26 de septiembre de 2021, 3:19:15
Los Lunes de El Imparcial

Ensayo


F. Finchelstein: Del fascismo al populismo...


Taurus. Barcelona, 2020, 352 páginas. 18,90 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar


En Del fascismo al populismo en la historia el profesor Federico Finchelstein ofrece una obra imprescindible para todos aquellos que ejerzan tareas docentes relacionadas con la Historia, la ciencia política, el periodismo y las relaciones internacionales. Nos hallamos ante un trabajo académico sobresaliente en el que el rigor científico y la honestidad intelectual están presentes en todo momento. Como ejemplo de esta afirmación podemos aludir a las más de 50 páginas destinadas a notas y bibliografía.

Esta apelación al método científico se hace aún más necesaria en tanto en cuanto a lo largo de la obra aparecen nombres (Hugo Chávez, Donald Trump, Juan Domingo Perón o Silvio Berlusconi) e ideologías complejas (fascismo y populismo) sobre las cuales se puede caer fácilmente en la tentación de proyectar filias y fobias. No es el caso del libro que tenemos entre manos. En efecto, Finchelstein es capaz de diseccionar los conceptos que aparecen mencionados en el título sin utilizar tópicos y lugares comunes: Hoy los expertos y los políticos usan el fascismo para describir a la ligera no sólo el populismo sino también los regímenes autoritarios, el terrorismo internacional o las posturas represivas estatales, o incluso protestas callejeras de la oposición” (p. 34).

Con todo ello, hay varias ideas que permean a lo largo de la obra componiendo un todo coherente. La principal de todas ellas es que fascismo y populismo, aunque compartan algunas semejanzas, en ningún caso se pueden considerar sinónimos. A partir de ahí, el autor razona su punto de vista a través de una exposición ordenada en tres capítulos a los que debe añadirse el prólogo, la introducción y el epílogo. Al respecto, subraya que el fascismo vivió una suerte de “edad de oro” durante el periodo de entreguerras (1918-1945), mientras que la “época dorada del populismo” se inició justo al terminar la segunda contienda bélica, con la Argentina de Juan Domingo Perón como paradigma.

Asimismo, Federico Finchelstein rebate algunas posiciones de la literatura sobre su objeto de estudio. En este sentido, considera que el fascismo fue un movimiento global, no sólo europeo como sostiene un sector de la doctrina, si bien reconoce que en cada uno de los países en los que arraigó, el contexto nacional influyó a la hora de trazar sus características distintivas: Como en la mayoría de los lugares, muchos hindúes en India reconocían el fascismo como un fenómeno a la vez global y local, mientras que musulmanes como el intelectual fascista Inayatullah Kahn al Mashriqi no sólo sostenían que habían inspirado el propio programa de Hitler sino que consideraban que su propiofascismo musulmán” era la mejor versión del fascismo. Si al Mashriqi sostenía que el fascismo debía seguir la “luminosa guía del Santo Corán”, los fascistas argentinos sostenían que su versión clericofascista era superior a las versiones europeas, más seculares (p. 81). El nexo de unión entre esta plétora de fascismos locales lo hallamos en que todos legitimaron el uso de la violencia antes y, sobre todo, tras acceder al poder.

En consecuencia, la violencia se convertía en la herramienta privilegiada para crear un nuevo orden y un nuevo hombre. Esta globalidad del fascismo también resulta compatible con la consideración de Benito Mussolini como el inventor y referente de aquél. El mencionado político italiano rodeó al fascismo de una serie de atributos fácilmente perceptibles: antimarxismo y antiliberalismo, rechazo del dogmatismo, primacía de la nación, importancia de la estética, recurso a lo binario (ellos vs nosotros), defensa del expansionismo…

Con todo ello, el profesor Finchelstein considera que fascismo y populismo comparten algunos elementos distintivos, destacando al respecto el rechazo del liberalismo y se diferencian en su visión distinta de la democracia: mientras el fascismo la elimina, el populismo la instrumentaliza y la distorsiona. Por tanto, los líderes populistas emplean las elecciones como forma para legitimar su proyecto político en el cual se observan desprecios constantes hacia la tolerancia política, hacia la separación de poderes, hacia el imperio de la ley y hacia la existencia de una prensa independiente. Como resultado de este proceder nos hallamos ante una democracia autoritaria en la que la participación del pueblo se difumina cada vez más, sin olvidar que, al igual que en el fascismo, estigmatiza como enemigos de la nación a quienes no comulgan con el ideario populista.

El elemento que separa definitivamente a fascismo y populismo lo encontramos en su diferente consideración de la violencia. Esta idea supone otro de los argumentos fundamentales de la obra. Como hemos señalado, para el fascismo la violencia constituía un fin: En las dictaduras modernas de tipo fascista […] el Estado ya no es fundamentalmente el que legisla sino el sujeto que viola la ley” (p. 191). Sin embargo, el populismo la descarta como medio tanto para acceder al poder como para perpetuarse en él.

No obstante, hay que precisar que los argumentos esgrimidos por los dirigentes populistas a la hora de rechazar la violencia no descansan en bases pacifistas. Por el contrario, tienen más que ver con el pragmatismo, esto es, con un conocimiento de lo ocurrido durante el periodo 1918-1945 y el descrédito que a partir de esta última fecha tuvo el fascismo ante las opiniones públicas nacionales.

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