7 de diciembre de 2019, 13:51:08
Opinion


El fin del mundo aún no ha llegado



Este jueves, el índice Dow Jones registraba la caída más pronunciada desde 1937, cuando se produjo lo que se ha llamado "la depresión dentro de la depresión". El viernes, para despedir una semana aciaga, el Ibex 35 sufría la mayor caída de su historia, por lo que retrocede más de tres años, hasta abril de 2005, al perder los 9.000 puntos. Las palabras del hombre más poderoso sobre la tierra, bien que en sus últimos días en la Casa Blanca, no restablecen la confianza del mercado. Los planes de los políticos europeos para dar un empujón al sector bancario reciben el olímpico desprecio de los inversores. La rebaja de tipos coordinada por parte de los seis principales bancos centrales, primera vez en la historia que ocurre tal cosa, no es capaz ni de corregir a la baja al Euribor, que incluso se permite subir todavía más al día siguiente.

Así las cosas, todo el mundo se plantea a qué nos estaremos enfrentando. La economía es cíclica desde comienzos del Siglo XIX, pero ¿no será esta una crisis mucho más profunda que las anteriores? ¿Hemos perdido la capacidad de reconducir la situación? Estas preguntas no pueden ser más explicables, a la luz de los acontecimientos. Pero, mirados con perspectiva histórica sólo cabe rechazar los temores más extremos, pero no necesariamente más certeros. Pues, aunque es cierto que las dimensiones de esta crisis son difícilmente comparables, también lo es que los fenómenos que la han causado, los procesos que observamos día a día en los mercados, son conocidos de antiguo y se repiten, con uno u otro ropaje, en cada ciclo económico.

Vivimos las consecuencias de un gran fraude: el que permite a los bancos prestar a largo plazo con fondos a corto, como son los depósitos a la vista; y el que manipula tipos de interés y cantidades de dinero desde los bancos centrales con un conocimiento digno de los mejores técnicos a que pueda dar lugar el hombre, pero a años luz del que maneja y necesita el conjunto del mercado a diario. Ambos factores han creado una prosperidad a base de cheques sin fondo. La crisis es cuando llega la hora de la verdad. Es cuando nos damos cuenta de que muchos de los créditos concedidos no tenían ahorro con que sostenerse y que los proyectos que han financiado tienen que detenerse y liquidarse. La crisis crea el dolor del alcohol aplicado a las heridas pero es el paso necesario para desinfectar la economía.

No hay que temer, por tanto, a la crisis. Consiste en el necesario ajuste de la economía, acaso más pronunciado cuanto más distorsiones se crearon en los años de bonanza pero que, como todas las anteriores, llegará a su fin cuando nuestra sociedad se haya saneado de inversiones erróneas, la economía se haya recapitalizado y podamos seguir nuestros proyectos desde bases más sólidas. Cada crisis, a medida que caen la actividad y las bolsas, sube el número de profecías escatológicas. Pero no hay que hacerles más caso que a las que han pronosticado el inmediato fin de nuestro mundo durante milenios.
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