22 de mayo de 2019, 1:19:00
Opinion


Misión de la Universidad Vasca

Juan José Solozábal


Me encanta Francisco Llera, el catedrático de Ciencia Política de la UPV y director del Euskobarómetro. Donde los demás ponemos pasión, a veces nervios, siempre seguramente algo de banderismo, tan común entre los vascos, por lo menos desde el tiempo de los Parientes Mayores, el, sin perder jamás la calma, mucho menos el tipo, sólo opone estadísticas y números, eso sí, que hablan por sí mismos.

No voy a comentar sus últimas estimaciones sobre el decreciente apoyo entre la izquierda abertzale a la violencia de Eta, ni en un terreno más político su extrañeza sobre, a pesar de todo lo que ha caído, la prórroga del nacionalismo al liderazgo de Ibarretxe. Si lo traigo hoy a mi columna es para significar en él lo que la progresiva normalización del País Vasco le debe a su Universidad que, en tiempos francamente hostiles, ha llevado a cabo en Euskadi una labor de civilidad y apaciguamiento admirable. Hablo desde luego desde las ciencias sociales, desde el campo del derecho, la ciencia política y la historia.

Es realmente sobresaliente lo que en estas disciplinas, pero seguramente se puede decir otro tanto de la economía, la literatura, la filología, o la sociología, se ha hecho por el estudio del País Vasco, desde parámetros de fidelidad absoluta a la identidad vasca, pero con pleno rigor científico y en concomitancia con lo que la Universidad española ha ido llevando a cabo en estos años. Como puede imaginarse no ha sido siempre fácil a la Universidad librarse de los halagos de quienes pensaban en ella exclusivamente desde la perspectiva del adoctrinamiento, o de quienes consideraban a sus profesores cautivos de la parálisis del miedo o la complacencia. Si se trata de ejemplificar la dignidad de la tarea, a pesar de las circunstancias, podemos fácilmente hacerlo en la figura del rector Manu Montero.

Muchas veces he pensado en los pésimos efectos que para la vida política vasca ha significado la carencia durante tanto tiempo de universidad pública como espacio en el que discutir los problemas comunes en un clima de libertad y pluralismo. El papel de la Universidad, especialmente en lo que toca a la formación de las elites dirigentes, lo han asumido históricamente en el País en buena medida la Iglesia e instituciones de formación técnica, pero, como es lógico, dadas sus limitaciones ideológicas o la estrechez de su perspectiva profesional, este mundo cultural ha carecido de la flexibilidad, secularismo y amplitud de miras que una moderna sociedad requiere. Así buena parte de la tosquedad del sistema político vasco puede estar relacionada con las condiciones de su clima político, del que la ausencia universitaria ha sido un dato fundamental.

En cambio, en nuestros días, ¡cuánto bien ha hecho a la sociedad vasca el ejemplo de laboriosidad y patriotismo de su Universidad, dedicada en silencio pero de modo constante a la reflexión libre y el estudio, virtudes tan necesarias en una arena política en la que todavía predomina la exclusión y el sectarismo! Si la Universidad ya se aproxima al modelo de Caro, Mitxelena, Tellechea o Azaola, entonces el otro País Vasco en que, con sitio para todos, muchos pensamos, no tardará.
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