuran un erotismo dulcificado alejado de la variopinta realidad. Baste pensar en nociones contemporáneas que complejizan el asunto como aquella de “capital erótico”. Aquí el enigma amoroso será tratado narrativamente con tópica benevolencia pastelera: “Sus ojos eran tan claros. No sabía si quería mirarlos o nadar en ellos […] mirarle a los ojos era como asomarse a un abismo escarpado y rocoso que descendiera hasta el verde océano bullente que te atrae y te ordena que no te resistas” y siguientes frases cuyo bochorno permiten no transcribir.

El primer amor de Paul es un misterioso Gianni. En un efectista final de capítulo descubriremos también la homosexualidad del padre de Paul en un triángulo bizarro y semilla simbólica del resto de relaciones. Un segundo capítulo nos lleva a otro momento futuro de desengaño donde narra el espionaje de su pareja femenina adúltera (nunca se explicitan fechas ni edades, para qué, es el cambalache del amor, pensará el autor). Otro capítulo narra la aventura con un compañero de tenis, Manfred, y un arranque de capítulo que no superaría la lectura de manuscritos en la colección literaria “La sonrisa vertical”. No podía faltar una antigua amiga de la universidad, Chloe, para apuntarse a esta fiesta en un reencuentro tardío: “¿Por qué hemos esperado tanto? […] Quizá porque no se ha inventado todavía lo que queremos”. Y, por último, cómo no, el tópico encuentro con una joven escritora, Heidi. Esta breve galería de personajes, mejor decir, fantasmas pues una planicie psicológica tumba la construcción de personajes y sólo deambulan esqueletos hilados por mano autorial errática, definen la vida amorosa de Paul, quien, a pesar de su bisexualidad, queda bordado de puritanismo posmoderno.

Estamos ante bosquejos de historias amorosas, quizá porque el autor piensa que “en el amor pensamos todos como niños”, reduciendo el complejo constructo del sentimiento del amor a una emocionalidad animal, tópico manoseado hasta la náusea. Poco queda aquí de las reflexiones de Stendhal, de la justa síntesis de Ortega y Gasset o las actualizaciones de nuestros contemporáneos, desde los Fragmentos de un discurso amoroso de Roland Barthes al caso del gran Pascal Quignard y su libro infinito, este sí, que es Vida secreta: “Sólo amamos una vez. Y no somos conscientes de la única vez que amamos, porque la estamos descubriendo”. Acaso podría entenderse Variaciones Enigma (no comento el burdo clickbait del título) como la exploración estética de esa frase que azuza nuestros oídos desde los griegos en mil formas. Cabe dudar al respecto. La presunta variación que nos pone delante André Aciman es un pastiche irreverente que diría Terry Eagleton en su posicionamiento frente a la tradición cultural, que alienta esta parodia hueca de la realidad (Jameson), socavando la propia literatura.

Que la pasión no distingue géneros sería la tesis aquí defendida y, otra, que el amor puede pasar por distintas variaciones como la música. En fin, la simpleza llevada al empalago. Por otro lado queda ese subgénero de ultraficción en que desembocan las sinopsis de contraportada: “Un relato sensual y repleto de destellos sobre la posibilidad de descubrimos a través de los demás, de los momentos compartidos y de la intimidad construida de manera conjunta”. Esta novela paraliteraria acaso pueda burlar fugazmente el reloj del confinado pero huyan de ella los lectores exigentes y los otros también.

El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2020   |  www.elimparcial.es