14 de agosto de 2020, 11:06:55
Opinión


Figuras y figurantes

José Manuel Cuenca Toribio


Por buida que sea la mirada de los contemporáneos, la percepción de los eventos y personajes de su época no se ajusta a sus cabales dimensiones ni a su importancia histórica. Como es claro, resulta arduo calibrar si la capacidad de penetración y valoración de la presente sociedad se ofrece superior o inferior a la de otras del pasado. Pero tal vez debido a su estresamiento e inclinación por lo estridente y banal, acaso no fuese demasiado aventurado afirmar lo segundo. Por ejemplo, en tiempos de la revolución y el Imperio, la sociedad francesa segregó ostensiblemente una anchurosa veta de acendrada psicología a la hora de trazar semblanzas y emitir juicios acerca de sus principales personajes. Tres de los hombres de psique más compleja en la galería de los retratos más conocidos e influyentes de la Europa moderna, Fouché, Talleyrand y Chateaubriand, fueron objeto de profunda disección por sus coetáneos. La España de Felipe III no le anduvo muy a la zaga; y artistas y escritores desvenaron, a menudo por vía satírica, con hondura envidiable las auténticas cualidades de las figuras y figurantes del día, con alguna que otra excepción, como la del “grande Osuna”, a la que, según el tremante lamento quevediano, “faltar pudo su patria”...

Trescientos años más tarde, sin embargo, la España de Alfonso XIII y la de la Segunda República se perfilaron como colectividades en las que, pese al pluralismo consagrado en sus respectivos textos constituyentes y un superávit de espíritu crítico en ciertas áreas, sus facultades valorativas se presentan muy acemadas. Las ejemplificaciones se recogen a gavillas en las cumbres, altozanos y llanuras de su existencia colectiva. Se resquebrajarían muchos velos del templo de los estudios de algunos eminentes historiadores de hodierno si se recordasen los nombres de personalidades de la España de las letras y la política del primer tercio de siglo -y, en especial, del quinquenio de la Segunda República- incluidos por la imparcial Clío en el censo menor de las biografías célebres o modélicas. Ya en nuestros días, los de la Transición no fueron, en este aspecto, muy propicios a estimaciones y balances rigurosos. Paradójicamente, tan abrillantada etapa fue sin duda obra de hombres y mujeres en general mediocres, pero penetrados de las corrientes de la historia, imantados por la reconciliación nacional a través de una auténtica vivencia democrática. Página reconfortante en un pretérito con demasiada proclividad a “terminar mal”, mientras más se repasa mayor es la certidumbres de lo grisáceo de sus héroes y heroínas. Al filo de conmemoraciones y aniversarios, a redropelo de sus intenciones apologéticas y enaltecedoras, se recortan con patencia su vera efigie, su estatura intelectual y cultural de indisimulable levedad.

Muy posiblemente, empero, en ello estribó la clave fundamental del éxito estimulante de la Transición, como atestiguan miles de documentos y escritos autobiográficos, esto es, realizados a confesión de parte y pro domo sua… (Entre todos, ¿permitiría el lector que el articulista mostrara, en su antología más acribiosa, sus preferencias por Cabos sueltos, de Enrique Tierno Galván, “el viejo profesor”).

La democracia es la obra de ciudadanos, no de gigantes, de Astérix más que de Hércules. Pero incluso en las comunidades de mayor adultez, la apelación a los criterios de autoridad y a la opinión de sus próceres se muestra en ocasiones tan urgente como inapelable. Precisamente en ciertos territorios del país, la previsión de su futuro así lo ha demandado en las últimas semanas. La salud pública exigiría que su convocatoria no respondiera a razones políticas, circunstanciales y de falso prestigio, sino, muy por el contrario, a argumentos ampliamente contrastados y de innegable peso. Una sociedad desarrollada es aquella en que los mecanismos de selección en cualquier materia están exclusivamente presididos por la competencia profesional. Las generaciones del inmediato porvenir en un contexto, por desgracia, menos favorable -en particular, por la herencia dilapidadora de la presente- tal vez potencien, con más vigor que hoy, el examen de la excelencia en todas las vertientes de la vida colectiva.
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