21 de junio de 2021, 15:26:36
Opinión


Deontología

Margarita Márquez


Noticias felices como la reciente desaparición del buque insignia de la información basura que durante años lideró las audiencias, me han evocado el nombre -algo más largo que el que titula esta columna- de la materia que se dicta en el último curso de la mayor parte de las facultades de comunicación y periodismo: Ética y deontología de la información. Es el único anclaje que tiene el estudiante a la ciencia que versa sobre los deberes y las obligaciones morales que ha de respetar el comunicador en el ejercicio de su profesión. Si tiene suerte, el bisoño periodista caerá, al acabar su carrera, en algún medio donde el día a día y el ejemplo de sus compañeros veteranos completarán su formación teórica reafirmándola con la correcta utilización de las fuentes, el cuidado de los códigos y el respeto por su diario quehacer. Pero en nuestros tiempos esta fortuna es cada vez más escasa y en un mundo donde son muchas y variopintas las tentaciones para dejar el recto camino de la virtud informadora, la probabilidad de que sucumba a ellas crece conforme se pierden las formas y se borran las fronteras entre lo moral, lo inmoral y, lo que es peor, lo amoral.


Aún recuerdo muchos de los epígrafes de aquella materia que entraban en el examen teórico: el defensor del lector, la información como deber, códigos internos, manipulación, discreción en las fuentes, y, por supuesto, la prueba práctica: comentar en un documento informativo (reportaje, noticia, entrevista, etc.) por qué no cumplía los principios éticos y deontológicos. ¡Qué difícil se me antoja ahora esta segunda parte de la evaluación! Y no precisamente por haber perdido práctica en detectar las violaciones del código deontológico, sino porque es tanta la abundancia de ellas en todos los campos de la información que las más flagrantes eclipsan a las que, pasando más desapercibidas en el aspecto, no dejan de ser tan nocivas como las primeras.
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