10 de diciembre de 2019, 7:32:36
Opinion


Los casos de Lupion

José María Herrera


La afición por los libros de misterio ha alcanzado en nuestra época proporciones gigantescas. Algo similar ocurrió hace siglos con las novelas de caballería. La literatura, amenazada en lo más esencial por la tiranía de la intriga, reclama a voces un Cervantes que nos libere de esta obsesión por el suspense, el código secreto, la confabulación y el asesinato, trasuntos modernos del grial, la princesa cautiva, el mago diabólico y la tropa de follones y malandrines con los que peleaba el protagonista de tales historias. Aunque no estoy capacitado para imaginar al chiflado cuyas aventuras redujeran al absurdo este tipo de pasatiempos, supongo que debería poseer, como Don Quijote, ciertas cualidades nobles que, por un lado, pusieran de manifiesto lo mejor del género, y por otra, sirvieran para caricaturizar los elementos rutinarios derivados de la reiteración, la falta de talento de los epígonos y las exigencias de un público que reclama siempre más de lo mismo.

Los casos de Lupión, el libro que acaba de presentar Juan Fernando Valenzuela en la editorial Edinexus, apunta en esta dirección crítica. Aunque se trata de un conjunto de relatos policíacos y el narrador es un agente en activo, Lupión (una suerte de Holmes metafísico al que aquel acude siempre que tiene un asunto difícil), introduce la azorante posibilidad de que los hechos objeto de la investigación realmente no lo sean, sino que, como ellos mismos, formen parte de un texto cuyo sentido se les escapa de las manos. Resolver el caso no depende entonces sólo de un análisis de los hechos, sino, lo que es más importante, de los ocultos designios de un autor situado en un plano inalcanzable. Este parece gozar del atributo de la omnipotencia, pero en realidad no es así, pues el lector con el que por fuerza debe contar le impone ciertas estrategias condicionadas por el principio de verosimilitud y lo mismo pasa con sus personajes, sobre los cuales ejerce un poder relativo. Partiendo de aquí, el caso policíaco acaba convirtiéndose en algo más, un problema literario y filosófico, el eterno problema de la criatura que se ve a sí misma como una marioneta en manos de la fatalidad o como el protagonista de una trama que rebasa sus opciones de comprensión. Haber combinado estos elementos con sencillez y amenidad, sin romper en ningún momento las reglas del género, pero yendo más allá de él, es, creo, el principal mérito de esta obra.
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