15 de octubre de 2019, 20:37:29
Opinion


Vigencia de Montesquieu

Enrique Aguilar


Cuando me refiero en clase al pensamiento de Montesquieu suelo detenerme bastante en las páginas que el autor de El espíritu de las leyes dedicó al régimen despótico. En punto a su naturaleza, es decir, a su estructura o anatomía particular, el despotismo se define por la existencia de un gobernante que no se ve limitado por nada ni por nadie. Sin leyes establecidas, sin poderes intermedios, el déspota (“un hombre a quien sus cinco sentidos le dicen continuamente que él es todo”) monopoliza la decisión y actúa arbitrariamente, guiado por sus deseos y sus caprichos. Por otro lado, lo que hace obrar a este régimen, aquello que Montesquieu llama su principio, es obviamente el temor, para mantener a raya los ánimos y extinguir la menor ambición. De aquí que el conocimiento le resulte peligroso y sólo le sea conducente una educación reducida precisamente a eso: “a llenar de temor el corazón”.

Montesquieu se pregunta cómo es posible que el despotismo haya sido un hecho cotidiano y no excepcional en la historia. La respuesta a este interrogante me parece extraordinaria. “Para formar un Gobierno moderado hay que combinar los poderes, regularlos, atemperarlos...” Se trata, añade Montesquieu, de “una obra maestra de legislación, que el azar consigue rara vez, y que rara vez se deja en manos de la prudencia”. En cambio, un Gobierno despótico es uniforme en todas sus partes y, “como para establecerlo sólo se necesitan pasiones, cualquiera vale para hacerlo”.

Hoy como entonces (El espíritu de las leyes se publicó en 1748), el argumento continúa siendo válido. Hay pueblos que todavía se resignan al despotismo y déspotas de los que tampoco nosotros, como Montesquieu, podemos hablar sin estremecernos. A pesar del apego que por lo general inspira la libertad. A pesar del rechazo que produce la violencia.
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