23 de enero de 2020, 16:20:05
Opinion


Últimos fuegos de una larga campaña electoral



A menos de tres semanas de las elecciones presidenciales de Estados Unidos, anoche se celebró el tercero y último debate de una larga y poco interesante campaña electoral. El cara a cara entre el republicano John McCain y el demócrata Barack Obama tuvo lugar en la Universidad de Hofstra, en las afueras de Nuevas York, representando una de las últimas oportunidades para el candidato republicano de dar un vuelco a las encuestas que, de momento, resultan muy favorables al contrincante demócrata.

Después de unas primarias sangrientas y muy animadas, los últimos días de campaña no parecen capaces de despertar emociones. El tercer cara a cara, obligado por la actual coyuntura internacional a centrarse especialmente sobre la crisis financiera y en cómo rescatar a la economía estadounidenses, ha parecido una vez más una copia de los anteriores, ya que tanto el tipo de debate desarrollado como el resultado se presentan muy parecidos a los dos anteriores, no alterando fundamentalmente el panorama político. Como en los anteriores, el cara a cara representaba una “cita con los indecisos”, aunque parece difícil imaginarse que haya conseguido mover preferencias o generar aprobación.

El debate ha tenido como tema central la economía y asuntos de política interna. Por una parte, el republicano John McCain ha mostrado su intención de distanciarse de la difícil herencia de la administración Bush y su voluntad de “llevar al país en otra dirección”; por otra, Obama ha intentado administrar la ventaja, siguiendo con su postura cauta y moderada, limitándose a “cumplir su papel y no más”.

Se esperaba que el nuevo formato (el tercero diferente) fuese capaz de fomentar la conversación entre ambos, una posibilidad que todavía no se había dado en ninguno de los debates anteriores. Sin embargo, una vez más los candidatos han parecido “cumplir” un guión ampliamente preparado. De todas formas, toda la presión estaba puesta en el aspirante conservador, obligado a cambiar de estrategia ante su rival y a explicar de un modo convincente su plan económico ante millones de votantes indecisos.

A pesar de un resultado probablemente parecido al anterior en términos de “quién ha estado mejor”, los dos candidatos se han diferenciado por contenido y forma: por un lado McCain ha estado mejor en frases (“Yo no soy Bush”), mal en ideas y planes y, por otro, al contrario, Obama ha presentado buenas ideas y planes atractivos (verba volant…) pero en una forma poco interesante.

Difícil imaginar que el debate y las palabras de los protagonistas consigan alterar el panorama político. Por lo tanto, parece probable que en los últimos días de campaña, los dos candidatos intenten disparar las últimas balas con el objetivo de atraer el voto de los indecisos o de los abstencionistas crónicos. Además ha resultado emblemático el cierre: mientras McCain ha recurrido una vez más a su historial, su carrera militar y su experiencia política, anclando su mirada al pasado, Obama ha intentado mostrar una visión del futuro, usando a su favor la crisis económica y las responsabilidades de Bush. Finalmente, el debate ha subrayado el déficit de la política, la incapacidad de los candidatos para proponer soluciones efectivas frente a la gravedad de la situación económica que atraviesa los Estados Unidos mientras Wall Street cerraba otra jornada negra.

Sin embargo, difícil quedarse tranquilos frente a las propuestas ofrecidas: no se puede esperar que las mismas políticas consigan resultados diferentes. El uso constante de la palabra cambio no altera el tipo de propuestas presentadas, así que de momento lo único que ha cambiado en la campaña electoral es el lenguaje, no la sustancia. De momento, es sólo retórica electoral, mientras la crisis ya ha alcanzado a la economía real.
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