21 de enero de 2021, 15:53:57
Los Lunes de El Imparcial

Novela


Arturo Pérez-Reverte: Sidi


Alfaguara. Barcelona, 2019. 376 páginas. 20,90 €. Libro electrónico: 9,99 €. El autor de “Alatriste” nos ofrece una extraordinaria novela, en la que nos presenta la figura del Cid en toda su rica complejidad y la más verosímil entre los acercamientos hasta ahora de la historiografía y la literatura.

Por Rafael Fuentes


Para plasmar una visión propia de Ruy de Vivar, Arturo Pérez-Reverte se ha visto obligado a abrirse camino entre la jungla de leyendas entretejidas con la vida del mítico guerrero desde la Edad Media hasta la historiografía más reciente. Sin embargo, esa profusión, en apariencia inabarcable, de fábulas adheridas a su figura engrosan, por lo general, dos vertientes antagónicas: una la de un Cid idealista guiado por la defensa de la fe cristiana que alcanza victorias casi sobrehumanas contra los musulmanes –poco menos que unos poderes sobrenaturales estilo Marvel le otorgan poemas épicos castellanos y las crónicas de los reinos de taifas islámicos de la Península-, frente al estereotipo opuesto que hace de él un villano traidor sin fe ni conciencia, movido por los más bajos instintos primarios, cuya crueldad solo se sacia infligiendo repugnantes sevicias y sádicas torturas, como preámbulo a un diabólico afán de exterminio. Esta segunda versión, cronológicamente mucho más próxima a nosotros, la inició el holandés Reinhart Dozy, quien eligió al Cid como tema de sus investigaciones porque se trataba del único héroe español de la Edad Media que había obtenido fama europea. Su tarea no era otra que completar la Leyenda Negra antiespañola arremetiendo contra el último ídolo hispano libre aún de descrédito, siendo para él un fiel representante de una nación corrompida, pérfida y cruel. Su tratado sobre el Cid de la realidad constituye una auténtica novela gótica parapetada tras un intrincado aparato erudito. Prueba, por cierto, de que la erudición por sí misma no es un conducto infalible para llegar a la verdad, pues su material se deja ordenar fácilmente a favor de un relato y el contrario. Una segunda versión está del Cid que no es exclusivamente foránea, pues el prestigio acomplejado ante sabios extranjeros hizo que una falsificación de tal calibre se interiorizase y fuese adoptada como propia por autores españoles. Sirva como ejemplo esta valoración del académico Antonio Ballesteros: “Un enemigo de su patria, un violador de iglesias, cruel, perjuro, un mercenario, una especie de condottiero del siglo XI, ansioso de gloria y botín”. El perfil de un villano de folletín.

En definitiva, esta propensión a emplear los datos eruditos al servicio de una narración imaginaria, es la que empuja a los estudios históricos sobre el Cid a inclinarse o bien más a favor de la “leyenda dorada” idealista, o bien, por el contrario, a escorarse en beneficio de su antagónica “leyenda negra”. Dada esta situación, quizá resulte más productivo acercarse al personaje, sin embozos, desde la creatividad y la ficción. Es decir, imaginar a la persona Ruy Díaz de Vivar, con todo ese carácter tentativo que siempre lleva consigo el propósito de comprender al otro, incluso cuando esté próximo a nosotros. La ficción, utilizada con altas dosis de empatía en la comprensión del prójimo, a veces nos acerca mucho más a la verdad humana que todas esas leyendas emboscadas tras infinitos datos eruditos. Por esta vía, Sidi nos coloca ante uno de los Díaz de Vivar más verosímiles que nos ha entregado tanto la historiografía como la literatura, y sin duda tan alejado de la “leyenda dorada” del caudillo de la cristiandad como de la “leyenda negra” del desalmado criminal.

Pérez-Reverte se aproxima al Cid victorioso de una forma gradual, dividiendo su novela en cuatro centros de atención que poseen su propia estructura dentro del relato. El primero, “La cabalgada”, nos hace ver, en acción, las circunstancias históricas de la frontera en litigio entre los reinos cristianos y musulmanes a finales del siglo XI, tras la entrada en la Península de los almorávides, y las cualidades psicológicas de Rodrigo Díaz frente a su mesnada incipiente. Un núcleo distinto lo constituye “La ciudad”, donde contemplamos al jefe militar fuera de su circunstancia: la pelea en la frontera, ahora rudo y desvalido ante las sutilezas de las cortes medievales, soportando cuantas humillaciones sean necesarias para reunir todos los recursos necesarios para impulsar sus proyectos. En “La batalla” observamos cómo se forja y actúa el primer ejército permanente profesionalizado medieval bajo sus directrices, en una época donde lo habitual era encontrarse ante tropas improvisadas por agregación. El cuarto y último foco de la narración, más breve pero tan importante o más que los anteriores, “La espada”, explora de qué modo el futuro Campeador gestiona emocionalmente la primera victoria de ese ejército recién creado. Después se sucederán los restantes éxitos y trofeos que darán pie a fantasías legendarias siglo tras siglo, pero esta novela de Pérez-Reverte lo deja fuera de forma deliberada.

Quizás algunos lectores perciban el primer núcleo del relato, “La cabalgada”, como un posible homenaje a la fórmula cinematográfica de aquellos wésterns donde un puñado de colonos armados persigue a los guerreros de una tribu india que en una larga incursión saquea, incendia y siembra de cadáveres los ranchos dispersos por las praderas, al estilo de la extraordinaria cinta de John Ford The Searchers, traducida unas veces como Centauros del desierto y otras como Más corazón que odio. Pérez-Reverte nos muestra, en efecto, a la pequeña mesnada de Rodrigo Díaz de Vivar cuando ha sido contratada por los burgueses de una ciudad cristiana para dar caza a una aceifa musulmana que ha cruzado la difusa línea fronteriza y está asaltando a sangre y fuego a los desperdigados campesinos, indefensos ante la rapiña y el crimen de los atacantes. Aunque pudiera existir aquí un cierto homenaje cinéfilo, la verdad es que este planteamiento inicial representa mucho más una reivindicación. La filmografía de los wésterns norteamericanos se sustenta en los principios que el historiador Frederick Jackson Turner resumió en su ensayo El significado de la frontera en la historia americana. La tesis es que la población del nuevo país, con inmigrantes de las procedencias más dispares, adquiría un carácter nacional común a través de su experiencia de la frontera. En ella estaba el reto, la superación del miedo, la audacia, la austeridad y la durísima perseverancia, la defensa personal a vida o muerte, la creación de una personalidad osada, que unificaba a los expatriados de las más diversas naciones en una nueva identidad nacional norteamericana. La mitología del wéstern solo divulgaba para las masas ese culto a la frontera.

Frente a ello, historiadores españoles como Américo Castro reivindicaron que el verdadero “efecto de la frontera” de la época moderna se dio en la Península Ibérica, en su pulso con la beligerancia islámica, fraguando durante siglos un carácter hispano intrépido, firme ante la adversidad, parco y conciso, reconciliado con la escasez de recursos, indomable frente a fuerzas superiores, estimulado ante desafíos en apariencia invencibles. Cualidades estratégicas al inicio de la era moderna, cuando retaron con sus naves lo que los demás consideraban el final infranqueable de la Tierra. De hecho, la mitología del vaquero norteamericano se configura gracias a una rápida apropiación de la personalidad del héroe hispano, pergeñada en sus inicios por los historiadores romanos frente a las tribus íberas, fraguada en una frontera de siglos en la Península Ibérica medieval, acrecentada hasta dimensiones colosales por los viajeros que circunvalaron el orbe terrestre y derribaron imperios indígenas en tierras americanas, y que continuaron suscitando admiración con los astrosos guerrilleros que pusieron en jaque a las tropas napoleónicas. Toda esa épica -que la cinematografía española jamás ha sabido comprender-, fue fagocitada y transfigurada por la gran pantalla norteamericana bajo el disfraz de tela vaquera y sombrero de cowboy. Con Sidi, esa peripecia fronteriza retorna a sus primitivos orígenes, en una reivindicación de su auténtico punto de partida.

La capacidad de conducción de Rodrigo Díaz sobre su mesnada inicial, de unos doscientos jinetes, no se sustenta en ningún idealismo ideológico, y menos aún religioso, sino, por el contrario, en su aptitud analítica para interpretar el terreno desde la óptica de un futuro combate, valorar sus recursos y los del enemigo, prever lo que haría él si estuviera en la piel del adversario y conducir la situación hacia la posición más ventajosa, con la frialdad del cálculo propia de una partida de ajedrez. Donde los demás ven un paisaje, él contempla un tablero dispuesto para el conflicto, tal como Pérez-Reverte sintetiza: “Aquel infanzón castellano no veía, al mirar en torno, lo mismo que veían otros. Sus ojos eran la guerra”.

Así, “La cabalgada” del título es todo menos un galope furioso y alocado. La virtud de la paciencia es una de las cualidades más singulares de este Cid de Pérez-Reverte, pues el control de los impulsos, dar tiempo al tiempo para que el plan estratégico madure y desencadenar la máxima virulencia solo en el instante más ventajoso, son las condiciones que aseguran su caudillaje, por encima de cualquier creencia ilusa o visionaria. El despliegue de la batalla es aquí apasionante en su sencillez y su desenlace sobre una antigua calzada romana de un gran simbolismo. Esa calzada no está ahí por casualidad. Más bien nos recuerda que se encuentra en litigio la recuperación moderna de la cultura grecolatina o su desaparición definitiva en la Península Ibérica. La particular justicia que Díaz de Vivar ejecuta sobre el suelo de esa vieja calzada posee un carácter sumamente revelador. Ordena localizar entre los prisioneros a los que son almorávides, religiosos-soldados que con una interpretación sectaria del Islam estaban acudiendo a las taifas peninsulares en la época del Cid: “Se mesó Ruy Díaz la barba, pensativo. Los morabíes, eran gente salvaje, fanática hasta la locura. Excelentes guerreros, se estaban adueñando del norte de África; y algunos reyes taifas, cuyas tropas peninsulares flojeaban desde Al-Mansur, los invitaban a pasar el Estrecho como tropa de choque a cambio de paga y botín”.

Separados estos de los prisioneros andalusíes, manda pasarles a cuchillo y cortarles la cabeza, mientras respeta la vida de los musulmanes de las taifas peninsulares. En este acto de crueldad y piedad simultáneas, subyace el rasgo más profundamente definitorio de este Cid, y quizá del Cid humano histórico: la íntima comprensión de los mestizos habitantes de la línea fronteriza. Los antepasados de los andalusíes habían formado parte de Roma, se habían convertido en súbditos católicos de los visigodos, y tras la invasión, habían vuelto a cambiar sus apariencias, sus ropas, sus rituales ante los nuevos amos. Pero bajo todos estos cambiantes aspectos, seguían siendo los mismos, abocados a la lucha solo por la supervivencia fronteriza. Los almorávides eran, por el contrario, unos iluminados cuyas creencias les arrastraban a matar o morir sin término medio. Para los andalusíes, las creencias no estaban por encima de la vida, y su forma de vivir no era tan ajena a la de sus enemigos cristianos que acababan de capturarlos.

Esto es clave. Este Cid capta el sustrato común más allá del código religioso. Por eso podrá confraternizar con ellos e incluso convertirse en un caudillo común para creyentes de una y otra religión. Lo que para algunos ha sido perjurio y traición a la fe, es en realidad una comprensión de una fraternidad más honda que las diferencias de ideas sobre los dogmas religiosos. Una fraternidad con raíces históricas remachada por sufrimientos y aspiraciones similares, así como por el continuo cruce de sangre a un lado y otro de la misma frontera. La leyenda negra del Cid que abjura de su fe por el botín queda aquí hecha trizas, del mismo modo que el Cid paladín de la cristiandad de la leyenda dorada se cuestiona severamente. Cuando comience a negociar con el rey de la taifa de Zaragoza, Mutamán, esta fraternidad implícita se verbalizará. La madre de Mutamán es nezrani, cristiana, y él mismo está convencido de la amalgama común que les vincula: “Al fin y al cabo tampoco somos tan diferentes.” Lo que conduce a una percepción similar a la de Rodrigo: “La antigua Ispaniya de los romanos y los godos es ahora un lugar complejo -comentó-: Al-Adalus y reinos cristianos, sangres vertidas y mezcladas”. Mutamán verbaliza la fraternidad tácira, dirigiéndose al Cid: “En realidad podrías ser uno de los nuestros... Con esa barba, tostado por el sol. Orgulloso y de espada fácil. –O vos, mi señor, uno de los míos”, replica Ruy Díaz.

A lo largo del segundo núcleo de la novela, “La ciudad”, el autor nos muestra el desamparo del héroe ante las sutilezas de las cortes, con sus arrogancias y opulencias. Sidi necesita el apoyo de una de ellas para consolidar un ejército profesional y estable. Ante el séquito del conde de Barcelona, Berenguer Remont, solo obtiene insolentes desprecios. La corte zaragozana de la taifa de Mutamán es más hedonista y sutil, lo que también le mortifica de forma indirecta, pues sus formas agrestes no le permiten estar en consonancia con el refinado estilo de vida cortesano. Pero al fin la astucia del rey musulmán le proporciona lo que desea: un puñado de soldados islámicos con los que ampliar su mesnada primitiva. Pero no por el método de agregar una a otra. La conciencia de la fraternidad implícita entre unos y otros guerreros le anima a materializar lo más eficaz: fusionar ambas en una sola unidad. Tanto el Sidi de la novela como el histórico llevaron a cabo esta inteligentísima operación sobre la que florecería la admiración de las generaciones futuras. Una acción inequívocamente intercultural, aprovechando para las huestes cristianas los hábitos, recursos, armas y estrategias más sobresalientes de los musulmanes, y adiestrando a estos en los procedimientos más notables de los soldados cristianos. Una cohesión interna de efectos letales. Un tranzado de combatientes imposible de lograr sin el lema que el propio Mutamán formula: “De religión distinta, pero hijos de la misma espada y la misma tierra”.

Los diálogos definen a los personajes. Mutamán, más meditativo, es quien mejor expone los conceptos. Pero todos los coloquios de la novela se amoldan a la más noble estirpe escénica, pues son concisos, rápidos y concluyen con réplicas tan coloquiales como rotundas, haciendo honor a los tuist inapelables que han hecho temible a Arturo Pérez-Reverte en las redes sociales. Asimismo, en “La batalla”, el autor de Falcó hace gala de sus mejores dotes narrativas, haciendo saltar la atención de hechos singulares a pequeños detalles reveladores para ocuparse acto continuo de acciones colectivas, sin perder por ello un pulso narrativo hipnótico de tensión calculadamente en alza.

Si el primer foco del relato novelesco nos remitía a fórmulas del wéstern, con admiración e ironía crítica simultáneas, Pérez-Reverte aprovecha la sección final de la novela para atrapar la singularidad de este Cid justo en el instante en que ha obtenido la victoria. Comprobamos que en sentido inverso al gran filme de John Ford The Searchers -tomado como referencia-, el héroe medieval no se ha movido por el afán de venganza, como hace el Ethan de Ford. Del mismo modo, Ruy Díaz no rebaja a sus enemigos al grado de salvajes inhumanos, sino que es consciente de aquellos aspectos en que son superiores hasta el extremo de aprender y adoptar los que le permiten mejorar. No odia a la otra cultura, sino que aprecia la hermandad subterránea que fluye bajo las diferencias culturales. Y por esto mismo, su paseo por los restos del campo de batalla está dominado por un sentimiento de compasión ante los estragos en heridos y cadáveres, hasta tal punto que Pérez-Reverte no duda en poner en la mente de su héroe la reflexión humanista de Wellington al cabalgar por el escenario de su victoria en Waterloo: “Nada se parecía tanto a una derrota, pensó Ruy Díaz, como una victoria”.

Esa convicción es la que hace posible que abra por unos instantes su corazón al monarca Mutamán: “-No hay hombre más cobarde que yo en vísperas de una batalla”, le confiesa. Tampoco quiere despedirse de su protagonista sin verlo en abierta confrontación con el derrotado conde Berenguer Remont. Aun vencido, este despliega un grosera desprecio hacia Rodrigo apelando a su superioridad de apellido, abolengo y sangre. Díaz de Vivar sabe que lo poco o mucho que posee se lo ha ganado por sí mismo gracias a su habilidad, su formidable esfuerzo y su inteligencia pragmática. Encarna el mérito frente a los privilegios, pero no aprovecha la circunstancia favorable para poner en su sitio al altanero noble derrotado y cautivo. Toda esa renuncia a la euforia del vencedor, no deja de evocar los consejos en las grandes tragedias grecolatinas para no endiosarse ante los triunfos, pues esa altanería fanfarrona constituye la vía más directa para ponerse una venda en los ojos y olvidar los nuevos peligros letales que siempre acechan.

Esa fuerza matizada por una cautela realista, configura una nueva estampa, más verosímil y próxima, de la vieja leyenda, con sus ditirambos o sus escarnios. Este Cid no conmemora su triunfo con ningún festejo, con ninguna acción de gracias religiosa, ni siquiera con un rezo de agradecimiento íntimo. Quizá porque permanece alerta ante el próximo lance y esté tramando cómo aunar voluntades para arrostrarlo. Más que a la violencia, sus éxitos se deben a su habilidad para sumar intereses en personas de culturas distintas, a su talento para el mestizaje dentro de la frontera.

Se puede considerar que Arturo Pérez-Reverte imprime así un giro sustancial a sus héroes nacionales. Hasta ahora había preponderado el honor personal del protagonista dentro de la derrota colectiva -el capitán Alatriste encarna con nitidez ese prototipo-, donde los esfuerzos del adalid son traicionados por los que manejan los hilos desde arriba, dejando en el relato un sentimiento de pesimismo fatalista. Ahora, por el contrario, se nos ofrece un modelo antagónico. Aquí las cualidades positivas del héroe logran vencer las intrigas y desdenes de las altas esferas. A los lectores se les inspira una secreta confianza en alcanzar éxitos impensados cuando se persiste en el esfuerzo y la sabiduría pragmática. La circunspección de Alatriste proviene de la melancolía ante lo que pudo ser y no fue. La austera seriedad de Rodrigo Díaz de Vivar no pertenece a ese linaje pesimista. Imbuido del propósito de no celebrar nada ni bajar jamás la guardia, infunde la confianza en que el triunfo personal ante cualquier desafío no podrá ser desbaratado por ninguna alta sociedad corrupta.

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