15 de agosto de 2020, 12:19:08
Opinión

TRIBUNA


¿Hacia un mundo mejor?

Roberto Alifano


Si bien todo es dialéctico y los hechos suceden de manera inapelable con sus correspondientes sorpresas, el mundo que hoy pisamos no es el mundo que hasta hace dos meses vivíamos, y lo que fue ya no es aunque nos empeñemos en negarlo. Una peste ecuménica, que desconoce fronteras y abraza al planeta, nos está haciendo ver la existencia de una manera jamás imaginada. Ahora sabemos (o, mejor dicho, sentimos en carne propia), aunque quizá todavía somos incapaces de asumirlo, que las catástrofes naturales no son el hecho aislado que afecta en un sector del planeta, como puede ser el terremoto de un país ubicado en nuestras antípodas, o un ciclón o un tsunami que se abate sobre unas islas del Caribe; de pronto, de manera impensada, un virus se instala y se expande modificando los hábitos, la relación social y las economías globales.

Si alguien hubiera augurado lo que nos sucede en estos días quizá nos habría causado risa. La explicación de lo enunciado la encuentro sugerida en una sentencia de la Religio medici (1642) de Sir Thomas Browne, que estoy leyendo ahora en la excelente traducción de Javier Marías, durante esta paciente y prolongada cuarentena. Encuentro en una página esta frase, acaso menos filosófica que reveladora: “Todas las cosas son artificiales, porque la naturaleza es el arte de Dios”. Tremenda reflexión. Ahora bien, sustituyamos con todo respeto el nombre de Dios, acaso demasiado comprometido, y usemos, en el sentido que le da Schopenhauer, palabras como voluntad, tenacidad, o vigor, y quedará borrada la oposición natural o artificial. Para dar paso a la incomodidad existencial; es decir, al arduo y complejo momento que desde cada rincón del universo nos involucra a cada uno de nosotros.

La pandemia del Covid-19 supone una emergencia global de un grado incomparablemente superior a todos los vividos por la humanidad, y donde las autoridades internacionales están considerando la ayuda que pueden aportar otras formas de conocimiento más allá del estricto saber biomédico y de las apuestas políticas o económicas. Pero, quizá también puedan ofrecernos al resto algunas enseñanzas que nos permitan afrontar mejor el incierto futuro que nos espera sin distinción. Preparar a la sociedad para lo que viene es, sin duda, una de las etapas más difíciles que le haya sucedido al mundo global desde la Segunda Guerra, y abarcará en este caso lo mental y emocional, atravesados por la tragedia.

En este caso particular el avasallante Covid-19, muestra a las claras que la enfermedad discrimina de diferentes maneras (mata más a los ancianos que a los jóvenes, más a los hombres que a las mujeres, y tiene un impacto desproporcionado sobre los pobres, como siempre los más expuestos y desprotegidos); pero hay algo de lo que no encontré ninguna prueba, y es que la enfermedad discrimine en función de nacionalidades, razas o colores ideológicos. Desde que fue detectada, su presencia no cesó de avanzar. Los gobiernos se centraron en respuestas regionales para proteger a las personas que viven dentro del límite de sus fronteras, aunque su avance es implacable y la única defensa concreta es esquivarlo como se pueda, improvisando lo menos posible, ya que los expertos aparecen tan desconcertados como los legos y tan solo elaboran conjeturas. Los líderes políticos, por su parte, tienen que reconocer también que mientras el Covid-19 siga presente en algún lugar, será un problema nos sólo para sus respectivos países, sino para todo el mundo.

Que yo sepa, a los seres humanos no nos unen sólo los valores sociales y los lazos éticos comunes. También -y mal que nos pese- estamos conectados biológicamente por una red de gérmenes microscópicos que vinculan la salud de una persona a la de las demás. Y en esta pandemia, todos estamos relacionados. Nuestra respuesta también debería estarlo. Sin embargo, vemos con preocupación que la mayoría de los líderes mundiales no están a la altura de las difíciles circunstancias que vive la humanidad y, desde el poder, hacen declaraciones y proceden de un modo temerario cuando no inhumano.

Detener los fondos para la Organización Mundial de la Salud, por ejemplo, durante una crisis mundial de salud es más peligroso de lo que parece debido a que su trabajo está ralentizando la propagación del Covid-19 y si ese trabajo se detiene, ninguna otra organización puede reemplazarla. “El mundo necesita a la OMS ahora más que nunca”, ha dicho el empresario Bill Gates. “Esto sería un golpe fenomenal para el organismo ya que la nación norteamericana es su principal donante.

No obstante, el patético e irascible presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha reaccionado con furia a las razonables acusaciones de las respuestas de su gobierno a la peor epidemia; que, en general, ha sido desordenada y demasiado lenta. Ahora, el retirar su apoyo económico a la OMS, vuelve a jugar con fuego y apremiado por la crisis económica que dispara la situación de coronavirus, empezó en las últimas horas a dar señales contrarias a las recomendaciones de cuarentena de sus médicos y a los ejemplos de lo que sucede en Europa. Al parecer, la intención del jefe de la Casa Blanca, según lo expresado a la cadena Fox, es tomar el camino inverso y reabrir el país para el próximo 20 de abril. Todo esto en un momento en que los Estados Unidos suma ya casi 16.000 muertos y más de 50.000 mil contagiados sólo en Nueva York; cifras que prometen empinarse si es que no hay un cierre mucho más agudo que impida que la enfermedad se siga expandiendo. En este sentido el gobernador neoyorquino insistió que la región es como “el canario en la mina que anuncia el desastre que involucrará a todo el país y, tal vez al mundo más temprano que tarde”.

En nuestra América, Jair Bolsonaro, el discípulo pobre de Trump, acorde a sus endebles antecedentes y queriendo diferenciarse del resto de la región, con su sabida trayectoria política outsider se permitía hacer declaraciones provocativas que no diría ni haría ningún político con aspiraciones de poder. Pero la fenomenal crisis política y económica en la que se sumergió Brasil es probable que sea la razón de sus bravuconadas. El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, menos variable que confuso, ahora que las cifras superan los 6.000 casos, con más de 500 muertos, revisó su posición inicial, que animaba a los mexicanos a ir a comer a restaurantes cuando ya había 300 fallecimientos; ahora les pide a sus compatriotas que se queden en casa. Chile, Perú, Paraguay, la Argentina y otros países de la región mantienen un control sanitario que destruye la economía, pero no avanza en muertes.

En Europa la fuerza del virus impone otras actitudes a sus gobernantes. Conscientes de la gravedad del caso, todos actúan con la correspondiente precaución. Nadie se sale de cauce y hasta el imprevisible Boris Johnson, que en un primer momento se permitió bromear sobre el virus, después de haberlo contraído se ha vuelto tan sumiso como prudente. Portugal, que se anticipó a la pandemia sigue siendo un paradigma digno de mencionar. No sabemos hasta cuándo. En el siglo pasado el filósofo norteamericano Ralph Waldo Emerson observaba que “el mundo le debe al mundo más de que el mundo puede pagar”. Cierto, pero algunos se quedan con la parte del león y los grupos financieros acumular fabulosas fortunas en los paraísos fiscales de Roma, Panamá y otras islas no menos famosas del Caribe.

Hecho este somero repaso, creo que el gran interrogante que nos hacemos todos es de qué forma se superará esta espantosa contingencia y luego qué sucederá el día después, que aún se ve remoto e imprevisible. “La naturaleza es el arte de Dios”; también la voluntad, el entendimiento y la solidaridad pueden sumarse a este hecho estético tan finamente formulado por Sir Thomas Browne. Sería el mejor aporte para construir un mundo mejor y más justo. No se puede concebir que en sociedades modernas, alentadas por la cibernética, haya, como en la Argentina, alimentos para 300 millones de personas y un cuarenta por ciento se encuentre debajo de la línea de pobreza. Algo anda mal, sin duda, sobre todo en la naturaleza humana y quienes tienen la responsabilidad de conducirla y representarla.

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