15 de agosto de 2020, 13:43:49
Los Lunes de El Imparcial

Novela


Qiu Miaojin: Apuntes de un cocodrilo


Traducción de Belén Cuadra. Gallo Nero. Madrid, 2020. 248 páginas. 19,50 €.

Por José Pazó Espinosa


Qiu Miaojin (Taiwan, 1969-París, 1995) logró en su corta vida revolucionar las letras modernas escritas en chino. Nacida en una familia acomodada de Taiwan, estudió psicología en la universidad en China, y luego filología francesa en París, donde se suicidó con 26 años, clavándose un cuchillo en el pecho. Dejó detrás dos novelas, Apuntes de un cocodrilo (1994) y Testamento desde Montmartre (1995). La primera se convirtió en un libro de culto entre los jóvenes, que la adoptaron como un himno a su generación, la formada tras la muerte de Chiang Kai-Sheq en 1975, y especialmente tras la eliminación de la ley marcial en 1987. Todo esto produjo una especie de transición a la taiwanesa. La isla, en un estatus ambiguo de independencia y a la vez de dependencia con respecto al gigante continental, vivió una ola de modernidad e influencia extranjera de la que también salió centrifugado, al igual que Qiu Miaojin, el director de cine Ang Lee, con sus películas que, sobre todo al principio de su carrera, indagaban con lucidez y profundidad en aspectos del ser humano tabú en esos momentos, como la homosexualidad y las relaciones de familia.

Apuntes de un cocodrilo narra en primera persona las aventuras y desventuras vitales y sentimentales de una universitaria, Lazi, y de su grupo de amigos y amantes. Estos incluyen su amor fugaz pero imperecedero Shuiling (otra chica), su amante Mengshen (un chico), Chukuang (bisexual), Tuntun y Zhirou (dos amigas y amantes que al final deciden irse con hombres para tener relaciones infelices), Xiaofan (su compañera de piso que duda entre Lazi y un novio que al final la acaba rechazando…), en fin, un lío de personajes. Todos son jóvenes, y su género importa poco, así como su sexo, porque todos se mueven en la duda, la ambigüedad y la búsqueda de una sexualidad esquiva. Pero esta complejidad tampoco importa porque todos ellos están cubiertos por la metáfora del cocodrilo, todos son cocodrilos. ¿Y qué es un cocodrilo? Es un raro o una rara, un chico o chica, un ser humano que no tiene claro ni lo que es ni lo que desea y se resiste a seguir la vía fácil, la establecida. Lo que hoy llamamos queer. Un cocodrilo es un ser enfermo para la sociedad taiwanesa y china de aquellos años, el objeto de estudio por parte de profesores y psicólogos, un ente abocado a la ocultación y los laberintos que la acompañan.

El libro no sigue una secuencia lineal, sino que está escrito a borbotones, de forma bastante experimental, con pinceladas cinematográficas y referencias literarias a Japón, sobre todo a Abe Kobo, el gran patriarca de lo individualmente extraño de las letras niponas. Y, a pesar de los equívocos y la niebla que envuelve el hilo argumental a veces, por debajo se percibe una lucha por intentar definir la pasión y sus formas, y el inevitable fracaso del entusiasmo. Dejaré una cita como epitafio de su lectura y de la vida de la autora: “La ceremonia de la separación es un requisito de la belleza, puesto que la belleza nunca es eterna”. Ahí queda.

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