21 de octubre de 2020, 18:04:53
Deportes

LALIGA MERENGUE


Real Madrid campeón: la batuta de Zidane destronó a Messi

M. Jones

La pizarra del entrenador francés superó a la novedosa falibilidad del seis veces Balón de Oro.


LaLiga 2019-20, condicionada por completo debido al golpe de la pandemia global, dibujó un intenso y comprimido mano a mano por el título entre Real Madrid y Barcelona. Desde la jornada undécima, en la que los capitalinos ascendieron a la segunda plaza, se percibió que éste iba a resultar un campeonato en el que los dos colosos pelearían hasta el final con garantías. En el que los errores se pagarían muy caro. Y así fue, coronándose el escuadrón más regular y compacto. El trofeo y los festejos pertenecerían el mejor colectivo. La mejor individualidad, Lionel Messi, acabaría flaqueando (como Pichichi y máximo asistente, si bien humanizado).

Esta edición liguera que los madridistas han conquistado se destaca, sin lugar a dudas, como la gran obra de Zinedine Zidane. Porque la gloria paladeada con anterioridad por el técnico francés estaba auspiciada por la imperial cosecha goleadora de Cristiano Ronaldo. Sin ese magnético monto, el estratega hubo de repensar su fórmula y adaptarse a los efectivos con los que contó. Disponía de menos puntería de cara al arco rival -con Bale fuera de dinámica y Hazard lesionado de manera sistemática-, así que optó por virar el colorido hacia un rigor táctico sublimado.

El fruto recogido queda desglosado por una estadística esclarecedora. Los merengues fueron el equipo menos goleado de Primera -encajaron menos que el paradigmático Atlético de Diego Pablo Simeone-, Thibaut Courtois -subrayado como estrella- se llevó el trofeo Zamora y a varias jornadas de la conclusión se certificaría una plusmarca histórica. De la plantilla de Chamartín marcarían gol un total de 21 futbolistas, récord nunca visto en LaLiga. La diversificación de esta faceta -sólo quedarían sin diana Militao, Brahim y Odriozola- y el haber dejado la portería propia a cero 18 veces nutrieron la escapada en el liderato.

No perdió este Madrid laborioso, gris y competitivo ante ninguno de los diez primeros clasificados. Ganó a Barcelona y Atlético en el Bernabéu, amén de conquistar San Mamés, Anoeta, el Sánchez Pizjuán, el Coliseum Alfonso Pérez o el Nuevo Los Cármenes. Lejos de florituras y de la calma del que sentencia los duelos antes del cuarto de hora decisivo, Sergio Ramos y Karim Benzema guiarían a sus compañeros a acostumbrarse a caminar sobre el alambre y salir triunfales. Una inercia que se remarcaría cuando se reanudó el balompié tras el confinamiento por el coronavirus.

Desde la jornada 28, en la que se reactivó el fútbol en España, el sistema de Zidane ganaría cinco duelos por un gol de diferencia. Esa tendencia yace alimentada por un incremento considerable del control de los duelos, con un promedio cercano al 60% de la posesión. La profundidad de plantilla madridista permitió al técnico usar mediocampos de cinco piezas, de cuatro o de tres, según pautara la tesitura. Y la política de rotaciones, seria e inalterable -aún más en el hacinamiento de fechas postrero-, respondería ofreciendo resultados e irrupciones un tanto inesperadas.

La variedad de nombres y soluciones buscadas provocó que se asentaran como elementos principales Vinicius, Rodrygo, Fede Valverde o Mendy. El respiro ayudó al renacer de Luka Modric, Kroos, Carvajal, Asensio, Isco y Marcelo. Con Casemiro dando un paso al frente tan grande como Varane y el propio Courtois. Sea como fuere, todo ellos -y los menos utilizados, como Hazard, Mariano, Jovic, James, Brahim, Nacho o Lucas Vázquez- se vaciarían en pos del bien común. Aunque no tuvieran el día en su cortejo del esférico. La concentración en la táctica y la defensa multiplicaría las opciones de entorchado, con la victoria contra el Barça (2-0, goles de Vinicius y Mariano) como emblema de la potencialidad de este exprimido grupo de jugadores.

La normativa aprobada para el regreso del balompié, en la que cabían hasta cinco sustituciones por equipo y partido, estaba llamada a favorecer a Madrid, Barcelona y el resto de grandes. Aquellos que contaran en sus filas con más peones ilustres, que podrían saltar al verde como revulsivos de lujo, partían, en teoría, con ventaja. Pero serían los merengues los que despuntaron, con pleno de victorias, 17 goles a favor y tres en contra. Los catalanes, defensores del título, se atragantarían en este tramo. Entre protestas por la aplicación del VAR, falta de pegada y fricciones de sus vacas sagradas con su entrenador y su presidente.

El bloque azulgrana ha vuelto ser penalizado sobremanera por dos parámetros que arrastra desde el último año de Luis Enrique: su discreto desempeño fuera del Camp Nou y las lagunas de concentración defensiva, que convierten el intento propio de presión en contragolpes ajenos claros. Ambas variables le costaron el despido a Ernesto Valverde, tras salir trasquilado de la Supercopa de España, y le arrebataron la posibilidad de ganar el torneo liguero a Quique Setién, quien se ha encontrado con la desgana de algunas de las figuras del camarín a la hora de acatar su volantazo combinativo y exigente desde lo mental y físico.

El Txingurri y Antoine Griezmann han sido los dos grandes perdedores de este curso en Can Barça. Tanto el técnico como el delantero sufrieron el hielo que media entre Josep Maria Bartomeu y el vestuario. En la enésima corroboración del poder hipertrofiado de los jugadores en el proyecto del club, el galo quedó victimizado ante la voluntad de Messi, Luis Suárez, Piqué y compañía del retorno de Neymar. Perdería el sitio ante el ilusionante Ansu Fati -mejor noticia del ejercicio, al lado de Riqui Puig- y Martin Braithwaite. Y las lesiones de Ousmane Dembelè, Frenkie de Jong y del rematador charrúa tampoco serían de ayuda.

Ni el reclamo de foco ejecutado por Arturo Vidal, Rakitic, Semedo o Lenglet bastaría para que el dibujo no dependiera de los de siempre. Porque Busquets ya no aguanta el eje él solo y la circulación de pelota y la activación tras pérdida no tienen nada que ver con lo que se pretende desde el triple orquestado por 'Lucho', el actual seleccionador español. Así las cosas, Marc Andre Ter Stegen y Lionel Messi hubieron de uniformarse de salvadores, casi domingo tras domingo. Y de ellos, únicamente el portero germano daría la talla con respecto a las celestiales expectativas.

Porque el genio argentino, de 33 años, nunca rindió como acostumbró al socio. Ni en invierno ni después de la cuarentena. Es más, desde que Setién tomó las riendas su producción goleadora cayó a cuando 'La Pulga' tenía 20 años y Frank Rijkaard ocupaba el banquillo azulgrana. El zurdo legendario lleva 20 partidos bajo el mandato del cántabro y se ha quedado seco en trece de ellos, desplomando su ratio de acierto en el golpeo a un insospechado 0,33. La falta de fuelle -síntoma generalizado-, la motivación guadianesca -que se comprueba en sus esfuerzos sin balón- y el descenso de metros para ayudar a la construcción de las jugadas, desde el eje, mezclan para convertirle en un asistente más depurado pero en un goleador terrenal.

La sobrevenida ausencia de gol de Messi dejó a los culés sin la soga a la que aferrarse cuando la anatomía y lo táctico se resquebrajaban. A pesar de disfrutar de cinco sustituciones. Y entre el 19 y el 30 de junio concatenaron tres empates que les apearon del paroxismo. Sus resbalones en el Pizjuán, en Balaídos y en casa ante el Atlético fiscalizaron la altura del rendimiento real de un Barcelona que susurra el cambio de ciclo incluso antes de que se decrete el proceso de elecciones a la presidencia. Con casi 15 goles encajados más que el Madrid y sin su faro resplandeciendo como en los últimos tres lustros, les fue imposible llegar a la orilla. Se jugarán todo a la carta de la Liga de Campeones.

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