28 de enero de 2021, 10:32:51
Opinión

DESDE ULTRAMAR


Los Picapiedra y Quino

Marcos Marín Amezcua


En tiempos de pandemia por un lado, a veces es sano evadirse, necesario, conveniente y aconsejable. Ayuda y alivia. Que un día es un día. Por el otro, tristes noticias se suman a esta entrega y han de abordarse. Hagámoslo, pues.

Conmemoramos sesenta años de la primera transmisión de la afamada serie de dibujos animados Los Picapiedra o Los Picapiedras, como parece que en un inicio se la conoció así en idioma español. Hechura de la exitosa mancuerna Hanna-Barbera y emitida con el enorme tino de la cadena ABC de los Estados Unidos, cuya sociedad estaba perfectamente reflejada en su trama, fue un éxito refrendado durante tantas décadas después y fueron de las primeras caricaturas a color. Ya que este 30 de septiembre de 2020, 1 de octubre dice alguna otra reseña, se cumplieron 60 años de la primera emisión de tan curioso y muy original programa que duró 6 temporadas, refirámonos a ella. Cierto es que el sesentero programa ya era viejo cuando yo lo conocí a los ¿4 o 5 años? cuyo regusto perdura hasta hoy y me sigue resultando entrañable.

El prehistórico y montaraz Pedro Picapiedra de Piedradura, su mujer Vilma y su hija Peebles, discurrían entre aventuras y gags propios de la comedia estadounidense. Hombre de trabajo forjado a lo bruto, laboraba en la cantera del señor Rajuela montado en su brontosaurio Gertrudis. Ganábase la vida siempre aspirando a más, buscando infructuosos atajos de ascenso. Al final se conformaba con una cerveza de raíz de cactus, la brontohamburguesa o emparedados de orejas de armadillo. Su vehículo frenado con los pies apelaba a la prosperidad.

La serie tuvo su aquel: doblada a múltiples idiomas, fue la primera historia animada de larga permanencia en la televisión, con diálogos rudos mostrando sí, machismo y trasnochados roles (suponemos cavernícolas, sospechosamente refiriendo a la sociedad del tiempo en que fue elaborada) pero también apostando por reflejar muchas otras circunstancias también de la época en que se difundió y se convirtió en un clásico. ¿Qué era un programa con temas para adultos? lo era. Uno lo veía por todas las amenidades que lo acompañaban, pero al menos a mí me quedaba claro que la cosa no iba de niños. Desde luego que no. Los dinosaurios atemperaban el efecto.

Usted considere que era tan peculiar ver a los exóticos animales al servicio del Hombre. Alguien expresó que veíamos a un primer mundo como quiera que fuera y por rústico que se nos presentara. Los inventos amoldados a rudimentarias formas y con peculiares especies accionándolos, me han dejado siempre la duda de cómo se hubiera dibujado el microondas, las lámparas laser, la parabólica, la videocasetera, el celular (móvil), un cajero automático y la computadora (ordenador) por citar algunos de los cacharros posteriores a su creación. Porque cuernófonos y troncomóviles ya tenían. ¿Y cómo habrían denominado hasta al euro? que ya piedrólares, había. Claro, las señoras protagonistas –Vilma, Bety– agobiadas con su agotadora vida doméstica pese a usar rocadetergente, empleando al mamut lavatrastes o de regadera en la ducha o al prehistórico puerco espín deglutidor de residuos, iban quejumbrosas de su suerte y afanes, aunque los refunfuños de aquellas especies explotadas para tales faenas iban evidenciando el verdadero trabajo, y cuyo hartazgo era recurrente, evidenciándolas, tal y como sucedía con el rezongar del pajarraco de pico afilado para fungir de tocadiscos.

Yo caso a Los Picapiedra con la primera vez que vi caricaturas en una televisión a color, luego de largos años de hacerlo a blanco y negro, pues desde ese momento nunca volví a apreciarlos igual ni a ellos ni a la pantalla chica en el verano del año ‘79, cuando repusieron la versión por enésima vez y mis padres adquirieron un televisor a color. Imposible seguir igual. Ver aquellos atractivos colores dando vida a dinosaurios y cavernícolas hacían más grato y divertido mi programa favorito. Era algo inigualable. Mis compañeros de la primaria aún recuerdan mi bien logrado Pedro Picapiedra a lápiz y hasta en la pizarra. La serie fue un derroche de mercadotecnia. Historias simples. Mi troncomóvil traído por los Reyes Magos –perdido vaya usted a saber dónde– los piedrulces, combatientes del esmalte de mis primeros dientes, algún cuadernillo alusivo para colorear obsequiado por mi abuela materna o verlos en botargas en algún espectáculo de aquellos años, simplemente formaban parte de la delicias de la infancia.

Aquel mundo agreste con ribetes silvestres, exageradas formas, inesperadas situaciones y simpáticas adaptaciones, tan repleto de apellidos y alusiones pétreos –las secres o asistentes del señor Rajuela, la señorita Pedernalillo o la señorita Laroca o la otra de apellido Laja, entre tantos– hacían del doblaje, una delicia. Las interminables adaptaciones incluían a los famosos de la época que caricaturizados, se pasaban por la serie. Cary Granito (Cary Grant) y la concursante de belleza Chiluca, como la piedra aquella. All Piedrone o los participantes de las carreras en el dinopódromo: Fósil, Granito, Lavafría, Volcán, Terremoto, Gravapiedra y Cavernario, eran nombres asaz ocurrentes. Desde luego cosa más cuidada era referir a Piedrock Holmes, Rockafeller, Gina Loladrillos y Rocajarra (la Mata Hari, pues). Y hasta las deslumbrantes coristas Las Rocallosas metiendo en apuros a Pedro. Rocapulco Hollyroca, Euroca, la Enciclopiedra Británica y la Academia de la señorita Pedernales, no eran sino divertidas adaptaciones bien aplicadas a nombres reconocibles. Y con lo feliz que hubiera sido yo teniendo por mascota a un tigre dientes de sable, como Bebé Mici, la enorme, taciturna y aguerrida mascota felina que en escasas ocasiones aparecía. ¿A usted no se le antojaba contar con uno? ¿Y ese guiño a la masonería siendo parte Picapiedra y Mármol de la Leal Hermandad de los Búfalos Mojados? inigualable. Genialidad pura. Desde luego que no podemos olvidarnos del emblemático grito de euforia, castellanizado: ¡yabadabadú!

Viviendo en España, una mañana dominical encendí el televisor sin mucho afán. Para mi sorpresa echaban un capítulo de los Picapiedra y para mi mayor asombro, con las voces mexicanas que oí de toda la vida. Sí, en España se conocieron con el magnífico trabajo de Jorge Arvizu que interpretaba tanto a Pedro (Fred) como a Pablo (Barney), así como otras voces versátiles ya desaparecidas, tales como las de Polo Ortín o Carlos Riquelme. De esas que se extrañan. No cabía yo de contento. Debo decir que todas las demás derivaciones de la saga, solo redundaron en la original e irrepetible, no con la brillantez de la original. Entresaco a sus vecinos los Horrísono –Lugubrio y Horripila, lo eran, sin duda– y sé que usted me concederá su pedernalífera razón.

Regresando a la realidad, estaría mejor la que vivimos si no fueran tan escasos los morlacos, que después de todo los piedrólares no sobran ¿no le parece?

Post scríptum: la pesarosa confirmación del sentido fallecimiento de Quino este 30 se septiembre, entristece la coincidencia con el aniversario aludido en esta ocasión. Sería injusto encasillarlo en Mafalda, que no es un personaje menor y yo lo he preferido siempre a la ramplonería discursiva de Snoopy y su contexto tan ajeno al mundo hispánico. Quino era poseedor de un pincel ácido, una preclara manera de atinar a dar en el blanco en cada señalamiento que no se limitó a una tira cómica ni por espacio ni por ideas; y bastaban algunos trazos elocuentes recargados de detalles, para emitir un certero mensaje reclamante. No por nada hubo libros llamados El mundo de Quino. Era más que Mafalda, mucho más, sin demeritar al personaje que nos alegró, nos confrontó con inteligencia, nos hizo reflexionar, mas no fue lo único en la obra de Quino. Una prolífica que merece conocerse aún más y con renovado interés, ya que su vitalidad y actualidad son imperecederas. Su traza perspicaz y puntillosa la echaremos de menos.

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