23 de febrero de 2020, 6:17:47
Opinion


Amistades latentes

Regina Martínez Idarreta


Se supone que los móviles o Internet deberían servirnos para hacer nuevos amigos y mantener el contacto con los viejos. Es decir, la amistad con mayúsculas y las relaciones sociales viven su edad dorada en el siglo XXI porque ya no hay excusa para decir que estás sólo en el mundo. A mí, sin embargo, sólo me sirven para ganarme enemigos por doquier.

A veces me planteo si soy un bicho raro. Nunca me he visto como una persona ermitaña o solitaria. Al contrario, me encanta charlar, pasar buenos ratos con mis conocidos y contarle mis penas a mi mejor amiga. Sin embargo, me resulta extremadamente difícil mantener un contacto estable con personas a las que dejo de ver durante meses o incluso años. No me malinterpreten. Simplemente me pasa que no me quedan horas en el día ni tema de conversación suficiente para atender a todas las personas que voy conociendo a lo largo de mi vida. Antes no pasa nada. Conocías a alguien estupendo en un viaje. Pasabas un tiempo genial con él o ella durante el mes que durara esa experiencia. Os intercambiabais direcciones –postales- y teléfonos –fijos, por supuesto- y os despedías con la tranquila conciencia de que no volverías a saber el uno del otro en muchísimo tiempo, quizás nunca, pero sabiendo que, en caso de necesitarlo, había un ser en algún lugar del mundo a quién podrías recurrir. Se mantenía algo así como una amistad latente. Existía, estaba ahí, pero las circunstancias os obligaban a mantenerla en ‘stand by’ hasta la próxima vez que coincidierais o quizás para siempre. Pero eso no le restaba valor, al menos para mí.

Ahora, por el contrario, tienes un chivato continuamente pegado a ti que no te permite escapatoria. Estás obligado a contestar a cuantos mensajes y llamadas aparezcan en la pantalla de tu móvil y el mero hecho de no hacerlo ya se interpreta como un gesto de indiferencia e incluso de mal amigo. Cuando enciendes el ordenador has de entrar en el juego de saludos absurdos y conversaciones de ascensor de toda la vida desde tu propia casa. Una vez más, si no contestas, si te mantienes al margen, se da por hecho que estás haciendo un feo a la persona que te escribe, a quien, en el fondo no le importa demasiado saber de ti, pero se siente comodísima en esa amistad virtual que se mide en entradas y que no sabe de profundidad.

Mi madre, por ejemplo, siempre ha sido alérgica a Internet. Por presión social, hace cosa de un año decidió hacerse una cuenta de correo que dio a todas sus amistades. A los tres meses, los remordimientos de conciencia que le provocaron los más de 600 mails que fue incapaz de contestar, le llevaron a la inapelable decisión de no volver a acercarse a un ordenador.

Desde que Internet ha desplazado al café de toda la vida debemos excusarnos para dedicarnos largos ratos diarios a nosotros mismos. Si el 60% del día lo dedico al trabajo, el otro 30% a los amigos y conocidos de carne y hueso y un 10% a mí misma lo siento, pero no me queda tiempo para más. Hacerlo antes no suponía un desaire a nadie. Ahora, desgraciadamente, sí. Hace tiempo que decidí dejar de sentirme culpable por cada bronca virtual que recibo por ello. He de asumir que siempre habrá alguien ofendido porque no he contestado su llamada o porque llevo años sin saber qué decirle. Las amistades latentes, lamentablemente, han pasado a la historia.
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